Domingo, 30 de Agosto de 2026
Nacional

Educación crítica versus formación comercial: el debate sobre los objetivos del sistema educativo

Las declaraciones recientes de Ximena Lincolao, ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, generaron una controversia que trasciende una expresión desafortunada.

Al hablar sobre el impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral y las humanidades, la ministra sugirió que los docentes podrían encontrar nuevas oportunidades laborales desempeñándose como “vendedores o servicio al cliente” en la industria tecnológica.

Las expresiones causaron una reacción comprensible del Colegio de Profesoras y Profesores. Posteriormente, la ministra aclaró sus palabras y ofreció disculpas, explicando que se había expresado inadecuadamente y que se refería a funciones profesionales especializadas dentro de empresas tecnológicas.

Aunque las disculpas son justificadas, la controversia abre una discusión más profunda y significativa.

¿Cuál debe ser el rol de la educación en una sociedad transformada por la inteligencia artificial?

El asunto no radica en rechazar el avance tecnológico ni asumir que las profesiones permanecerán inmutables. Claramente, la inteligencia artificial modificará nuestras formas de trabajar, enseñar, aprender y relacionarnos. Oponerse a este proceso resultaría tan improductivo como negar cualquier gran transformación tecnológica de la historia.

La cuestión verdadera es diferente: ante estos cambios, ¿concebiremos la educación principalmente como instrumento para adaptarnos al mercado laboral o como institución destinada también a formar personas con capacidad de pensamiento crítico?

Porque educar va más allá de transmitir conocimientos.

La educación debe enseñar a pensar, a cuestionar, a debatir y también a dudar de lo que se presenta como verdad indiscutible. Una sociedad que pierde estas capacidades corre el riesgo de volverse técnicamente eficiente pero intelectualmente dócil.

Por eso las humanidades adquieren hoy relevancia extraordinaria.

La filosofía, la historia, la educación cívica, la literatura, el arte, el teatro y la música no son ornamentos de la formación humana. Tampoco constituyen conocimientos inútiles por no generar inmediatamente rentabilidad económica. Son disciplinas que permiten comprender el mundo, desarrollar sensibilidad y construir pensamiento crítico.

La paradoja es evidente: mientras más sofisticadas sean nuestras máquinas, mayor importancia tendrá aquello que las máquinas no pueden reemplazar fácilmente.

No deberíamos formar seres humanos para actuar como máquinas.

Deberíamos utilizar las máquinas para que los seres humanos desarrollen mejor sus capacidades.

Existe, además, una antigua discusión chilena que reaparece en esta controversia: la diferencia entre entender la educación como derecho y comprenderla fundamentalmente como bien de mercado.

Cuando la educación se mercantiliza, inevitablemente se divide entre quienes pueden pagar por formación de calidad y quienes deben conformarse con lo accesible. Cuando esa desigualdad se consolida desde la infancia, resulta extraordinariamente difícil corregirla en la vida adulta.

Chile conoció otra tradición.

Pedro Aguirre Cerda, profesor y Presidente de la República, sintetizó esa concepción en una frase que atravesó generaciones: “Gobernar es educar”.

Gabriela Mistral también hizo de la enseñanza una parte inseparable de su vida y obra. Antes de ser Premio Nobel, fue maestra. Como tantos profesores anónimos del país, entendió que detrás de cada niño que aprende existe alguien que alguna vez le enseñó a leer, escribir y, esperemos, también a pensar.

La trayectoria de quienes hoy ocupan altas responsabilidades públicas sería difícil de imaginar sin sus profesores.

Por eso resulta particularmente significativo lo ocurrido recientemente en San Antonio.

Julieta Millantu Flores Fernández, estudiante sanantonina de 17 años, se convirtió en la primera chilena y primera latinoamericana en integrar una red internacional de embajadores de física y mecánica cuántica.

Detrás de ese logro existen talento y esfuerzo personal. Pero también hay familia, escuela y profesores.

Ese es el punto que no deberíamos olvidar.

La inteligencia artificial probablemente transformará profundamente la educación. Debemos prepararnos y aprovechar sus enormes posibilidades. Pero una sociedad verdaderamente moderna no debería preguntarse cómo reemplazar a sus profesores, sino cómo entregarles mejores herramientas para enseñar.

Porque el progreso tecnológico sin pensamiento crítico no necesariamente produce una sociedad más libre.

Puede producir simplemente una sociedad más eficiente.

Y no son lo mismo.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

Deja tu comentario