Este domingo se conmemoran 40 años del accidente de la central nuclear de Chernóbil, un evento que se ha convertido en el símbolo más representativo de los peligros asociados a la energía nuclear. Se trató de un desastre de magnitudes tecnológicas, humanas y políticas que generó amplios debates y producciones televisivas. Como consecuencia, la energía nuclear adquirió una connotación negativa en la opinión pública, lo que motivó a varios países europeos, entre ellos España y Alemania, a iniciar el desmantelamiento de sus capacidades nucleares. Sin embargo, la percepción pública y los datos estadísticos no convergen en la misma narrativa.
De acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, considerando proyecciones de cáncer a largo plazo, aproximadamente 4 mil muertes son atribuibles al accidente de Chernóbil. Aunque representa una tragedia considerable, está lejos de ser el peor desastre energético de la era moderna. Ese registro corresponde a la energía hidroeléctrica: en agosto de 1975, el colapso de la presa de Banqiao en China causó la muerte de más de 100 mil personas en pocas horas. Este evento no ha generado series televisivas ni permanece en la memoria colectiva de la mayoría de las personas.
El ataque nuclear a Hiroshima ocurrió el 6 de agosto de 1945, cuando el bombardero B-29 Enola Gay lanzó la bomba de uranio denominada “Little Boy” a las 08:15 de la mañana, destruyendo gran parte de la ciudad y provocando aproximadamente 70 mil muertes inmediatas. El ataque a Nagasaki se ejecutó el 9 de agosto de 1945, cuando el bombardero B-29 Bockscar lanzó la bomba de plutonio Fat Man. Se calcula que entre 35 mil y 40 mil personas murieron en ese momento. Ambos bombardeos fueron ordenados por el presidente estadounidense Harry S. Truman contra el Imperio del Japón. Estos eventos marcaron el cierre de la Segunda Guerra Mundial y constituyeron el primer uso de armas nucleares en la historia.
Ampliando la perspectiva y dejando de lado eventos aislados para considerar el panorama general, los datos resultan aún más reveladores. Al comparar diversas fuentes energéticas en términos de muertes por unidad de energía producida, la energía nuclear aparece consistentemente entre las más seguras, pese a la percepción de peligro que genera. Los datos de Our World in Data permiten cuantificar esta brecha entre percepción y realidad. Consideremos una ciudad de 150 mil habitantes abastecida por una única fuente de energía.
Si esa fuente fuera carbón, en promedio morirían aproximadamente 25 personas anualmente por contaminación y accidentes. Con petróleo, la cifra desciende a 18. Con gas natural, a apenas 3. La energía hidroeléctrica causaría 1 muerte. La energía eólica sería responsable de 1 muerte cada 25 años. La energía nuclear causaría 1 muerte cada 33 años. El accidente de Chernóbil está incluido en este cálculo. Solo la energía solar es más segura en este aspecto, con 1 muerte cada 50 años por accidentes en su cadena productiva.
No obstante, la energía solar presenta otras limitaciones: su disponibilidad se restringe a las horas diurnas y depende de condiciones climáticas favorables. Además, su industria genera significativamente más emisiones de gases de efecto invernadero que la energía nuclear.
¿Por qué entonces la percepción pública indica que la energía nuclear es más peligrosa? La respuesta radica en un sesgo cognitivo conocido como el de la “disponibilidad”. Los accidentes de gran magnitud y espectaculares permanecen más accesibles en la memoria, generando una intuición estadística incorrecta. Por esta razón, muchas personas temen más a los accidentes aéreos que a los automovilísticos, cuando las estadísticas revelan un panorama completamente distinto. Con la energía nuclear ocurre un fenómeno similar, amplificado por décadas de asociación cultural con armamento nuclear, la Guerra Fría y escenarios apocalípticos.
Esto no implica que la energía nuclear carezca de riesgos ni que deba adoptarse sin análisis crítico. Sin embargo, sugiere que si se pretende abordar seriamente el desafío energético futuro, no es suficiente basarse únicamente en intuiciones.
El miedo sustentado más en emociones que en evidencia conlleva consecuencias reales. Alemania cerró sus últimas plantas nucleares y terminó consumiendo mayores cantidades de combustibles fósiles. Italia y España adoptaron estrategias similares y, en contextos donde conflictos dificultan el acceso a estos recursos, el mundo enfrenta una crisis que quizás la energía nuclear habría contribuido a mitigar parcialmente.
A cuarenta años de Chernóbil, la energía nuclear debería evaluarse desde la perspectiva científica: mediante estadísticas para comprender genuinamente sus costos, y a través de la física e ingeniería para desarrollar reactores progresivamente más eficientes y seguros.
Se espera que la sabiduría humana logre detener oportunamente cualquier escalada destructiva de naturaleza atómica.
Por Profesor Mbora
Con Información de ovallehoy.cl


