Domingo, 30 de Agosto de 2026
Nacional

Desenmascaran operación de desinformación coordinada en plataformas digitales

La semana anterior, en esta misma columna, se utilizó una canción de Sui Generis para abordar el tema del poder. En esta ocasión, casi como si la realidad completara la banda sonora, se vuelve a la misma banda, pero esta vez para hablar de quienes fabrican las mentiras que construyen a los líderes.

El caso de Fernando Cerimedo en Bolivia merece atención más allá de su nombre. Su detención, las investigaciones asociadas y sus antecedentes relacionados con diversos procesos políticos en América Latina ponen nuevamente en evidencia una forma de hacer política que se ha instalado de manera peligrosa: aquella donde convencer parece demasiado lento y la mentira, la manipulación o la fabricación de una realidad paralela se convierten en herramientas para acceder al poder.

Cerimedo deberá responder ante la justicia por lo que corresponda. No es apropiado condenarlo anticipadamente. Pero tampoco es correcto ignorar una trayectoria que aparece vinculada con Argentina, Brasil, Honduras, Bolivia, Perú y Chile, mientras México también ha debido alertarse frente a operaciones digitales y redes de desinformación.

Demasiadas coincidencias para seguir creyendo que se trata simplemente de un consultor excéntrico.

Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que realice un operador político. Es el sistema que permite que operadores sin cargo, sin votos y sin representación formal adquieran una influencia enorme sobre campañas, candidatos y gobiernos.

Una fotografía oficial en la que Cerimedo aparece junto al presidente boliviano Rodrigo Paz y al secretario de Estado estadounidense Marco Rubio no demuestra por sí sola ninguna conducta ilícita. Pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿qué hacía allí alguien que, según el propio Gobierno boliviano, no tenía autorización para representar al Estado?

La pregunta es importante porque la política está cambiando. Antes era necesario ocupar un cargo para tener poder. Hoy, a veces, basta con tener acceso.

Acceso a un candidato. Acceso a una campaña. Acceso a una red de comunicación. Acceso a quienes toman decisiones. Y, sobre todo, acceso a una maquinaria capaz de fabricar la apariencia de una multitud donde quizás solo existen unas pocas personas detrás de cientos o miles de cuentas.

Allí aparece el verdadero problema.

La mentira política siempre existió. Lo nuevo es su industrialización.

Una mentira puede ser diseñada, segmentada, amplificada y distribuida en segundos a millones de personas. Una fotografía falsa, un video manipulado, una encuesta inventada, una acusación sin fundamento o una red de bots pueden instalar una realidad paralela antes de que alguien logre demostrar que es falsa.

Y cuando la verdad llega, muchas veces ya ha perdido.

Nicolás Maquiavelo escribió El Príncipe hace más de quinientos años e identificó claramente que el poder no siempre se conquista con buenas intenciones. Pero conviene aclarar algo: Maquiavelo describió el poder, no inventó las redes sociales.

No conoció X, TikTok, la inteligencia artificial ni las granjas de bots. No pudo imaginar que algún día sería posible fabricar miles de ciudadanos digitales para hacer parecer que una idea tiene un respaldo social que en realidad no posee.

Quizás el problema no sea que algunos políticos hayan leído a Maquiavelo. El problema es que algunos lo hayan leído demasiado mal.

Porque una cosa es comprender las reglas del poder y otra muy distinta es creer que todo está permitido para conquistarlo.

No. No todo vale.

No vale mentir deliberadamente. No vale fabricar enemigos. No vale destruir reputaciones con información falsa. No vale manipular artificialmente la conversación pública. No vale convertir una red de cuentas falsas en una supuesta expresión espontánea de la ciudadanía. Y tampoco vale hacerse el desentendido después.

Porque para que existan fabricantes de mentiras también deben existir quienes estén dispuestos a comprarlas.

Y aquí América Latina enfrenta un problema.

Argentina, Brasil, Honduras, Perú, Bolivia, México y por supuesto Chile son territorios donde esto ocurre.

Las fronteras parecen importar cada vez menos para estas nuevas formas de intervención política. Ya no es necesario estar físicamente en un país para intentar influir en su conversación pública. Basta una computadora, una red organizada, recursos y una estrategia.

Una cosa es exportar ideas. Otra muy distinta es exportar mecanismos de manipulación.

Y entonces se llega a Chile.

En los próximos días Santiago recibirá al Foro de Madrid, que reunirá a representantes de distintas corrientes de la derecha internacional. Y aquí aparece una imagen que no puede pasarse por alto: los nuevos cruzados llegan a Chile.

Los nuevos cruzados vienen a defender, según dicen, Occidente, la libertad, la familia, la civilización y una determinada idea de sociedad. Tienen todo el derecho a reunirse, organizarse y defender sus convicciones. Eso es democracia.

Pero precisamente porque se cree en la democracia, también existe el derecho a preguntar qué modelo de democracia desean defender.

Porque defender la libertad no puede significar tolerar la manipulación.

Defender Occidente no puede significar despreciar las reglas democráticas cuando el resultado no es favorable.

Defender la familia no puede convertirse en una excusa para fabricar enemigos.

Y defender la democracia no puede consistir en aceptar que cualquier método es válido mientras permita conquistar el poder.

Una cosa es ser de derecha. Otra es creer que la democracia solo funciona cuando gana la derecha.

Una cosa es ser conservador. Otra es transformar al adversario en un enemigo que debe ser destruido.

Una cosa es ganar una elección. Otra es fabricar las condiciones para que una mentira parezca una mayoría.

Y aquí está la paradoja: mientras los nuevos cruzados se preparan para hablar de libertad y democracia en Santiago, América Latina enfrenta precisamente uno de los mayores desafíos para la libertad democrática: la capacidad de fabricar artificialmente la conversación pública.

No se afirma que Foro Madrid sea Cerimedo. Sería intelectualmente mediocre y políticamente irresponsable hacerlo.

Se afirma algo diferente.

Que el fenómeno Cerimedo forma parte de un contexto político internacional que debe observarse con mucha atención. Un contexto donde las fronteras ideológicas se organizan internacionalmente, donde las estrategias electorales se exportan de un país a otro y donde las nuevas tecnologías permiten intervenir en sociedades enteras sin necesidad de cruzar físicamente una frontera.

La discusión, entonces, no debería ser si los nuevos cruzados tienen derecho a venir.

Por supuesto que lo tienen.

La discusión es si existe la suficiente madurez democrática para preguntarles qué entienden por democracia.

Porque la democracia no consiste solamente en votar.

También consiste en aceptar la derrota.

En respetar al adversario.

En no fabricar enemigos.

En no manipular al ciudadano.

En no inventar mayorías.

En no utilizar la mentira como herramienta de conquista.

La política siempre ha tenido propaganda. La diferencia es que ahora la propaganda puede convertirse en una industria.

Fabricar miedo.

Fabricar rabia.

Fabricar indignación.

Fabricar enemigos.

Fabricar tendencias.

Fabricar mayorías.

Fabricar realidades.

Fabricar mentiras.

Y cuando la mentira deja de ser una herramienta ocasional y se transforma en una industria, ya no se está frente a una simple campaña electoral.

Se está frente a una fábrica de poder.

La semana pasada se habló del rey.

Esta semana se habla del fabricante.

Y quizás ambas cuestiones están mucho más relacionadas de lo que parece. Porque para que alguien pueda presentarse como el salvador, primero alguien tiene que fabricar la sensación de que todo está perdido. Para que alguien pueda convertirse en el hombre fuerte, primero hay que convencer a la sociedad de que todos los demás son débiles. Para que alguien aparezca como la única alternativa, primero hay que destruir la credibilidad de todas las alternativas.

Por eso Cerimedo es solamente una pieza de una discusión mucho más grande.

La discusión sobre una política que está dejando de intentar convencer para comenzar a fabricar.

Y quizás ese sea el verdadero peligro que se tiene delante.

Que algún día se descubra que ya no se está eligiendo entre proyectos de país, sino entre realidades fabricadas por quienes aprendieron que la verdad es un obstáculo para llegar al poder.

Porque una democracia puede sobrevivir a un mal presidente. Puede sobrevivir a un mal gobierno. Incluso puede sobrevivir a una mala política económica.

Lo que resulta mucho más difícil de reparar es la destrucción de la confianza en la realidad.

Cuando nadie sabe qué es verdad, todo puede ser mentira.

Y cuando todo puede ser mentira, termina imponiéndose quien tiene la maquinaria más grande para repetirla.

Por eso, mientras los tribunales investigan, mientras los gobiernos explican, mientras los políticos toman distancia, mientras Cerimedo enfrenta las consecuencias de sus actuaciones y mientras los nuevos cruzados llegan a Santiago a hablar de libertad, democracia y civilización, convendría detenerse un momento y mirar el cuadro completo. Porque quizás lo que se está viendo no son hechos aislados, sino las piezas de una misma estructura política, donde la disputa por el poder también se libra en el terreno de la realidad que se construye y de las mentiras que se consiguen instalar.

La semana pasada se habló de un rey imaginario. Esta semana se habla de quienes pueden ayudar a fabricarlo. Porque detrás de todo poder construido sobre la mentira siempre hay alguien dispuesto a fabricar la realidad que ese poder necesita; a convertir el miedo en argumento, la sospecha en certeza y la ficción en verdad. Y cuando eso ocurre, ya no se está solamente frente a una mala práctica política: se está frente a una amenaza para la democracia.

Y quizás esa sea la verdadera advertencia: los reyes pueden caer, los palacios pueden convertirse en cenizas y las cortes pueden desaparecer. Pero mientras existan quienes estén dispuestos a fabricar mentiras para conquistar el poder, siempre habrá alguien intentando construir un nuevo rey.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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