Fernando Cerimedo permite observar algo que va mucho más allá de la trayectoria de un consultor político argentino. Su recorrido por Argentina, Brasil, Chile y Bolivia, sus vínculos con Javier Milei y Jair Bolsonaro, su participación en estrategias digitales y la construcción de plataformas como “La Derecha Diario” muestran la existencia de una derecha que dejó hace tiempo de actuar exclusivamente dentro de las fronteras nacionales. Hoy circulan operadores, métodos, recursos, tecnologías y discursos de un país a otro.
Chile conoce esa historia más de cerca de lo que muchas veces se reconoce. Cerimedo intervino en el debate constitucional y estuvo en el país durante la campaña que culminó con el triunfo del Rechazo en septiembre de 2022. Su participación exacta fue posteriormente discutida por integrantes de esa campaña, pero su presencia e involucramiento en aquella batalla comunicacional están documentados.
Después vino Brasil. Tras la derrota de Bolsonaro en 2022, Cerimedo difundió denuncias sobre un supuesto fraude electoral. Investigaciones de la Policía Federal brasileña lo ubicaron dentro del entramado digital que buscó desacreditar el resultado que dio el triunfo a Lula. No se trata solamente de propaganda electoral: se trata de operaciones capaces de erosionar la confianza en las instituciones cuando los resultados democráticos no favorecen al sector político que las impulsa.
Hoy su recorrido llega hasta Bolivia. Se le ha identificado como asesor del presidente Rodrigo Paz y como estratega digital vinculado a Javier Milei, mientras el gobierno boliviano lo ha descrito como un colaborador cercano que continuó participando en materias de comunicación después de la campaña.
Cerimedo importa menos como individuo que por el modelo político que representa. Fundó “La Derecha Diario”, una plataforma creada explícitamente para influir sobre públicos identificados con la ultraderecha. Esa experiencia se internacionalizó y terminó conectándose con el ecosistema tecnológico estadounidense: en 2025 el medio anunció que Cerimedo representaría en América Latina a empresas vinculadas a Brad Parscale, antiguo estratega digital de Donald Trump.
La ultraderecha contemporánea está construyendo y fortaleciendo una verdadera internacional. Milei, Bolsonaro, sectores de la derecha chilena, las nuevas derechas europeas y el trumpismo comparten escenarios, lenguajes, medios, asesores y enemigos. No son una organización única dirigida desde una oficina central. Su fuerza reside en que constituyen un ecosistema capaz de reproducir las mismas narrativas y métodos en sociedades diferentes.
El trumpismo funciona hoy como uno de sus grandes polos ideológicos, desde el cual se proyecta una visión del mundo basada en la confrontación permanente: nación contra enemigo interno, orden contra caos, ciudadanos productivos contra supuestos privilegiados, tradición contra progresismo, patriotismo contra quienes cuestionan la hegemonía estadounidense. La política deja de organizarse alrededor de diferencias legítimas y comienza a construirse mediante enemigos que deben ser derrotados.
Su batalla principal se libra sobre las subjetividades y el sentido común. No necesitan convencer a una sociedad completa de una gran mentira. Es más eficaz instalar miles de pequeñas percepciones: que nada funciona, que todos los políticos son iguales, que los derechos son privilegios, que la democracia es un obstáculo, que los migrantes explican la inseguridad, que los movimientos sociales son violentos, que las izquierdas quieren destruir el país.
La operación consiste en repetir esas ideas hasta que dejan de percibirse como posiciones políticas y empiezan a sentirse como realidad evidente. Actúan los algoritmos, los medios propios, las cuentas automatizadas, los influenciadores y las campañas negativas. Una falsedad comienza en un portal marginal, miles de cuentas la multiplican, dirigentes la comentan, otros medios se preguntan si será cierta y finalmente millones de personas terminan hablando de ella.
Por eso casos como Hondurasgate o el antecedente de Team Jorge son relevantes. Distintas investigaciones han mostrado la existencia de operadores transnacionales que ofrecen campañas de influencia, perfiles falsos, hackeo, desinformación y manipulación electoral. No es necesario afirmar que todas esas experiencias pertenecen a una misma estructura clandestina. Lo comprobable ya resulta suficientemente preocupante: existe un mercado internacional de intervención política y existen fuerzas de ultraderecha dispuestas a utilizarlo.
La reciente reunión convocada por Marco Rubio en Washington agrega un antecedente inquietante. Mientras estas redes privadas avanzan, Estados Unidos comienza a colocar nuevamente a corrientes identificadas con el marxismo, el comunismo, el anarquismo y Antifa dentro de una agenda internacional de seguridad. La frontera entre adversario político y amenaza comienza nuevamente a hacerse peligrosa.
Estas redes viven de la indignación. Diseñan provocaciones para que también sus adversarios las compartan. Una mentira reproducida para denunciarla continúa siendo una mentira que circula. Una polémica creada artificialmente puede imponer durante días la agenda política de todo un país.
La respuesta no puede ser abandonar la disputa. Exactamente al contrario: es necesario conocer cómo funcionan estas redes, investigar quién las financia, revelar sus conexiones, fortalecer medios propios y recuperar la capacidad de hablar desde los problemas reales de la población.
Disputar el sentido común no significa fabricar propias mentiras. Significa impedir que otros conviertan las suyas en realidad. Entenderlo a tiempo puede ser decisivo para defender las democracias antes de que quienes buscan vaciarlas consigan hacerlo utilizando sus propias reglas.
Con Información de elsiglo.cl


