Miércoles, 28 de Octubre de 2026
Nacional

Sembrando comunidad: la defensa territorial como aprendizaje para articular el tejido social a nivel nacional

Sergio Aliaga Matus, doctor en Filosofía Política de la Fundación Pensamiento & Reflexiones Humanistas, firma el texto con fecha 27/10/2026. En él se afirma: “Articular y fortalecer el tejido social en el país significa transitar desde el verticalismo en la toma de decisiones hacia una verdadera gobernanza participativa”.

El artículo toma como punto de partida el encuentro en defensa del patrimonio agrícola realizado en La Araucanía en agosto y liderado por el gobernador René Saffirio. Según el autor, ese encuentro evidencia la urgente necesidad de rearticular el tejido social en torno a las demandas históricas y productivas a lo largo del territorio nacional.

El problema de fondo analizado en la jornada, indica, radica en la protección del Trafkintu, el intercambio tradicional de semillas en la cultura mapuche. Aliaga subraya que no se trata de un comercio ni de un negocio, sino de una permuta cultural en defensa de la soberanía alimentaria y del patrimonio comunitario frente a la lógica mercantilista de la agroindustria. Por ello, los asistentes exigieron formalmente al SAG el retiro y la modificación de normativas que amenazan con privatizar o restringir el libre uso de las semillas.

El autor califica este hito cultural como una expresión del choque entre los modelos regulatorios y las prácticas de autogestión campesina e indígena. A su juicio, el encuentro da un salto cualitativo al transformarse en un hecho político y social de enorme envergadura estratégica: la necesidad impostergable de rearticular y fortalecer el tejido social en Chile.

Para Aliaga, articular y fortalecer el tejido social implica pasar del verticalismo en la toma de decisiones a una verdadera gobernanza participativa. Sostiene que hechos concretos como los de La Araucanía demuestran que, cuando las organizaciones sociales se coordinan, se abre la posibilidad de construir políticas públicas respetuosas del patrimonio y en función de las necesidades reales de la ciudadanía. Añade que también demuestran que la clase trabajadora y los amplios sectores populares no podrán emanciparse si permanecen atomizados.

El texto afirma que la fragmentación social es uno de los métodos estructurales del capitalismo neoliberal, que mediante el fomento del individualismo y el consumo masivo logró la desarticulación de la comunidad. Por eso, plantea como imperativo superar las luchas puramente sectoriales y rearticular las fuerzas sociales como camino para lograr una transformación sustancial y construir un poder popular en defensa de sus derechos inalienables.

Según el autor, una sólida articulación del tejido social es una condición sine qua non para superar el modelo de producción y reproducción capitalista neoliberal, sentar las bases de una hegemonía social y construir una democracia real y humana. Asimismo, la considera el punto de partida de la tarea político-social prioritaria para construir una democracia auténtica y humana, en la que sean las mayorías quienes decidan sobre la economía y sobre sus vidas.

Aliaga advierte que, en un escenario donde arrecian las voces conservadoras y reformistas contra el movimiento social, resulta indispensable mantener una posición sólida de principios. Denuncia que desde distintos medios de comunicación han surgido cientistas políticos reconvertidos en coaches del capital y periodistas como comentaristas políticos que instalan el mito de que el proletariado habría desaparecido. Lejos de responder a una realidad objetiva, afirma, esa narrativa interesada constituye una operación ideológica que equipara la transformación de las nuevas formas de trabajo con la extinción de la clase trabajadora.

El autor sostiene que detrás de eufemismos laborales como el de los “emprendedores” no se esconde simplemente la disolución de las clases sociales, sino una profunda mutación en los mecanismos de explotación y precarización. Señala que la condición proletaria no está determinada por la vestimenta, el nivel de consumo ni el acceso a la tecnología, sino por el despojo de los medios de producción y la necesidad estructural de vender la fuerza de trabajo para subsistir. Bajo ese criterio, afirma que más del 80% de la población activa en Chile pertenece a la clase trabajadora.

De acuerdo con su análisis, el capitalismo neoliberal ha disfrazado esa realidad mediante la ilusión del “capitalista de sí mismo”. A través del outsourcing, la subcontratación y las plataformas digitales, ha atomizado la fuerza laboral y vende la precariedad bajo la fachada de la “autonomía”. Agrega que la bancarización de la existencia —donde el crédito masivo cubre derechos sociales básicos como salud, educación y vivienda— mantiene tanto al trabajador precarizado como al profesional endeudado en una condición asalariada cuya subsistencia depende estrictamente de la venta diaria de su fuerza de trabajo.

Para desmitificar la supuesta homogeneidad de la “clase media”, Aliaga plantea que el mercado laboral chileno actual se articula en tres grandes bloques impactados por la flexibilización y el capital financiero: los sectores estratégicos —minería, puertos y rubro forestal, caracterizados por elevados niveles de subcontratación—; los sectores precarizados de servicios y plataformas —repartidores, conductores de aplicaciones, cajeros y personal de aseo, desprovistos de contratos estables, licencias o previsión social—; y el sector profesional y técnico —docentes a honorarios, personal de salud o endeudados por el CAE, quienes aun contando con educación superior enfrentan una inestabilidad laboral constante—.

El texto afirma que aceptar acríticamente el “fin de las clases” ha tenido un costo elevado para la izquierda y el reformismo. Al desconectarse de los sectores sindicalizados y no sindicalizados, parte de la dirigencia ha limitado su horizonte político a la mera administración del Estado. Asimismo, a través de estructuras como la CUT, el movimiento sindical ha tendido a aislarse en dinámicas defensivas y cupulares, restringidas al marco legal del Código del Trabajo. Al subordinar la movilización a pactos de gobernabilidad, sostiene, se ha neutralizado la capacidad de la clase trabajadora para constituirse como un sujeto político con proyecto propio.

Aliaga menciona también la opinión de algunos reformistas que sostienen que, al haberse extinguido el proletariado, la izquierda ya no tiene base de apoyo social para proponer transformaciones políticas profundas y que, por tanto, habría que darles paso a las posturas reformistas o de centro-conservadoras.

Frente a esas concepciones neoliberales, el autor plantea como tarea prioritaria dejar de lado las formas organizativas del siglo XX y adaptarse a las nuevas dinámicas laborales del siglo XXI. Paralelamente, considera urgente potenciar el trabajo de articulación del tejido social, transitando desde el sindicato cerrado por empresa hacia un nuevo sindicalismo por rama, territorial y articulado en redes de subcontratados, capaz de conectar la explotación laboral con el despojo territorial y el endeudamiento financiero.

Finalmente, sostiene que superar la fragmentación entre trabajadores de planta y honorarios es el primer paso para reconstruir la conciencia de clase. Generar conciencia sobre el valor estratégico del trabajo de quienes mueven los puertos, el transporte, las minas, las aulas y el comercio resulta fundamental e inaplazable, concluye, para articular un proyecto de hegemonía popular que transforme el poder antidemocrático y la lógica del capitalismo neoliberal en un orden democrático, solidario y humano para la gran mayoría nacional.

Con Información de elsiglo.cl

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