En enero de 1959, Salvador Allende realizó una visita a La Habana. Durante su llegada, manifestó inicialmente su desconcierto ante los cambios que observaba, expresando a Carlos Rafael Rodríguez que no percibía una revolución en curso y que consideraba marcharse. Tras ser convencido de permanecer más tiempo, fue citado por el Che a La Cabaña, donde lo recibió postrado en un catre durante un ataque de asma. En ese encuentro, Guevara expresó: «Mire, Allende, yo sé perfectamente bien quién es usted. Yo le oí en la campaña presidencial del 52 dos discursos: uno muy bueno y uno muy malo. Así es que conversemos con confianza, porque yo tengo una opinión clara de quién es usted».
Años después, Allende confió al filósofo francés Régis Debray que había llegado a comprender la calidad intelectual, el sentido humano y la visión continental del Che, así como su concepción realista sobre la lucha de los pueblos. «Podría decirte que fui amigo del Che», señaló.
Los dos líderes volvieron a encontrarse en Montevideo, donde colaboraron en acciones comunes contra la Alianza para el Progreso impulsada por Estados Unidos. Al abandonar el Salón de Honor de la Universidad de esa ciudad, el Che sugirió que se separaran para evitar ser un único blanco en caso de atentado. Un profesor uruguayo fue asesinado ese día durante un atentado contra la multitud que aguardaba a los líderes fuera del recinto.
Posteriormente se reunieron nuevamente. Allende conoció a la madre del Che y este le comunicó que viajaría de forma reservada a Buenos Aires para encontrarse con el presidente argentino Arturo Frondizi.
Durante ese período, Allende recibió al menos dos regalos del comandante: un retrato dedicado a los familiares del compañero Salvador y un ejemplar de La guerra de guerrillas que había descansado sobre su escritorio. En la dedicatoria se leía: «A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che».
Cuando los sobrevivientes de la guerrilla en Bolivia rompieron el cerco del ejército y llegaron a territorio chileno, Allende, quien en ese momento presidía el Senado de su país, se trasladó a Iquique para recibirlos. Posteriormente viajó a Pascua y Tahití con ellos, donde Pombo, Benigno y Urbano firmaron su ejemplar de La guerra de guerrillas con las palabras: «Compañero, en el libro que le obsequió el Che, queremos que queden estas palabras como homenaje a él, de los que fuimos sus compañeros de la guerrilla boliviana».
En una conversación posterior con Débray, el filósofo francés cuestionó por qué Allende, a pesar de sus diferencias políticas con el Che, continuaba asumiendo la bandera de Guevara, de la Revolución Cubana y del internacionalismo latinoamericano. Allende respondió: «Porque yo creo, indiscutiblemente, que en la vida de Latinoamérica pocas veces, o quizá nunca, ha habido un hombre que haya demostrado más consecuencia con sus ideas, más generosidad, más desprendimiento. El Che lo tenía todo, renunció a todo por hacer posible la lucha continental. Ahora, la respuesta del porqué está en la propia dedicatoria del libro del Che: “Para Allende, que por otros caminos trata de obtener lo mismo”. Había diferencias, indiscutiblemente, pero formales. En el fondo, las posiciones eran similares, iguales».
El 11 de septiembre de 1973, portando un fusil y un casco militar, Allende se dirigió a su gente expresando: «¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos».
Según el análisis presentado, ese día el Che también hablaba a través de la voz de su compañero, quien sería asesinado seis años después por el mismo odio que persiguió al guerrillero.
Con Información de elsiglo.cl

