Domingo, 13 de Septiembre de 2026
Nacional

Golpe de Estado del 21 de septiembre marca punto de quiebre en la historia política nacional

Un niño de siete años salió de su casa en la isla Robinson Crusoe una mañana de septiembre de 1973, sin saber que ese día su infancia terminaría de forma abrupta. No comprendía qué era un golpe de Estado ni entendía de política, pero aprendería que el miedo podía llevar un fusil.

El viernes 21 de septiembre de 1973, alrededor de las 7:15 de la mañana, el niño se disponía a caminar los tres kilómetros que separaban su casa de la Escuela N.º 68 de la isla Robinson Crusoe, en el archipiélago Juan Fernández. Cursaba tercero básico.

Durante el trayecto, observó un buque de la Armada fondeado en la bahía Cumberland. Para él, la llegada de un barco era una buena noticia, pues significaba la llegada de diarios, revistas, cartas y posibles regalos de sus hermanos que estudiaban en Valparaíso. Esperaba especialmente la revista Estadio, donde había descubierto el tenis y aprendido a jugar ese deporte mediante los dibujos que allí observaba.

Retrocedió hasta su casa para contarle a su padre sobre la llegada del barco. Sin embargo, notó que el rostro de su padre era diferente. No entendía el significado de aquella mirada.

Continuó hacia la escuela. En el camino, pasó frente a la casa de Luis Petersen, encargado de la ECA, quien apenas lo miró. Habitualmente, la esposa de Petersen, la señora María, salía para saludarlo y desearle un buen día, pero esa mañana no apareció. La señora Dora le gritó que le fuera bien y le pidió que pasara a buscar frutas al regreso. Todo parecía normal, pero ya nada lo era.

En la isla vivían aproximadamente 500 personas: pescadores de langosta, funcionarios de Conaf, carabineros y personal de la Armada. El curso del niño contaba apenas seis alumnos, y toda la escuela no superaba los 35 estudiantes. La escuela funcionaba en un frigorífico abandonado por una empresa pesquera.

Ese viernes comenzaba la primavera y el mar estaba tranquilo. Mientras caminaba sin preocupaciones, de repente apareció un marino detrás de un matorral de moras, portando un fusil y apuntándolo. El niño quedó paralizado. Con la inocencia de sus siete años, preguntó por qué no podía continuar hacia la escuela. La respuesta fue brutal: “Ándate pa’ tu casa si no querís que te pegue un balazo. Ahora mando yo”.

El niño corrió de regreso a su casa. La señora Dora ya no estaba en la puerta. Las casas que minutos antes parecían parte de su mundo cotidiano se habían convertido en lugares silenciosos.

Al llegar a casa, relató lo sucedido a su padre, quien ya sabía lo que vendría. Diez minutos después, una patrulla de cinco marinos golpeó la puerta. Entre ellos estaba el padre de un compañero de escuela. Los marinos saludaron al padre por su nombre y preguntaron quiénes eran los comunistas de la isla. El padre respondió: “En esta isla no hay comunistas. Solo hay isleños”.

La conversación duró apenas unos minutos. Cuando la patrulla se retiraba, el padre le dijo al jefe que no volvieran a amenazar a los niños con armas. El marino respondió: “Trataremos que no se repita. Pero las cosas han cambiado. Buenos días”.

A los siete años, el niño no sabía qué era una dictadura ni qué significaba que un país cambiara de un día para otro. Pero reconocía el miedo en la cara de su padre, sabía que los vecinos ya no salían a la puerta y entendía que alguien había dicho que ahora mandaba él.

Para los habitantes de esa pequeña isla perdida en el Pacífico, aquello fue su pequeño gran golpe. Mientras la historia oficial señala que el Golpe de Estado ocurrió el 11 de septiembre de 1973, para algunos la dictadura llegó después, el 21 de septiembre de 1973, en un barco a la bahía Cumberland.

Han pasado 53 años. El niño ya no tiene siete años, pero hay recuerdos que no envejecen. Algunos permanecen intactos, esperando que uno tenga el valor de volver a mirarlos. Este es uno de ellos.

Con Información de desenfoque.cl

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Redacción.

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