Brandon Judd llegó a la política chilena con gran impacto. Su debut televisivo recordó los procedimientos de Washington al afirmar que poseía pruebas sobre la participación de la izquierda en el estallido social de 2019. Sin embargo, veinticuatro horas después, citado a la Cancillería, retractó sus declaraciones. Las supuestas evidencias carecían de fundamento serio y consistían únicamente en recortes de prensa y rumores.
Este patrón de conducta tiene antecedentes históricos. En junio de 1970, Henry Kissinger justificaba la intervención estadounidense apelando a corregir la “irresponsabilidad” del pueblo chileno al elegir a Salvador Allende. Richard Nixon ordenó “hacer que la economía grite” y presupuestó millones de dólares para derrocar un gobierno democrático.
Hoy, bajo la arquitectura de Marco Rubio, Washington utiliza emisarios como Judd para administrar lo que considera su zona de influencia. El embajador no vino a fortalecer lazos, sino a imponer demandas geopolíticas. Con su visita decretó efectivamente el fin del cable submarino con China e impulsó el programa Escudo de las Américas, utilizando la crisis de seguridad como justificación. La exigencia es clara: Washington demanda el monopolio tecnológico a cambio de garantizar seguridad interior bajo el pretexto del crimen organizado.
Judd también ofreció respaldo chileno frente a Argentina en el Estrecho de Magallanes, un gesto sobre un debate que no existe, dado que este paso natural entre los océanos Pacífico y Atlántico es territorio chileno.
Los senadores Rodolfo Carter y Rojo Edwards se apresuraron a defender las palabras del embajador en medios de comunicación. Quienes reclaman respeto a la bandera e himnos nacionales frente a adversarios internos, aceleran para recibir a un burócrata extranjero que compromete la institucionalidad, anteponiéndose sus principios reaccionarios a la dignidad nacional. En 1973, el embajador Nathaniel Davis presenció el quiebre democrático mientras la derecha local preparaba el golpe; hoy, sus herederos políticos respaldan el tutelaje directo.
El gobierno de la “mano dura” permanece silencioso frente a la embajada. José Antonio Kast redujo la presidencia a una sucursal del trumpismo sudamericano, compitiendo con Javier Milei por demostrar mayor subordinación ideológica. La imposición del Escudo de las Américas no es una sorpresa diplomática; Judd vino a cobrar un alineamiento hemisférico al que La Moneda ya había prometido lealtad anticipadamente. Renuncian al decoro republicano justificándose con el temor a perder la Visa Waiver. El canciller Francisco Pérez Mackenna, obligado a enfrentar una interpelación en el Congreso, refleja la parálisis de un Ejecutivo comprometido desde sus inicios.
La historia presenta similitudes con cinismo evidente. En 1970, Agustín Edwards solicitaba intervención de la CIA en la Casa Blanca. Hoy, Rojo Edwards celebra el chantaje de Judd mediante la prensa. Los nombres cambian, pero la subordinación permanece.
Con Información de elsiglo.cl
