Pekín, 5 de noviembre de 2026. Catalina Lufín Pacheco, presidenta de las Juventudes Comunistas de Chile, presentó una ponencia en el 16° Foro Mundial del Socialismo sobre la realidad de la juventud chilena, los efectos del neoliberalismo en las nuevas generaciones y los desafíos de las fuerzas revolucionarias para construir un proyecto de horizonte socialista.
Lufín sostuvo que abordar la juventud desde una perspectiva socialista implica reconocerla como una potencia estratégica y fundante de grandes procesos de cambio social. Recordó que Mao Zedong describe a los jóvenes como “el sol naciente de la madrugada, llenos de vitalidad y ansiosos por aprender de las enseñanzas del nuevo día”, y que Salvador Allende sentenció que “ser joven y no ser revolucionario era una contradicción hasta biológica”. Según planteó, en cualquier latitud o momento histórico un proyecto revolucionario reconoce en la juventud una fuerza indispensable para concretarse y para mantener vigente la herramienta partidaria que ordena los anhelos del pueblo.
Sin embargo, advirtió que el neoliberalismo puede extinguir la llama de esa alegre rebeldía en Occidente y, en particular, en América Latina. A su juicio, el primer cuarto del siglo XXI ha sido confuso y desorientador para los jóvenes de Chile y la región: mientras en la infancia el futuro se veía como una tierra prometida de innovación tecnológica y prosperidad económica, en la adolescencia y la adultez se transformó en un lugar amenazante marcado por guerras, sequía y precariedad. Décadas de neoliberalismo, dijo, han sometido a Chile —un país vasto, rico en minerales y con una tradición cultural inigualable— a la tiranía del mercado por sobre las necesidades populares. Por eso, las mismas tierras que dieron origen a Gabriela Mistral, José Venturelli, Pablo Neruda y Violeta Parra hoy no son del todo fértiles para cultivar los sueños de los jóvenes.
La dirigenta señaló que las inquietudes sobre educación, trabajo y vivienda impiden el desarrollo pleno de las nuevas generaciones. En Chile, el 44% de la juventud cree que nunca podrá optar a una vivienda, mientras que el 23% de las personas entre 24 y 35 años permanece desempleado no por elección voluntaria, sino por la condena del modelo económico. Añadió que cada vez son más los niños, niñas y adolescentes que, atrapados en la precariedad y las bajas expectativas de movilidad social, son cooptados por el narcotráfico y el crimen organizado como una salida a la pobreza. En esas condiciones, el ímpetu creador de la juventud se convierte rápidamente en resignación y deriva en una exacerbación de la competencia con los otros para buscar refugio en la adversidad.
Con ese diagnóstico, Lufín afirmó que la tarea de las Juventudes Comunistas de Chile, con 94 años de historia, es tan desafiante como urgente. Destacó que la Jota vive un proceso de crecimiento inédito en la historia reciente, es la juventud política más grande del país y logra una importante representación en el mundo social, liderando a los estudiantes universitarios en la conducción de la Confederación de Estudiantes de Chile. Desde esa posición, dijo, han sido parte de expresiones de descontento popular en las que la institucionalidad se ve irremediablemente sobrepasada, como el estallido social de 2019 y las movilizaciones por la educación de 2006 y 2011, que emplazaron directamente la capacidad del Estado para resolver las necesidades de las personas. Pese a una oleada de emblemáticas reformas progresistas, sostuvo que la solución auténtica parece estar más allá de las fronteras de la socialdemocracia.
No obstante, advirtió que esa afirmación, alentadora para una organización revolucionaria, puede ser peligrosa en tiempos de auge del populismo y de frenesí de las redes sociales, capaces de diseñar realidades alternativas a partir de las preferencias de las grandes corporaciones. Explicó que el fracaso de la socialdemocracia puede llevar a que quien busca cambios sin direccionalidad política caiga en la trampa del capitalismo. En clave gramsciana, dijo, se vive un momento de transición, crisis y vacíos de poder en el que emergen fuerzas monstruosas, como un neoliberalismo que intenta salvarse de su caída introduciendo un componente autoritario con rasgos fascistoides y busca reafirmarse en la subordinación política, económica y militar de América Latina. Las masas, cansadas del fracaso y la injusticia, podrían ser engañadas por el nuevo rostro de la barbarie y depositar sus esperanzas en liderazgos que solo renuevan sus colores y mantienen las viejas estructuras de poder. La política, planteó, es en esencia la disputa por la conducción de las esperanzas colectivas y, como fruto de esa estrategia, la balanza occidental se inclina cada vez más hacia la ultraderecha en los procesos electorales recientes.
Frente a ese escenario, Lufín sostuvo que la labor de los jóvenes comunistas es dar instrucción y ordenar los esfuerzos dispersos de las masas que apuntan caóticamente contra el status quo para transformarlos en un proyecto de corte socialista. En ese marco, pronunció: «Somos las y los jóvenes comunistas, que hemos estudiado los efectos del imperialismo y el colonialismo en el pasado, quienes podemos denunciar la nueva doctrina Monroe del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que quiere hacer de Latinoamérica, nuevamente, su patio trasero».
Asimismo, consideró que China es un referente de soberanía para Chile. Señaló que el socialismo chino es soberano en tanto recoge, en un ejercicio profundamente dialéctico, las particularidades de su idiosincrasia y su historia milenaria para dar curso a un proceso revolucionario de marca mayor. Con sus propias reglas y a su propio ritmo, agregó, China ha logrado erradicar la pobreza, poner comida en el plato de millones de niños y niñas y posicionarse como una potencia que ha deslumbrado al mundo con sus avances tecnológicos, su planificación urbana, su política de desarrollo sustentable y su perspectiva de administración del Estado.
Recordó que a mediados del siglo XX Chile tuvo un breve sueño llamado Unidad Popular, cuando el presidente Salvador Allende acuñó el término “socialismo a la chilena” con empanada y vino tinto, que pretendía consagrar el derecho del pueblo chileno a construir su propio camino a la emancipación. Ese sueño fue brutalmente interrumpido por la traición y la desidia del golpe de Estado de 1973, que instauraría una dictadura de 17 años. Pero la violencia no borra las ideas, afirmó: la necesidad de un socialismo soberano que ponga en manos de la clase trabajadora el destino de la patria es ahora más que nunca una determinación de vida o muerte.
Por ello, planteó que la respuesta socialista a la policrisis debe incorporar en su centralidad los dolores de la juventud chilena, frente a lo cual la vanguardia china ofrece varias posibles formulaciones. En materia de vivienda, llamó a atender el drama de la especulación inmobiliaria no solo con medidas de regulación del mercado que permitan sobrellevar las etapas tempranas de la vida, sino también con nuevas normas de uso de suelo que permitan vivir con tranquilidad hasta la vejez. A su juicio, la concepción de la propiedad como algo heredable y exclusivo del individuo no es compatible con la magnitud de las sociedades modernas.
También afirmó que los jóvenes comunistas, junto a los estudiantes, pueden pensar un modelo de educación alineado con el modelo de desarrollo que se quiere, a fin de terminar con la cesantía y producir los profesionales y técnicos que requiere la patria. Sostuvo que el neoliberalismo ha hecho florecer masivamente instituciones de educación privada que nada tienen que ver con los valores, principios y metas de crecimiento del Estado. Varias de ellas incluso enfrentan causas judiciales por lucro y siguen recibiendo aportes desde las arcas fiscales, lo que consideró insostenible para corregir la tasa de desocupación juvenil y avanzar hacia un futuro de prosperidad compartida.
En la misma línea, propuso incorporar la Inteligencia Artificial no como un fenómeno de segmentación y alienación, tal como la utilizan las corporaciones de Occidente, sino como una herramienta que permita aumentar la productividad y beneficiar a los pueblos.
Finalmente, llamó a que los comunistas sean los más tajantes en la lucha contra el crimen organizado, ya que nada es peor que la corrupción del ser humano y la violencia como norma social. Un proyecto socialista, dijo, debe garantizar medios para el desarrollo pleno de las infancias vulnerables mediante políticas públicas que eliminen las brechas de desigualdad y, en consecuencia, perseguir duramente a quienes promuevan el mal al prójimo como una vía de escape.
En conclusión, Lufín afirmó que, si bien después de casi medio siglo de neoliberalismo su fracaso es una síntesis ineludible, la superación del modelo es el verdadero desafío que concentra a la juventud chilena. Se trata de un campo en disputa, abierto a que el ideario capitalista lleve al abismo o a que los revolucionarios logren seducir a las masas con una propuesta de horizonte socialista que ponga en relevo su identidad y resuelva las injusticias heredadas de otros tiempos. El resultado dependerá de si son capaces de alimentar, con organización e ideas, esa llama de rebeldía que, pese a los embates del capital, aún late en el corazón de los jóvenes.
Con Información de elsiglo.cl




