Camila Vallejo, exministra Secretaria General de Gobierno, y Alexis Cortés, sociólogo y Premio Iberoamericano de Ciencias Sociales (2022), firman en «El Siglo», desde Sao Paulo, el 07/10/2026.
Las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias en Brasil mostraron la fuerza de la ola bolsonarista: mayoría en el Congreso, a muy poco de ser calificada en el Senado, y Flavio Bolsonaro con 47,03% de los votos, pasando en primer lugar por sobre Lula da Silva (45,16%). Como se esperaba, el actual Presidente y exdirigente sindical alcanzó casi 54 millones de votos, muy cerca de su techo en primera vuelta, aunque quedó en un inesperado segundo lugar.
La elección brasileña definirá el curso estratégico de toda América Latina, en un contexto en que el corolario Trump de la Doctrina Monroe —hacer del continente su patio trasero o su propio fundo— ha avanzado rápidamente gracias a la subordinación de varios países de la región con gobiernos ideológicamente afines a los intereses de Estados Unidos. Brasil, sin embargo, ha sido activa y altivamente el principal contrapeso regional a esa ofensiva, así como pieza fundamental del multilateralismo de los BRICS. Cabe recordar que es el segundo país con mayores reservas de tierras raras y que la Amazonia concentra enormes recursos naturales.
¿Qué explica este resultado y hasta qué punto es posible revertirlo? Comprender este primer desenlace es estratégico para repensar una izquierda que aspire no solo a detener la ola de la extrema derecha, sino también a ofrecer un proyecto de futuro que permita volver a ser alternativa. Lula, cuatro años atrás, logró derrotar a Jaír Bolsonaro aun cuando este concentraba el poder del dinero, del algoritmo y el hecho de estar en el gobierno. ¿Por qué, entonces, el bolsonarismo creció si ya no está en la presidencia?
En lo más coyuntural, hoy para cualquier candidato incumbente está siendo más difícil convertir su posición de gobierno en fuerza electoral. Lula llegó a la elección exhibiendo grandes logros macroeconómicos: desempleo de solo 5%, crecimiento económico, aumento del salario mínimo, inflación controlada y salida del mapa de la pobreza, tras el empobrecimiento vivido en la administración bolsonarista. Todo esto luego de una reforma tributaria que amplió el tramo libre de impuestos para quienes ganan hasta 1.000 US$ y que aumentó los impuestos a los más ricos. Además, en las últimas semanas tuvo la iniciativa política con anuncios altamente populares: ajuste de 15% del Bolsa Familia, disponibilización en el sistema universal de salud de “lapiceras para bajar de peso”, proyecto de reducción de la jornada de trabajo y el fin de las apuestas on line, responsables de buena parte del endeudamiento de las familias más pobres y que sufren principalmente las mujeres.
Sin embargo, diversos analistas señalaban la existencia de un malestar difuso que en buena parte se canalizó hacia la Corte Suprema, asociada convenientemente al gobierno por la derecha, y que tenía como fuente una frustración de expectativas respecto del gobierno de Lula: los brasileños están bien, pero esperaban estar mejor. En efecto, el gobierno del Partido de los Trabajadores tuvo un inicio marcado por la austeridad fiscal, lo que, sumado a no contar con mayoría parlamentaria, restringió su capacidad transformadora.
Por su parte, Flavio Bolsonaro logró activar el voto útil, desinflando a los otros 4 candidatos de derecha que disputaban la elección, transformándola en un plebiscito contra el gobierno. Al encender un sentimiento de polarización anti-lulista, logró volverse invulnerable a los gravísimos escándalos de corrupción y sexuales de su candidatura, así como a las denuncias por vínculos con el crimen organizado (milicias).
En buena medida, esa disputa se resolvió a favor de la extrema derecha por su fuerte despliegue en redes sociales, sostenida por profusos recursos económicos, pero también por capacidad orgánica y subjetiva construida hace casi una década. Prueba de ello son las altas votaciones de sus candidatos-influencers, que fueron mayorías nacionales en los Estados más populosos, y el fuerte apoyo de emprendedores de la fe neopentecostales que controlan medios de comunicación, recursos y despliegue territorial. Esto se ha traducido en un sustantivo respaldo de una parte importante del mundo evangélico a las candidaturas de extrema derecha.
Sin embargo, Lula sigue siendo extremadamente fuerte entre los más pobres, las mujeres y los católicos. Por lo mismo, no todo está perdido. Hubo un alto nivel de abstención —casi 30 millones de electores— justamente en los sectores populares y las personas mayores, donde Lula tiene más llegada. Los primeros, por su legado social; los segundos, por su valoración de la democracia. Es difícil, pero no imposible. Si hay alguien con la biografía, la capacidad y el talento para revertir este decisivo escenario es ese niño del nordeste de Brasil que, como dirigente sindical, se convirtió en el Presidente del país más grande de “nuestra América”.
Con Información de elsiglo.cl




