Diego Aguirre V., Berlín, 23/10/2026, «El Siglo».
Alemania vive un periodo de profundas contradicciones económicas, políticas y sociales. Un país que durante décadas fue presentado como modelo de estabilidad económica y bienestar social enfrenta ahora el estancamiento de su industria, el encarecimiento de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos y una incertidumbre creciente sobre el futuro. Al mismo tiempo, el gobierno del canciller Friedrich Merz impulsa una política de rearme con la que busca convertir a Alemania en una de las principales potencias militares de Europa.
Resulta contradictorio que, mientras se pone en duda la sostenibilidad de las pensiones, se anuncian restricciones sociales y se exige austeridad en el gasto público, el gobierno encuentre enormes recursos para fortalecer la industria militar, preparar a las Fuerzas Armadas ante eventuales conflictos bélicos y contribuir al financiamiento de la guerra en Ucrania.
Esa orientación comienza a generar respuestas en las calles. En las últimas semanas, estudiantes secundarios, organizaciones juveniles, sindicatos y movimientos por la paz han protagonizado nuevas movilizaciones contra la militarización y el deterioro de las condiciones de vida.
Una de las expresiones más significativas ha sido el movimiento Schulstreik gegen Wehrpflicht (huelga escolar contra el servicio militar obligatorio), que el 25 de septiembre movilizó, según sus organizadores, a más de 45.000 estudiantes en alrededor de cien ciudades alemanas.
Las protestas responden al nuevo sistema de reclutamiento impulsado por el gobierno federal, que establece obligaciones para determinados jóvenes varones y deja abierta la posibilidad de ampliar posteriormente el servicio militar. Sin embargo, los estudiantes no se limitan a rechazar su incorporación a las Fuerzas Armadas. También cuestionan las condiciones de la enseñanza pública, la falta de profesores y el deterioro de la infraestructura escolar, y se preguntan por qué existen recursos para financiar el rearme mientras sus establecimientos enfrentan dificultades cada vez mayores.
Durante octubre se realizaron nuevas acciones en Berlín, entre ellas bloqueos de acceso a colegios. El periódico Junge Welt (Mundo Joven, diario alemán de orientación comunista) informó sobre estas movilizaciones y sobre los contactos que comienzan a establecerse con estudiantes franceses. Para el próximo 20 de noviembre está anunciada otra jornada de protestas contra el servicio militar, que podría ampliar la coordinación entre organizaciones juveniles.
Así comienza a aparecer una generación que se incorpora a la movilización social y cuestiona decisiones políticas que afectan directamente su futuro. Esto ocurre en un país donde durante años se intentó instalar la idea de que el bienestar económico y la estabilidad institucional hacían innecesarias las grandes movilizaciones populares.
Estas protestas coinciden con las manifestaciones pacifistas del 3 de octubre, aniversario de la reunificación alemana, realizadas bajo consignas contra el rearme, el servicio militar y la guerra.
El Partido Comunista Alemán (DKP), organización con la que existe una relación de solidaridad, ha participado activamente en estas movilizaciones. Su presidente, Patrik Köbele, destacó durante la manifestación de Berlín la necesidad de impedir la división de las fuerzas que enfrentan la militarización. En su intervención, publicada por Unsere Zeit (Nuestro Tiempo, periódico del DKP), relacionó directamente los preparativos de guerra con los ataques a los derechos de los trabajadores y con las políticas de reducción del gasto social.
También Die Linke (La Izquierda), partido de la izquierda parlamentaria alemana, ha manifestado su rechazo al servicio militar obligatorio. En una declaración conjunta, Ines Schwerdtner, presidenta del partido, y Sören Pellmann, presidente de su grupo parlamentario, cuestionaron la escalada armamentista y llamaron a recuperar la diplomacia, la distensión y el desarme.
Aunque existen diferencias ideológicas importantes entre el DKP y Die Linke, en particular respecto a las perspectivas de transformación de la sociedad, ambos coinciden en enfrentar las actuales políticas de militarización.
En cuanto al avance de la ultraderecha y la victoria de Die Linke en Berlín, estas movilizaciones se desarrollan en un escenario donde Alternative für Deutschland (AfD, Alternativa para Alemania) continúa consolidando una base electoral importante, especialmente en los territorios de la antigua República Democrática Alemana, aunque su crecimiento se extiende también al oeste del país.
No se trata de un fenómeno exclusivamente alemán. La ultraderecha ha avanzado en buena parte de Europa aprovechando el deterioro de las condiciones económicas, la inseguridad laboral y la pérdida de confianza en los partidos tradicionales.
Aquí aparece una contradicción que merece atención. La extrema derecha ha sabido recoger problemas reales de la población, pero entrega explicaciones que distorsionan sus causas. La falta de vivienda, el desempleo o el deterioro de los servicios públicos dejan de presentarse como consecuencias de determinadas políticas económicas y se transforman en conflictos entre alemanes e inmigrantes, trabajadores y refugiados, o contribuyentes y beneficiarios de ayudas sociales.
De esta manera, la contradicción entre trabajo y capital es desplazada por enfrentamientos entre sectores de una misma población que muchas veces comparten las mismas dificultades materiales.
Es una estrategia conocida también en América Latina, donde parte de quienes más sufren las consecuencias del neoliberalismo terminan respaldando a fuerzas políticas que buscan profundizar ese mismo modelo.
En Alemania, estas contradicciones quedaron reflejadas en las elecciones regionales del 20 de septiembre. Mientras la AfD obtuvo una victoria importante en Mecklemburgo-Antepomerania, Die Linke consiguió un triunfo histórico en Berlín, alcanzando el 25,7% de los votos y convirtiéndose por primera vez en la principal fuerza política de la capital alemana.
La campaña de Die Linke tuvo como eje central uno de los problemas más graves de Berlín: la vivienda. En una ciudad donde la inmensa mayoría de sus habitantes vive en arriendo, la especulación inmobiliaria ha provocado que conseguir una vivienda digna se haya transformado en un problema para buena parte de la población.
Su candidata, Elif Eralp, logró instalar una propuesta centrada en una mayor intervención del Estado frente a los grandes consorcios inmobiliarios y en la defensa de los arrendatarios. En lugar de limitarse a consignas generales, Die Linke colocó en el centro de su campaña una necesidad concreta de cientos de miles de berlineses.
Pero este resultado tampoco puede interpretarse como un retroceso general de la ultraderecha. La propia AfD aumentó considerablemente su votación en Berlín, alcanzando el 16,3% y convirtiéndose en la tercera fuerza política. Ambas organizaciones crecieron mientras los partidos tradicionales perdieron una parte importante de su respaldo.
Esto obliga a la izquierda a enfrentar una discusión que durante años ha intentado evitar. La ultraderecha no necesita inventar el malestar social, porque ese malestar existe. Lo que hace es ofrecer una explicación falsa de sus causas, utilizando un discurso sencillo y directo que muchas veces resulta más comprensible para la población que las propuestas de los partidos tradicionales.
Parte de la izquierda europea, entretanto, ha ido abandonando su vinculación histórica con los trabajadores y el lenguaje de clase, y ha reemplazado las propuestas de transformación social por discursos que no siempre consiguen responder a los problemas cotidianos de la población.
Por eso el llamado cortafuegos democrático, mediante el cual los partidos tradicionales intentan impedir que la AfD llegue al gobierno, resulta insuficiente si no está acompañado de políticas concretas que permitan recuperar derechos, mejorar las condiciones materiales de vida y reconstruir la confianza en las organizaciones políticas y sociales.
Las movilizaciones comienzan a superar las fronteras nacionales. Lo que ocurre en Alemania forma parte de un escenario europeo donde distintas expresiones de descontento social adquieren mayor protagonismo.
En Francia, estudiantes y trabajadores se han movilizado contra los recortes educativos y el deterioro del poder adquisitivo. En Italia, las protestas estudiantiles coinciden con acciones sindicales, manifestaciones contra la militarización y expresiones de solidaridad con Palestina. En Bélgica y Grecia también se han registrado importantes movilizaciones por las condiciones laborales, los servicios públicos y el costo de la vida.
Aunque las reivindicaciones son diferentes y no existe una dirección política común, comienzan a establecerse contactos entre organizaciones juveniles y movimientos sociales de distintos países. Las próximas jornadas estudiantiles permitirán observar hasta dónde puede desarrollarse esta coordinación.
La solidaridad internacional también mantiene una presencia importante en Alemania. El 10 de octubre, al menos 5.000 personas, según Junge Welt, participaron en Berlín en una manifestación de solidaridad con el pueblo palestino, en la que se denunciaron las operaciones militares israelíes, se reclamó respeto al derecho internacional y se exigió la suspensión de las exportaciones alemanas de armamento a Israel.
Por otra parte, durante septiembre, la campaña Unblock Cuba (Desbloquear a Cuba) desarrolló una semana de actividades frente a la embajada estadounidense en Berlín, reuniendo a organizaciones comunistas, colectivos internacionalistas y asociaciones solidarias contra el bloqueo económico que Estados Unidos mantiene sobre la isla.
No se trata de expresiones aisladas. La solidaridad con Cuba y Palestina forma parte de una tradición de internacionalismo que distintas organizaciones alemanas han mantenido durante décadas y que hoy vuelve a encontrarse con nuevas generaciones que comienzan a participar en la movilización política.
Sería apresurado afirmar que todas estas protestas forman parte de un movimiento popular articulado. Existen diferencias políticas, distintos niveles de organización y reivindicaciones que no siempre coinciden. Pero tampoco puede desconocerse que comienzan a aparecer elementos comunes, en particular el rechazo a la militarización y la defensa de derechos sociales amenazados por las actuales políticas económicas.
El crecimiento de la ultraderecha no puede explicarse solamente por la capacidad de sus dirigentes para manipular el descontento social. También obliga a preguntarse por qué la izquierda ha perdido presencia precisamente entre aquellos sectores que deberían constituir su principal base social.
Las movilizaciones que hoy recorren Alemania y otros países europeos muestran que esa disputa sigue abierta. Pero para enfrentarla no bastará con ganar elecciones ni con convocar manifestaciones ocasionales. Habrá que recuperar la organización en los lugares de trabajo, en los sindicatos, en los barrios y entre una juventud que comienza nuevamente a salir a las calles.
Porque si algo demuestra la experiencia histórica es que los derechos sociales no han sido el resultado de la generosidad de los gobiernos, sino de la organización y la lucha de los trabajadores y de los pueblos. Y frente a una Europa donde nuevamente crecen el militarismo, el nacionalismo y las posiciones de extrema derecha, esa experiencia continúa teniendo plena vigencia.
Con Información de elsiglo.cl


