Viernes, 14 de Agosto de 2026
Nacional

Universidad Católica: de centro de investigación a escenario de cuestionamientos sobre prácticas discriminatorias

La reciente decisión del Magíster en Innovación de la Pontificia Universidad Católica de Chile de designar a Tel Aviv y Silicon Valley como las únicas “capitales de la innovación” para llevar a sus alumnos, en medio de un genocidio en curso donde ambas ciudades son protagonistas principales, no representa un error académico menor. Constituye la manifestación más evidente de una continuidad histórica que la clase dominante chilena ha perfeccionado durante décadas a través de su aparato ideológico: la conversión de las casas de estudio en instrumentos de transmisión del imperialismo.

Para comprender la gravedad de esta situación, es necesario remontarse a los años 70. Mientras el terrorismo de Estado arrasaba el tejido social y político de Chile, la Escuela de Economía de la UC se transformó en la sucursal local de la Escuela de Chicago. Bajo la dictadura, estos tecnócratas no solo aplicaron un “shock” económico, sino que llevaron a cabo una revancha de clase brutal: privatizaron lo público, liquidaron el movimiento obrero, sometieron el trabajo al capital financiero y convirtieron derechos sociales básicos en mercancías.

Chile fue el laboratorio global del neoliberalismo. La “obra” de los Chicago Boys, como fue bautizada por la prensa internacional, sentó las bases del capitalismo financiarizado que posteriormente se exportaría al mundo a través del Consenso de Washington. Esto implicó la desposesión de las masas de sus medios de vida colectivos —salud, educación, pensiones— para ponerlos al servicio de la tasa de ganancia del gran capital. La UC no fue una espectadora neutral, sino parte activa del proyecto de dominación.

Actualmente, el discurso de la “innovación” cumple la misma función ideológica que la “libertad de mercado” en los años 80: mistificar las relaciones de explotación. En el capitalismo tardío, la innovación no es un fin humanista, sino un mecanismo de acumulación de valor que requiere ejércitos de reserva de mano de obra precarizada, extractivismo de datos y, principalmente, violencia geopolítica para asegurar las cadenas de suministro.

La elección de Tel Aviv y Silicon Valley obedece a que son los epicentros del complejo militar-tecnológico. La innovación en Israel es la base de un Estado de apartheid que perfecciona el genocidio con algoritmos, drones y sistemas de vigilancia masiva. La tecnología israelí no beneficia al desierto, sino que bombardea Gaza, vigila Cisjordania y segrega a una población entera. Esta es la “innovación” que la UC pretende presentar como ejemplo a sus estudiantes. Se trata de la misma lógica de Chicago, pero en versión actualizada: si antes se enseñaba a desregular la economía para explotar a los trabajadores chilenos y destruir la naturaleza, ahora se busca aprender a desregular la ética para explotar territorios enteros.

Desde una perspectiva teórica, la universidad es un aparato ideológico de Estado fundamental. La UC, al presentarse como un actor “técnico” y “neutral”, naturaliza lo que es profundamente político: la dominación imperial. Al calificar a Tel Aviv como una “capital de la innovación” sin mencionar el genocidio, la hambruna inducida y el ecocidio que allí se perpetran, la institución dicta una cátedra de normalización del crimen. Comunica a empresarios, académicos y profesionales que el desarrollo se mide por la capacidad de acumular poder tecnológico, sin importar cuánta sangre haya detrás del código binario.

Esta práctica no es diferente a la de los años 70, cuando se enseñaba que el desarrollo se medía por el PIB, sin importar cuántas fábricas cerraban o cuántas personas engrosaban las filas de la pobreza. La lógica permanece: el capital no tiene patria, pero sí tiene cómplices. La UC ha sido, es y parece querer continuar siendo la cómplice intelectual.

La UC se presenta a sí misma como una institución de inspiración cristiana. Sin embargo, el Papa ha recordado recientemente que “Palestina sufre en condiciones inaceptables”. ¿Dónde queda el Evangelio cuando se brinda una pasarela académica a un Estado que practica el apartheid? El cristianismo de la clase dominante es un mero barniz. Cuando el interés del capital imperial llama, los valores se doblegan, exactamente como ocurrió cuando firmaron convenios con la dictadura para “modernizar” el país a sangre y fuego.

La invitación a manifestarse el 11 de agosto en la charla informativa es un primer paso, pero debe ser el inicio de un debate mucho más profundo. No se trata solo de cambiar el destino de una gira académica, sino de descolonizar el conocimiento. Se trata de cuestionarse: ¿qué universidad queremos? ¿Una que forme gerentes del capitalismo depredador o una que cría pensadores críticos capaces de construir alternativas?

Chile ya fue una vez el laboratorio del neoliberalismo. No puede permitirse que vuelva a serlo, ahora bajo la bandera de la “innovación tecnológica” y el “emprendimiento”. Si la UC insiste en ser una sucursal, que al menos sea consecuente y reconozca que está sucursalizando no solo economía, sino también ética. Frente a esto, la comunidad debe alzar la voz, no como un gesto simbólico, sino como una obligación material de detener a quienes, desde las aulas, legitiman el genocidio y la explotación global.

La historia juzgará a esta generación de académicos. Que no se diga que no se supo ver el horror cuando lo vendían como “innovación”.

Con Información de elsiglo.cl

gerente

Redacción.

Deja tu comentario