La pregunta de Sarita fue directa: “¿Pero estos son los únicos discos que tienen? ¿No hay nada más moderno?”.
Era verdad. Había rancheras de Miguel Aceves Mejías, Antonio Aguilar y cumbias. Muchas cumbias. Por eso, ante la pregunta de Sarita, quedé mudo y me sentí el más bruto de los huasos de Doñihue. La situación comenzó a cambiar cuando, sin pedírselo, ella ofreció ir a buscar a la casa de su abuelo el “San Francisco”, de Scott Mackenzie, un verdadero éxito que solo podíamos escuchar en radios de Santiago y que cambiaría radicalmente al DJ en que me había convertido ese verano de Carnaval.
Era música en inglés y, además, ocupaba el primer lugar en los rankings que semanalmente leíamos en la revista Ritmo. Parece que esa fue la primera vez que por los parlantes del quiosco de la plaza se escuchaba una canción cantada en inglés; por lo mismo, el interés y la atención de la juventud de aquellos años de la década de los 60 crecieron.
Sarita, entre tanto, no sé si por complicidad, se dispuso a ayudarme en la tarea de escoger canciones, animar a la gente y convertirse quizás en la pieza fundamental en las cálidas noches de carnaval, animando a quienes no se atrevían, sonriendo cada vez que era consultada por alguna canción y atendiendo en la medida de lo posible los requerimientos de la muchachada en fiesta.
¿Fue todo? No. Porque me conocía y porque lo habíamos conversado, fui hasta la casa de su abuelo y le pedí permiso para salir al día siguiente durante el día a un panorama que solo un muchacho pobre podía ofrecer: escalar el cerro que quedaba cerca, pasar por la mina de “sapolio”, comer maqui y moras, llegar a la cumbre.
Creía, en vano, que mi destreza para escalar y la experiencia en hacerlo con frecuencia eran demasiadas ventajas, pero me equivoqué. Rotundamente. Ágil como pocas, no le fue difícil contornar rocas, buscar huellas escondidas por la maleza y llegar al fin de la subida como si recién hubiera comenzado la travesía.
Y no nos quedamos solo en esa nuestra primera victoria. De vuelta al pueblo y luego de almorzar, nuestros pasos se dirigieron al arroyo que corría cerca del río Cachapoal, inventamos más panoramas inocentes, fuimos a bailar un fin de semana, nos hicimos amigos.
¿Nos hicimos amigos o escondimos algo más? Nunca lo sabremos hasta que… corría el año 1973. De un lado nosotros, los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile defendiendo el gobierno de Allende. Del otro lado de la vereda, los jóvenes universitarios de oposición dispuestos a hacer valer sus argumentos, pacífica o violentamente.
Fue ahí que la vi. Al otro lado de mis convicciones políticas. Nos miramos, sé que nos reconocimos. Pero no podíamos acercarnos. Nos separaban ideales distintos, pero aun así un sentimiento de pena por el “no encuentro”, creo, nos volvió a unir, aunque ya no era como antes.
Y ayer la volví a ver. En la televisión. Y me alegré por ella. Porque sabía que la atleta que subía cerros en Doñihue, a pesar de una vida vivida, continúa la misma, aceptando desafíos y mostrando, como lo hace en estos días, que la edad no es impedimento para triunfar y que para ello solo se requiere mentalidad positiva y ganas de superarlos.
¡¡¡Felicidades campeona!!!
Con Información de desenfoque.cl
