En mayo de 1933, la “Unión de estudiantes alemanes”, organismo universitario del partido nacional-socialista o nazi, inició la quema pública de libros considerados ajenos al “espíritu alemán”. Entre los autores cuyos trabajos fueron condenados al fuego se encontraban Thomas Mann, Bertold Brecht, Heinrich Heine y Sigmund Freud. Al conocer estos hechos desde su exilio en Londres, Freud comentó: “Cuanto progresamos, en la edad media me hubieran quemado a mí. Ahora queman mis libros”. Esta reflexión adquiere mayor crudeza al considerar que cuatro de sus hermanas mayores murieron incineradas en un campo de concentración cinco años después.
Heinrich Heine escribió en el siglo XIX: “Quién quema libros, tarde o temprano, termina por quemar personas”. La precisión profética del poeta resulta desgarradora. Este sentimiento se intensifica al reconocer que en Chile han ocurrido hechos similares. La quema sistemática de libros y la persecución de las bibliotecas públicas, en particular de la Biblioteca Nacional y de las bibliotecas de la Universidad de Chile, formaron parte de la estructura de la dictadura cívico-militar. No fueron actos aislados, sino prácticas sistemáticas. El 24 de enero de 1987, en la aduana de Valparaíso, fueron quemados 14 mil ejemplares del libro “La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile” de Gabriel García Márquez, en una época en la que supuestamente la fase más represiva de la dictadura había quedado atrás.
El 2 y 3 de julio de 1986 fue convocado un paro nacional contra la dictadura de Pinochet. En la mañana del 2 de julio, una patrulla militar encabezada por el teniente Pedro Fernández Dittus detuvo, golpeó, roció con bencina e incendió a Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana. Posteriormente, fueron arrojados en un sitio eriazo a las afueras de Santiago. Este acto de violencia extrema provocó consternación en amplios sectores de la sociedad chilena. Representó no solo un ensañamiento contra dos jóvenes, sino una manifestación amenazante de lo siniestro que se propagó por toda la sociedad.
Durante el segundo semestre de 1986, el filósofo Pablo Oyarzun dictaba un seminario sobre la obra de Jonathan Swift en el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica. En una de las sesiones, un alumno relató que en la calle donde habían sido quemados Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana se había escrito: “Aquí se venden chicharrones”. El alumno reflexionó sobre los límites de la ironía y la parodia. El aula guardó un largo silencio.
Si el lenguaje no es meramente un instrumento del poder sino el poder mismo, entonces existiría una continuidad profunda entre la destrucción de los cuerpos de Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana y el infame grafiti. La dictadura se revela plenamente en esta conexión. El “temor” se despliega como una experiencia posible, interiorizada en los seres humanos a través del lenguaje.
Como escribió un poeta: “Perdonen que los haya molestado/ con estos recuerdos tan amargos/yo sé que están en otra”.
Con Información de elsiglo.cl
