Esa mañana Santiago amaneció con presencia de nubes. Como era habitual, los niños se dirigían al colegio en las primeras horas del día, mientras que yo asistía por las tardes. A partir de ese martes y durante el resto del año no habría más clases. Mi padre había salido junto con mis hermanas mayores hacia el liceo, y a las 8 se encontraba en su oficina ubicada en el centro.
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