En marzo de 1973, durante las elecciones parlamentarias nacionales, el Partido Comunista de Chile obtuvo el 16 por ciento de la votación nacional.
En esos comicios, la Unidad Popular alcanzó aproximadamente el 45 por ciento de la votación nacional, acercándose al 50 por ciento.
El Partido Comunista había logrado esa votación solo en otra ocasión anterior en su historia, antes de que se le impusiera una ley destinada a destruirlo, aniquilarlo y borrarlo de Chile.
La Unidad Popular, fuerza principal del gobierno del Presidente Salvador Allende, considerado el más democrático que ha tenido Chile, obtuvo esa votación cuando muchos anticipaban un colapso electoral.
Ese resultado aceleró el despliegue de mecanismos terroristas, atentados, sabotajes, acciones financieras y medidas antidemocráticas destinadas a desestabilizar el gobierno de Allende y provocar su caída.
El gobierno de los Estados Unidos encabezó este proceso en todos los ámbitos, contando con cómplices activos en Chile. Fuerzas oligárquicas animadas por el odio y el afán de venganza, así como fuerzas políticas de diversas orientaciones ideológicas, participaron en estos esfuerzos.
Este antecedente es crucial para entender la forma del golpe terrorista, sus consecuencias posteriores, y las causas tácticas y estratégicas que lo sustentaron.
El imperialismo norteamericano y sus aliados nacionales intensificaron sus acciones tras las elecciones de marzo de 1973 porque, conforme a sus intereses antinacionales, concluyeron que la Unidad Popular y el liderazgo de Salvador Allende permanecían intactos incluso ante una potencial derrota electoral, manteniendo una considerable presencia en los movimientos sociales, la justicia social y la proyección internacional de Chile, con un inmenso apoyo y prestigio ético y político.
Por lo tanto, es falso pretender imponer una versión histórica que sugiera que en Chile todos fuimos parcialmente responsables de lo que desencadenó el golpe.
En Chile, el imperialismo y las fuerzas reaccionarias y antidemocráticas ejecutaron el golpe para borrar y castigar décadas de luchas populares, arte trasgresor, reformas al Estado, y una política internacional de solidaridad con los pueblos que buscaban su emancipación e independencia. El golpe fue perpetrado para sancionar a quienes postulaban el socialismo para Chile.
Esta postura persiste sin tregua hasta hoy.
No es casual la actual posición del gobierno norteamericano ni la de sus históricos aliados locales.
Sin embargo, en medio de la creciente ofensiva reaccionaria que atraviesa Chile, con expresiones en el gobierno, el parlamento y los municipios, resurge desde el pueblo una tendencia que no ignora ni reniega de la historia, que valora el proyecto popular y a Salvador Allende, y que rechaza el golpe y sus consecuencias que persisten hasta hoy.
Estos constituyen las bases para retomar un camino que, en la dialéctica histórica, recrea desde los principios la ética y la necesidad urgente de una propuesta alternativa al capitalismo salvaje y al neoliberalismo, para que Chile construya su futuro con igualdad, justicia social, democracia y perspectiva socialista.
Desde las organizaciones sociales, juntas de vecinos, movimientos estudiantiles, femeninos y de género, pobladores urbanos y rurales, pueblos originarios, expresiones territoriales diversas, desde el mundo del arte, la cultura, las religiones y el conocimiento, y desde el mundo del trabajo, continuaremos construyendo nuestras históricas aspiraciones.
Con Información de elsiglo.cl




