Domingo, 11 de Octubre de 2026
Nacional

Opinión: Bachelet, del escritorio al territorio y del consumo a la comunidad

En un artículo anterior publicado en desenfoque.cl sostuve que el error de Bachelet en 2025, al no perseverar en su candidatura presidencial, no fue el temor, sino la velocidad. Su línea roja existía, su diagnóstico era correcto y su información estaba disponible. Lo que falló fue el tempo: el mecanismo de revisión operaba a la velocidad de las encuestas mientras el escenario se movía a la velocidad del rage bait. Kast remontó en meses lo que los modelos pre-algorítmicos esperaban que se moviera en años. Cuando la tendencia fue evidente, la renuncia llevaba meses confirmada y revertirla resultaba costoso y tardío.

Ese diagnóstico no se repite aquí. Se da por establecido. Lo que sigue es la pregunta que ese diagnóstico deja abierta: si Bachelet decide competir en 2029, ¿qué tendría que hacer distinto para no repetir la falla?

La respuesta no está en corregir el mecanismo de monitoreo —eso es lo obvio y lo secundario—. Está en algo más profundo: la centroizquierda chilena, como el progresismo latinoamericano en general, tiene un problema que ninguna línea roja puede resolver. Perdió la capacidad de nombrarse, de tejer comunidad y de crear símbolos. Y ese problema no se arregla con mejor gestión ni con encuestas más frecuentes.

II. La raíz: bienestar reducido a consumo y una centroizquierda que no sabe nombrarse

El drama de los gobiernos progresistas —incluidos los dos de Bachelet— fue reducir el bienestar al consumo. Sacaron a millones de la pobreza aumentando su capacidad de compra, pero no los formaron como ciudadanos conectados. Les dieron bienes materiales, pero no fortalecieron sus vínculos humanos y comunitarios. Los Diálogos Ciudadanos fueron un intento de apapacho institucional: el Estado ofreciendo un canal formal para que el cuerpo social se expresara. Pero apapachar sin resonar es un gesto que se emite al vacío. La resonancia —el eco que vuelve, la prueba de que el vínculo no se perdió— requiere lectura corporal recíproca. Bachelet sabía apapachar. Lo que su mecanismo de 2025 no supo hacer fue leer el cuerpo social en tiempo real.

Cuando la economía cayó y el dinero ya no alcanzó, no quedó nada debajo: ni redes de apoyo mutuo, ni identidad colectiva, ni sentido de pertenencia. Solo quedó un cuerpo agotado, solo y a la defensiva, en permanente modo de supervivencia. Sin una comunidad que lo proteja ni instituciones que lo escuchen de verdad, este ciudadano desamparado terminó votando por la promesa de orden. Kast no creó ese vacío: lo habitó.

Esta dinámica no es exclusiva de la izquierda. El neoliberalismo, en su versión más ortodoxa —impuesta en Chile antes que en casi cualquier otro país— también convirtió al ciudadano en consumidor aislado, en unidad de competencia, desmantelando sindicatos, comunidades y asociaciones vecinales. La diferencia es que la izquierda lo hizo con transferencias monetarias y la derecha con ajuste fiscal, pero el resultado fue el mismo: un sujeto sin tejido, sin arraigo, sin capacidad de resistencia colectiva.

El punto de encaje de la centroizquierda

Don Juan Matus enseñaba que la percepción no es pasiva. Que hay un punto de encaje —un lugar exacto donde ciertos filamentos de energía, y no otros, se convierten en la realidad que efectivamente experimentamos—. Cuando ese punto está fijo, solo ciertos filamentos pueden ensamblarse.

La centroizquierda chilena tiene su punto de encaje fijo en un lugar donde solo caben filamentos de «gestión», «política pública», «superioridad técnica». No caben los sueños, no caben los propósitos, no caben las radicalidades. Y desde esa posición, la realidad que se percibe es siempre la misma: la derecha es peor, nosotros gestionamos mejor, pero la gente no nos cree.

Carolina Tohá lo dijo con una precisión que merece ser subrayada: «Creo que el progresismo sigue siendo infinitamente superior a la derecha en materia de política pública, creo que gestiona mejor el Estado, a pesar de todos los pesares». Y sin embargo, agregó, «su problema es más bien de conexión con lo que es el ethos de este mundo en que estamos hoy día, lo que es la sensibilidad social de las personas hoy». Esa frase describe con exactitud lo que ocurre cuando un cuerpo político gestiona bien pero la ciudadanía ya no evalúa la eficiencia técnica. Experimenta un rechazo profundo hacia la honestidad y credibilidad de las autoridades. Y ese rechazo no se combate con más gestión, porque la gestión no es el problema. El problema es la desconexión.

Las tres partes de la centroizquierda

Franz Ruppert describe tres partes que conviven en la psiquis de toda persona que atravesó una herida temprana. Y esas tres partes también pueden leerse en un cuerpo político.

La Parte Sana de la centroizquierda conserva la curiosidad, la vitalidad, la capacidad de conectar con la realidad. Es la parte que sueña, la que propone, la que se conmueve. Tohá dijo que no tiene incomodidad con hablar de sueños. Que el problema no está ahí. Que el problema es que «algunos se enamoraron de algunas recetas para llegar a esos propósitos».

La Parte Traumatizada carga el dolor original: la derrota, la dictadura, el exilio, la traición. Es la parte que aprendió que soñar era peligroso, que proponer era arriesgado, que la única forma de sobrevivir era gestionar. Es la parte que, como dice Tohá, «se enamoró de las recetas» —porque las recetas eran más seguras que los sueños—.

Las Estrategias de Supervivencia aprendieron a proteger a la Parte Sana del contacto con la Parte Traumatizada. Son las que producen el lenguaje desprofilador, la posición perdedora, la incapacidad de nombrar lo que se quiere. Son las que Tohá quiere sacar: «este lenguaje nos pone en una mala posición… yo la sacaría».

Lo que Tohá propone, sin saberlo, es un trabajo de integración. Reconocer que la centroizquierda tiene una Parte Sana que sueña, una Parte Traumatizada que teme, y unas Estrategias de Supervivencia que la mantienen en una posición desprofiladora. El trabajo no es elegir entre ellas, sino integrarlas.

Pero hay un obstáculo neurobiológico que Tohá no nombra. El trauma relacional temprano, fruto de la falta de apego seguro con las figuras parentales, se almacena en la memoria procedural implícita, ubicada en los ganglios basales y el cerebelo. Estas estructuras controlan las acciones automáticas por debajo del umbral de la conciencia. Ante estímulos reminiscentes del dolor original, la amígdala cerebral se hiperactiva mientras cae el flujo sanguíneo en el área de Broca y se reduce la actividad del córtex prefrontal. Por esta razón, la persona no puede reflexionar ni nombrar lo que vive, reaccionando desde respuestas automáticas de lucha, huida, congelamiento o complacencia.

Esto significa que la centroizquierda no solo tiene un problema de lenguaje. Tiene un problema de sistema nervioso. Su punto de encaje no está fijo por una decisión racional, sino por una memoria procedural que se activa automáticamente ante cualquier estímulo que evoque la herida original. Y ninguna cantidad de gestión, ningún programa, ninguna receta, puede modificar una memoria procedural. Solo la co-regulación —la presencia de otro sistema nervioso que ayude a regularse— puede hacerlo.

La rana sin veneno y el escorpión

La parábola de la rana y el escorpión es conocida: la rana acepta cruzar al escorpión, le cree la promesa, y a mitad del río siente el aguijón clavado en el lomo. «¿Por qué?», pregunta la rana moribunda. «Es mi naturaleza», responde el escorpión, y se hunde con ella.

El progresismo chileno —rana ingenua— ha cruzado muchos ríos cargando escorpiones que prometieron no picar. Pero el problema no es únicamente la naturaleza del escorpión, sino la creencia de la rana. ¿Por qué acepta cargarlo una y otra vez? Porque ha incorporado, en lo más hondo de su ser, la idea de que su función es transportar a otros hacia destinos que nunca serán los suyos.

Tohá lo intuyó cuando habló de la socialdemocracia: «No es que fracasó, es una cuestión fantástica la socialdemocracia, estuvo regio, lo mejor que hemos hecho, la humanidad». Y sin embargo, agregó, «no alcanza». Esa frase es la descripción exacta de la rana que reconoce que su veneno ya no es suficiente para cruzar el río, pero que no sabe cómo recuperarlo. La pérdida del veneno no fue un accidente ni una simple renuncia táctica: fue el producto inevitable de una violencia simbólica perfectamente administrada. Cuando los partidos que nacieron para representar a los desposeídos abandonan el lenguaje de los desposeídos, no están simplemente «moderándose»: están legitimando la idea de que el lenguaje de los dueños es el único que merece ser hablado en público.

El resentimiento que nadie nombró

Hay algo más profundo que la velocidad, y que conviene traer a la superficie para entender por qué el mecanismo de Bachelet no solo llegó tarde, sino que llegó a un cuerpo social que ya no podía escucharlo. Max Scheler, en El resentimiento en la construcción de las morales (1912), distingue el resentimiento de la envidia con una precisión que importa. La envidia quiere el objeto del otro —y se resuelve cuando se consigue ese objeto, o cuando se abandona el deseo de tenerlo—. El resentimiento quiere otra cosa, mucho más difícil de saciar: la aniquilación del valor del otro. No basta con que el resentido consiga lo que el otro tiene; necesita que lo que el otro es deje de valer.

El mecanismo que Scheler nombra —la «inversión metafísica de los valores»— describe con exactitud lo que le ocurrió a la centroizquierda chilena en su relación con el electorado que la abandonó. Durante años, la centroizquierda encarnó un proyecto que prometía reconocimiento: educación, salud, vivienda, dignidad. Y una parte significativa de ese electorado hizo lo que el sistema le pidió —estudió, trabajó, se endeudó— y no obtuvo el reconocimiento prometido. Ese duelo no elaborado se convirtió en resentimiento: si yo no pude, que el otro tampoco pueda. Y la centroizquierda, que había sido el vehículo de esa promesa, pasó de ser el objeto del deseo a ser el objeto del resentimiento.

La ultraderecha no creó ese resentimiento. Lo canalizó. Le dio un nombre, un enemigo, una gramática. Y el electorado resentido —que no es irracional, sino coherente con su propia historia de humillación— reconoció esa gramática como propia. Scheler ya lo había advertido en 1912, y la historia del siglo XX lo confirmó una y otra vez: el resentimiento es la materia prima más eficiente para los proyectos autoritarios. No requiere convencer, no requiere argumentar, no requiere construir mayoría racional. Solo requiere ofrecer un enemigo claro, una identidad compartida por oposición, y la promesa de que el orden restablecido devolverá el lugar que cada uno cree merecer. Ofrece la dignidad sin el riesgo de intentarlo.

George Bernard Shaw completa el cuadro desde otro ángulo: «El odio es la venganza del cobarde por ser intimidado». El que odia no es fuerte, es cobarde. No se atreve a mirar su propia intimidación, su propia envidia, su propia parálisis. Y por eso el odio nunca sacia: porque no ataca la causa —el miedo propio— sino el síntoma —la presencia del otro—. La centroizquierda, que sigue hablándole a la razón de un electorado cuyo cuerpo está en modo supervivencia, no ha entendido que el voto que la abandonó no fue un juicio técnico sobre su gestión, sino una respuesta emocional a una herida que ella misma contribuyó a abrir y que nunca supo nombrar. La ultraderecha no le habló al oído: le habló al vientre. Y el vientre, cuando está en modo supervivencia, no delibera: reacciona.

El disgusto como emoción central

Los datos del informe Relato Digital revelan un viraje psico-social decisivo en la conversación pública chilena: el miedo, que dominaba la escena con un 45%, se ha desplomado al 1,8%, dando paso al disgusto como la emoción central con un 44,1%. Desde la lectura relacional, el disgusto es una reacción visceral de rechazo hacia aquello que se percibe como tóxico o descompuesto. Cuando el cuerpo social ya no puede seguir replegado, el miedo contenido no muta en pensamiento crítico organizado, sino en aversión directa.

Tohá lo dijo a su manera: «Nuestro problema es que nos enamoramos o algunos se enamoraron de algunas recetas para llegar a esos propósitos». Esa frase reconoce que el disgusto ciudadano no se dirige a las políticas públicas, sino a la desconexión entre el lenguaje político y la sensibilidad social. La centroizquierda sigue ofreciendo recetas cuando la ciudadanía ya no busca recetas, sino presencia.

La pregunta que una nueva candidatura de Bachelet debe responder no es «¿cómo mantenemos el liberalismo?» ni «¿cómo volvemos al neoliberalismo?», sino: ¿cómo reconstruimos el tejido social que ambos paradigmas destruyeron, y cómo nombramos lo que sentimos sin caer en el lenguaje desprofilador que nos condena? La respuesta no está en el escritorio. Está en el territorio. Y empieza por el cuerpo.

III. La batalla de los símbolos: de pedir permiso a crear mundo

Hay una dimensión que ninguna política pública, ningún programa de transferencias, ninguna reforma educativa puede sustituir: la capacidad de crear símbolos que la gente pueda habitar como propios. Y aquí el progresismo chileno —como el brasileño— tiene una deuda pendiente que conviene nombrar sin ambigüedades.

Usar símbolos ajenos vs. crear símbolos propios

Lula intentó recuperar símbolos en su campaña de 2026. Se puso una camiseta con la inscripción «Las Malvinas son argentinas» en el cierre de campaña, buscando conectar con un imaginario soberanista y antiimperialista que alguna vez fue territorio natural de la izquierda. Explicó a pastores evangélicos que el rojo del PT es una alusión al «sangre de Cristo» y que su barba es una referencia a Jesús. Erigió una estatuilla de Nossa Senhora de Nazaré en un acto en Belém. Son gestos de una campaña que entiende, al menos en parte, que los símbolos importan.

Pero hay una diferencia crucial entre usar símbolos ajenos y crear símbolos propios. Las Brigadas Ramona Parra no se limitaban a tomar prestada la bandera chilena para teñirla de rojo: pintaban un mundo que estaba naciendo, con una paloma, una espiga, un engranaje. Sus símbolos no decían «también nosotros somos Chile». Decían «estamos construyendo otro Chile». No pedían permiso para habitar un país ya hecho: inventaban el país que querían habitar.

Lula, en cambio, parece estar pidiendo permiso para habitar símbolos que otros ya reclamaron. La camiseta de la selección brasileña fue convertida por el bolsonarismo en uniforme de movimiento político, y parte del campo progresista la trató como territorio minado. La respuesta no fue crear un símbolo nuevo, sino disputar el existente. Y esa disputa se juega en el terreno del otro, con las reglas del otro.

La centroizquierda chilena corre el mismo riesgo. Cuando Bachelet invoca la Unidad Popular, la memoria de Allende o la resistencia a la dictadura, ¿está creando símbolos nuevos o está pidiendo permiso para habitar símbolos que otros ya reclamaron? ¿Está pintando un mundo que nace o está administrando un museo? La pregunta no es retórica. Es la diferencia entre una candidatura que ofrece un país por construir y una que ofrece la nostalgia de un país que ya fue.

Símbolos que apapachan

Apapachar, en el sentido profundo que vengo sosteniendo, no es solo dar consuelo. Es crear símbolos que ofrezcan un mundo, que abracen, que sostengan. No se trata de gestos de campaña. Se trata de una infraestructura de co-regulación colectiva —espacios donde los cuerpos puedan salir del modo supervivencia, no solo terapias individuales de consultorio—. El gobierno de Lula ha tenido logros innegables: la economía creció más que la de Estados Unidos y la Unión Europea, y la pobreza se redujo. Pero ese crecimiento no llegó al cuerpo del elector pobre. El 27% de la expansión lo sacó el agronegocio; la industria creció un 8% y los servicios un 6%. En tres años, Lula transfirió cerca de 3 billones de reales a los tenedores de deuda pública, y a la industria seis veces menos. «Es una política neoliberal de izquierda», resume el profesor Carlos Eduardo Martins.

Apapachar no es solo dar. Es tocar donde duele. Y el progresismo chileno, como el brasileño, sigue tocando donde el argumento duele, no donde la herida sangra. Los símbolos que apapachan no son los que explican mejor la realidad, sino los que ofrecen un lugar donde el cuerpo agotado pueda descansar. No son los que ganan el debate, sino los que ganan el vientre. La Brigada Ramona Parra lo entendió: sus murales no argumentaban, ofrecían un mundo. Y ese mundo, ofrecido en la pared de un barrio popular, era más elocuente que cualquier discurso.

Resonar: el símbolo que vuelve transformado

Resonar es el segundo movimiento que falta. Los símbolos de Lula —la camiseta de Malvinas, la estatuilla de Nossa Senhora, la explicación del rojo como sangre de Cristo— no están resonando: están siendo leídos como gestos tácticos de campaña. Resonar significa que el símbolo vuelve transformado por la gente, que se convierte en bandera, en cántico, en gesto cotidiano propio. El MST lo logró con su gorro rojo, convertido en símbolo de resistencia durante el gobierno de Bolsonaro. El PT no ha logrado nada equivalente.

La centroizquierda chilena tuvo sus símbolos resonantes: la peña, la guitarra, la consigna cantada, el pañuelo, la marcha. Pero esos símbolos pertenecen a un ciclo que ya cerró. La pregunta para 2029 es qué símbolos nuevos pueden resonar en un cuerpo social que no vivió la dictadura, que no reconoce la Unidad Popular como propia, que se formó en el mall y en la pantalla. No basta con invocar los símbolos del pasado. Hay que crear los del futuro. Y crear un símbolo no es diseñarlo en un escritorio: es ofrecerlo al cuerpo social para que lo devuelva transformado. Si no vuelve, no resonó. Si vuelve, es porque tocó fondo.

Verificar: leer si el símbolo tejió o solo sonó

Verificar es el tercer movimiento, y quizás el más urgente. La campaña de Lula parece haber asumido que su base tradicional votaría sin necesidad de verificación. El voto castigo desde los sectores de menores ingresos demuestra lo contrario. Verificar significa leer honestamente si el símbolo tejió o si solo sonó. La abstención del 21% fue la señal más clara: el elector pobre no fue a votar por Lula porque el símbolo no llegó a su cuerpo. Y nadie lo verificó a tiempo.

En Chile, la línea roja de Bachelet era un intento de verificación, pero estaba diseñada como representación estática —una cifra a monitorear pasivamente— en vez de como lectura corporal del cuerpo social en tiempo real. Verificar no es contar votos ni leer encuestas. Es leer cuerpos: tensión muscular, evitación del contacto visual, respiración contenida, abstención silenciosa. La verificación encarnada es la única que llega antes de que el resultado sea irreversible.

Disputar el reconocimiento en el cuerpo, no solo en las ideas

La conclusión de la experiencia brasileña es clara: no basta con tener razón. No basta con mejores discursos ni con campañas más sofisticadas. La disputa por el reconocimiento se libra en el cuerpo, no solo en las ideas. Hay que hablarle a la Parte Sana, no solo a las Estrategias de Supervivencia. Hay que crear infraestructuras de co-regulación colectiva —no solo políticas de transferencia de ingresos—. Hay que ofrecer reintegración, no solo denuncia. Hay que recuperar el sonrojo como brújula.

La sombra de Mannheim y el riesgo de la burocratización

Hay una advertencia de Karl Mannheim que el progresismo chileno haría bien en escuchar. Cuando una utopía triunfa y toma el poder, tiende a burocratizarse, a volverse conservadora, y termina funcionando como la nueva ideología —aplastando—.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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