Sábado, 11 de Julio de 2026
Nacional

Los mecanismos del deterioro ético: análisis del analfabetismo moral contemporáneo

El columnista David Brooks del New York Times observó en enero que “el arco de la tiranía se inclina hacia la degradación”, basándose en historiadores de Roma. Aunque describe un síntoma importante, su análisis no llega al mecanismo más profundo de la enfermedad política actual.

Brooks acertadamente señala que el declive mental de Donald Trump impulsa una serie de colapsos internacionales, domésticos y democráticos, y recurre a Tácito y Gibbon para conectar la decadencia moral privada con el desorden público. Sin embargo, su análisis se mantiene en el terreno de la psicología política e historia comparada.

Para entender la naturaleza epidémica de este fenómeno y su propagación en amplios sectores de la sociedad, es necesario reconocer que lo que ocurre no es solo la degradación individual, sino la encarnación de un analfabetismo moral sistemático: una guerra contra la vergüenza civilizatoria que convierte la hybris descarada en proyecto político.

La guerra contra Irán —108 días de bombardeos, más de dos mil muertos, la mayor crisis energética desde los años setenta, el primer hundimiento por torpedo de un buque enemigo desde la Segunda Guerra Mundial— demuestra de manera brutal y documentada esta tesis.

Brooks describe a un Trump intoxicado por el poder que pierde moderación, amplifica su egocentrismo y se rodea de aduladores serviles, proceso que Tácito ya documentó. La adulación debe intensificarse permanentemente hasta anular la dignidad de cada seguidor. Esta anulación no es un efecto secundario, sino el objetivo de una máquina de fracturación ética.

Durante la guerra con Irán, Pete Hegseth, sin experiencia ejecutiva real, dirigió el Pentágono con un estilo que veteranos describieron como “Conan el Bárbaro”. El exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, renunció afirmando que “a una buena parte de los principales responsables de la toma de decisiones no se les permitió expresar su opinión al presidente” y que la capacidad de inteligencia para ofrecer verificación de cordura fue “en gran medida sofocada”. La Directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard fue acusada de alterar su testimonio ante el Senado, supuestamente omitiendo detalles que contradecían las afirmaciones de Trump sobre la amenaza iraní.

El círculo adulador silencia la disidencia haciéndola estructuralmente imposible. Cuando el sistema nervioso institucional es anestesiado de esta manera, los errores no se corrigen sino que se amplifican. El derribo de tres cazas F-15 propios por fuego amigo fue el símbolo más elocuente de esa descoordinación.

Trump no busca persuadir con ideología, sino desconectar permanentemente la corteza prefrontal del juicio ético. El espectáculo atroz, la mentira perpetua y la sobresaturación informativa son herramientas neuropolíticas que mantienen a la base en estado crónico de lucha y huida, anestesiando los estados donde residen la empatía y la capacidad de sentir vergüenza.

Trump declaró en Truth Social que “Estados Unidos borró a Irán del mapa”, que “su liderazgo ha desaparecido, su Armada y su Fuerza Aérea están aniquiladas”, mientras misiles iraníes impactaban cerca de Dimona y mientras Irán lanzaba proyectiles de alcance intermedio contra Diego García, demostrando que su arsenal real superaba lo declarado oficialmente. La mentira y la realidad coexistían en tiempo real ante millones de seguidores que eligieron la mentira porque resultaba emocionalmente más satisfactoria.

Cuando la realidad se impuso con alzas de precios de gasolina, caídas bursátiles y advertencias del FMI sobre recesión global, Trump no corrigió el rumbo sino que escaló la retórica. Amenazó con destruir “toda una civilización”. Publicó una imagen de sí mismo como Cristo sanador rodeado de águilas, banderas y aviones de combate, retirada tras doce horas de circular. Su propia ex-aliada Marjorie Taylor Greene escribió: “Esto es más que una blasfemia. Este es el espíritu del Anticristo”.

La incapacidad para ruborizarse, lejos de ser un defecto personal, es la insignia de su poder desvergonzado. Al glorificar este analfabetismo, ofrece a sus seguidores una identificación vicaria con el perpetrador sin culpa. Es un pacto de inmunidad moral.

Esta dinámica explica por qué los ciudadanos pueden acabar perdiendo los hábitos de la democracia. No es un proceso pasivo sino resultado de una ingeniería social que promueve desconexión relacional patológica.

El Secretario del Tesoro Scott Bessent describió: “Irán es la cabeza de la serpiente del terrorismo global, y a través de la Operación Epic Fury del presidente Trump, estamos ganando esta lucha crítica a un ritmo incluso más rápido de lo anticipado.” Una frase que anestesia la empatía, deshumaniza al adversario y clausura toda posibilidad de juicio moral.

La Sociedad de la Media Luna Roja iraní reportó más de 18.000 civiles heridos y 204 niños asesinados. Un ataque sobre una escuela de niñas en Minab mató a más de 170 personas, en su mayoría alumnas. Más de 20 universidades resultaron dañadas. Dieciocho hospitales e instalaciones sanitarias fueron impactados. Estos datos no entraron en el discurso público dominante porque el sistema neuropolítico construido para gestionar la guerra los había vuelto literalmente improcesables.

El Secretario de Defensa resumió con la economía verbal del analfabeto moral: “Cuesta dinero matar a los malos.” Trump calificó 200.000 millones de dólares adicionales para el Pentágono como “un pequeño precio a pagar”. Mientras tanto, menos del 30% de la población estadounidense apoyaba la guerra.

Trump inició el conflicto con la promesa implícita de que sería rápido, quirúrgico y definitivo. Lo llamó “Epic Fury” y lo ejecutó sin estrategia de salida, sin consultar a los aliados del Golfo, sin evaluación de inteligencia que justificara la amenaza inminente. Eliminó al Líder Supremo iraní en su despacho junto a su familia y más de 40 altos cargos. Obtuvo exactamente lo contrario: la respuesta más monolítica posible, un sucesor dinástico más duro que el padre, y un movimiento que convierte cada baja en combustible para la resistencia.

La hybris en este caso recuerda a Marco Licinio Craso en Carras el año 53 a.C. Cruzar el Éufrates convencido de que el adversario es inferior, sin comprender el terreno, sin entender que Irán es heredero de una civilización que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles y otomanos. Despreciarlo fue el verdadero error.

El precio no lo pagó Trump. Lo pagaron los aliados del Golfo que sufrieron más de mil misiles y drones sobre instalaciones energéticas sin haber sido consultados. Lo pagaron los consumidores estadounidenses con gasolina a más de cuatro dólares el galón. Lo pagó el orden internacional. Lo pagaron 204 niños muertos en Irán cuyos nombres no aparecieron en ruedas de prensa del Pentágono.

El acuerdo final proclamado como “victoria total y completa” desde el G7 es la anatomía más exacta del analfabetismo moral en diplomacia: un documento de página y media, firmado electrónicamente, con dos versiones incompatibles, y con las cuestiones nucleares que justificaron la guerra aún abiertas para negociaciones futuras.

Sin embargo, la advertencia de Brooks sobre que la historia no registra tiranos que recuperen la cordura sino que aceleran su deterioro se vuelve urgente. Su fe en las instituciones puede ser insuficiente sin atender al sustrato cultural y somático de la crisis.

Los mecanismos de contención institucionales son el equivalente político del rubor: una reacción necesaria pero no suficiente. Las instituciones sin personas capaces de sentir vergüenza ante la mentira y el daño se convierten en cáscaras formales. Lo demostró el proceso de toma de decisiones que llevó a la Operación Epic Fury: el Consejo de Seguridad Nacional vaciado de su función de arbitraje, la inteligencia sofocada, los expertos silenciados, los aliados ignorados.

La verdadera resistencia debe ser somática, colectiva y alfabetizadora. No basta esperar a que las instituciones contengan al tirano. Hay que construir activamente una contra-hegemonía alfabetizadora: una pedagogía de sensibilidad moral reconstruida.

Esto implica recuperar la parresía —hablar verdad al poder— como ejerce Brooks. Pero implica también construir comunidades que fomenten espacios de conexión y cuidado donde la vergüenza actúe como brújula ética compasiva. El Papa León XIV lo intentó desde el Vaticano calificando de “inaceptable” la amenaza de destruir “toda una civilización” y advirtiendo que “los ataques a infraestructura civil van contra el derecho internacional”. Trump respondió llamándolo “débil”.

La trayectoria hacia el colapso descrita por Brooks es la manifestación superficial de una patología civilizatoria más profunda: la instalación programática del analfabetismo moral como norma.

El “momento en que todo explote” no será solo estallido de una crisis política sino posiblemente punto de ruptura de un sistema nervioso social sobrecargado y anestesiado por 108 días de guerra, por precios de gasolina, por imágenes de Cristo, por niños muertos en Minab, por peajes de Ormuz que existen y no existen según quién habla, por un acuerdo de página y media que resuelve lo irresoluble.

La hybris de Craso terminó en Carras. La de Nerón en suicidio. La de todos los déspotas terminó invariablemente en la dirección señalada por Tácito: no en redención sino en aceleración del deterioro hasta el colapso. La pregunta no es si este arco se cumplirá sino cuánto daño producirá antes de completarse y si habrá suficientes personas capaces de ruborizarse y actuar en consecuencia para limitar ese daño.

Frente a la hybris desvergonzada, la esperanza no reside en fe ingenua en el pasado ni en instituciones vaciadas. Reside en la capacidad biopolítica y pedagógica de re-aprender a sonrojarse. De reconectar como sociedad la corteza prefrontal del juicio ético y tejer desde los márgenes redes de solidaridad capaces de leer transgresiones y responder con la dignidad activa de quien cuida y contiene.

La tiranía, al final, no teme a los críticos. Teme a quienes aún pueden ruborizarse y actuar en consecuencia.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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