Martes, 22 de Septiembre de 2026
Nacional

Las semillas, una obra colectiva amenazada

Por Camila Montesinos, ingeniera agrónoma del Observatorio Agroambiental del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, 21/09/2026.

La especie humana moderna, según a quién se le pregunte, surgió hace entre 200.000 y 300.000 años. Durante más del 90% de ese tiempo, fuimos cazadores, pescadores y recolectores. También según a quién se le pregunte, la agricultura habría surgido posiblemente hace 12.000 a 14.000 años.

En un inicio, historiadores, antropólogos y arqueólogos contaron que el surgimiento ocurrió en lo que hoy se llama Medio Oriente y que desde allí la agricultura se expandió a medida que las migraciones humanas poblaron el planeta. Hoy se sabe que en realidad fue inventada de manera independiente en al menos doce regiones del mundo, de las cuales cuatro están en América Latina y solo una se sitúa en lo que actualmente se considera un país desarrollado.

Con la agricultura, la humanidad experimentó uno de sus cambios más profundos. Los grupos humanos que debían desplazarse permanentemente siguiendo el alimento y cuya supervivencia estaba siempre en peligro pudieron establecerse de forma permanente y asegurar comida para un número mayor de personas. La vida humana dejó de centrarse casi exclusivamente en la supervivencia y hubo tiempo y oportunidad para mejorar y desarrollar la creatividad, la imaginación, las herramientas y el conocimiento en general. Fue la agricultura la que hizo posible lo que hoy llamamos “civilización”. También hizo posible el surgimiento de las clases sociales y el patriarcado.

La agricultura fue inventada principalmente por mujeres, que eran las encargadas principales de los procesos de recolección. Posiblemente se inició cuidando espacios para que las plantas o frutos a recolectar crecieran mejor, pero su potencial floreció a medida que se descubrió el papel de las semillas y otras formas de reproducción, como las estacas, las patillas y los tubérculos.

Pero la agricultura no se desarrolló solo a base de descubrimientos, sino mediante procesos de observación, experimentación, invención y perfeccionamiento. Todos los cultivos que hoy existen son producto de esos procesos, que fueron extremadamente complejos y sofisticados. Las papas eran inicialmente pequeñas y tóxicas; el trabajo de miles de comunidades campesinas las seleccionó, multiplicó su material genético y las adaptó a diversas condiciones ambientales. El maíz era una espiga aparentemente insignificante; la selección y el mejoramiento que hicieron primero los pueblos de Mesoamérica y luego los pueblos andinos lo convirtieron en un cultivo de alta producción, con una sinfonía de colores, sabores, posibilidades de uso y formas de crecimiento. El arroz era una espiga frágil que se desgranaba con el viento, de baja producción y muy difícil de cosechar; comunidades campesinas de Asia lo convirtieron en la base de la alimentación de buena parte de la humanidad.

Podríamos llenar libros con las asombrosas historias de cada cultivo: desde el trigo y los porotos hasta las lechugas y el kale, las frutas, las nueces, la pimienta, la canela o el ají. Son miles de especies y variedades que hoy pueden alimentarnos. Todas tienen en común que son obra colectiva de los pueblos campesinos e indígenas del mundo. Nada de lo que hoy comemos o aprovechamos de la agricultura puede separarse de esa obra. Ni la más sofisticada o supuestamente avanzada creación vegetal de la ciencia moderna podría existir sin esa base creada por los pueblos del mundo a lo largo de la historia de la agricultura.

Pero la agricultura tiene continuidad a través de las semillas. El agua, la tierra y el aire, indispensables para el crecimiento, son bienes naturales. Las semillas de los cultivos son obra humana colectiva. Todo pueblo que ha hecho agricultura lo sabe; por lo tanto, también son un bien común, un patrimonio que debe ser cuidado, compartido y mejorado, ligado a las relaciones humanas de convivencia, cooperación y apoyo mutuo, e incluso forman parte de la espiritualidad, la sacralidad y la religiosidad.

¿Cómo se expresa esto de manera práctica? Sobre todo, en que las semillas se cuidan y se comparten. También se seleccionan y guardan año tras año y, si se es suficientemente sabio o sabia, se producen nuevas variedades adaptadas al gusto, al clima, al suelo, a la forma de cultivar o al mero sentido de la belleza. Porque las semillas se han compartido desde siempre, hoy la humanidad entera come arroz, maíz, papas, porotos, lechugas, cebollas y lo que usted nombre. Sin ese compartir, la alimentación de todas y todos sería más pobre y menos sabrosa; en América no conoceríamos ni el arroz, ni buena parte de nuestros aliños, ni el trigo que hace la marraqueta; los europeos no conocerían la papa, y la gastronomía italiana no podría haber incorporado los tomates. Todas esas maravillas existen gracias a que las semillas han circulado libremente por milenios.

Y, sin embargo, hoy la libre circulación de las semillas en manos de los pueblos está siendo convertida en delito. Las empresas semilleras, principalmente empresas transnacionales gigantes, buscan hacerse con el control exclusivo de las semillas porque con ello controlarían la agricultura y la alimentación. Para conseguirlo, presionan a los gobiernos del mundo entero para que impongan leyes y reglamentaciones que impidan que las comunidades campesinas e indígenas sigan compartiendo, cultivando y mejorando sus semillas, castigando incluso con cárcel a quienes se atrevan a seguir haciendo lo que se ha hecho por milenios. Sus herramientas de destrucción favoritas son las llamadas leyes de semillas y una convención internacional llamada UPOV, que se busca imponer a través de los tratados de libre comercio.

El Estado chileno ha tenido una historia de sumisión frente a estos procesos y por décadas hemos visto cómo los sistemas campesinos de semillas han ido siendo gradualmente restringidos y perseguidos. Actualmente, el gobierno busca dar un golpe más, convirtiendo el intercambio y la libre circulación de semillas en un delito castigable con multas impagables y creando condiciones para que las empresas tomen el control.

Como está ocurriendo en el mundo entero, lo que las empresas quieren no es lo que los pueblos quieren, y no veremos brazos cruzados esperando que lo peor ocurra. Hoy son cientos de comunidades y grupos en Chile y millones en el mundo los que resisten multiplicando las formas de compartir y circular las semillas, movilizándose contra la convención de UPOV y exigiendo a Naciones Unidas que haga realidad lo que declaró en 2018: “los Estados adoptarán medidas para respetar, proteger y hacer efectivo el derecho a las semillas de los campesinos y de otras personas que trabajan en las zonas rurales.”

El apoyo de los sectores sociales de la ciudad será crucial para que tengamos éxito; la alimentación y el bienestar de todas y todos está en juego.

Con Información de elsiglo.cl

gerente

Redacción.

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