Domingo, 9 de Agosto de 2026
Nacional

La reflexión crítica se enfrenta al rechazo social e institucional

Existe la percepción de que la derecha chilena, cuando tiene la capacidad de definir políticas educativas, tiende a favorecer disciplinas técnicas, matemáticas y ciencias aplicadas directamente relacionadas con el mercado laboral, mientras muestra desconfianza hacia las humanidades, ciencias sociales, historia y filosofía. Aunque se trata de un prejuicio que puede resultar injusto, las decisiones concretas han comenzado a proporcionarle sustento.

Las nuevas definiciones para las Becas Chile destinadas a doctorados en el extranjero ilustran esta situación. Las bases para 2026 establecen que el 70% de las becas se concentre en cuatro áreas prioritarias: Seguridad Pública y Ciberseguridad, Inteligencia Artificial, Cambio Climático y Tecnologías Cuánticas. Aunque nadie puede negar la importancia de estas áreas, surge la pregunta sobre el lugar que ocupa el resto del conocimiento: historia, filosofía, sociología, ciencia política, antropología y literatura. ¿Qué sucede con las investigaciones cuyo resultado no es una patente o un producto comercializable, sino una mejor comprensión de la sociedad?

Esta discusión no comenzó con las Becas Chile. Durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, con Joaquín Lavín Infante como ministro de Educación, hubo debate sobre la priorización de matemáticas y lenguaje y la reducción de horas en otras asignaturas. Posteriormente, en el segundo gobierno de Piñera, bajo la conducción de Marcela Cubillos, las nuevas Bases Curriculares de tercero y cuarto medio trasladaron historia, geografía y ciencias sociales del plan común obligatorio al sistema de electividad.

La historia no desapareció del currículo nacional, pero dejó de ser obligatoria para todos los estudiantes de esos niveles. Cuando una sociedad decide que todos deben aprender determinadas materias, afirma que ese conocimiento es fundamental para la formación integral. Cuando las transforma en electivas, sugiere que pueden ser prescindibles. Esto lleva a cuestionarse si se busca formar trabajadores o ciudadanos, aunque estas opciones no son incompatibles.

Chile requiere buenos técnicos, matemáticos, ingenieros, científicos y programadores. Sin embargo, también necesita ciudadanos capaces de comprender el mundo en el que trabajan. Un ingeniero debe entender la sociedad donde aplicará sus conocimientos. Un programador debe cuestionarse sobre las consecuencias de la tecnología que desarrolla. Un especialista en seguridad debe comprender las causas sociales de la violencia. Un científico debe enfrentar dilemas éticos. Un profesional debe conocer la historia de su país y comprender sus instituciones. Para ello existen las humanidades y las ciencias sociales.

El problema radica en que se ha comenzado a medir el valor del conocimiento por su rentabilidad inmediata. El Presidente José Antonio Kast, a principios de mayo de 2026 durante un encuentro del programa “Presidente Presente” en Puerto Montt, cuestionó el uso de recursos públicos en educación, afirmando que estos fondos a veces se destinan a investigaciones que resultan únicamente en “un libro precioso, empastado, en la biblioteca”, sin generar empleos.

Aunque su observación apuntaba a una preocupación legítima sobre herramientas que permitan a los jóvenes acceder a empleo, también revela una particular manera de entender y valorar el conocimiento. Un libro quizás no genera empleo inmediatamente, pero puede enseñar a comprender un contrato laboral, explicar el origen de los derechos, mostrar por qué existen desigualdades, cómo funciona el poder, qué significa la libertad, reconocer una mentira e incluso cuestionar a quien gobierna.

La historia no sirve solo para recordar fechas, sino para comprender que las sociedades cambian y que las desigualdades no son fenómenos naturales. La filosofía permite preguntarse qué se entiende por justicia, libertad, igualdad o democracia. La sociología explica por qué una sociedad es como es. La ciencia política enseña cómo se distribuye el poder. La literatura muestra aquello que las estadísticas no alcanzan a explicar: cómo viven, sienten y piensan las personas. Este conocimiento es precisamente el que más incomoda cuando se pretende que los ciudadanos sean solamente eficientes.

Chile conoció, durante la dictadura de Augusto Pinochet iniciada en 1973, el miedo que puede producir el pensamiento. Los primeros días del régimen incluyeron censura, allanamientos, persecución de publicaciones consideradas inconvenientes y destrucción de libros. Las imágenes de libros quemados simbolizaron la brutalidad de la dictadura. Un libro no es solamente papel, contiene ideas, y una idea puede ser tremendamente peligrosa para cualquier poder: puede hacer que una persona comience a hacerse preguntas, le muestre otra versión de la historia, le enseñe que lo que parecía natural fue construido, que el poder puede ser cuestionado e imagine que las cosas podrían ser diferentes.

Sería absurdo comparar la política actual de becas con la quema de libros de una dictadura, pues son fenómenos completamente distintos. Sin embargo, la historia enseña que una sociedad democrática necesita proteger y ampliar espacios donde las personas puedan pensar, cuestionar y discutir.

El problema no es que el Estado priorice determinadas áreas de investigación, sino que se construya una jerarquía donde lo que produce tecnología o crecimiento económico sea considerado conocimiento de primera categoría y aquello que ayuda a comprender al ser humano y la sociedad quede relegado. La inteligencia artificial necesita filosofía, la seguridad pública necesita sociología, el cambio climático necesita ciencias sociales y la economía necesita historia. No hay desarrollo sin sociedad, y ninguna sociedad puede comprenderse solamente con números.

Quizás el prejuicio sobre la derecha no sea inevitable. Para desmentirlo se necesitan decisiones que demuestren que las humanidades no son un lujo, que la investigación social no es un adorno y que la filosofía no es prescindible. Un país que deja de leer, investigar, estudiar su historia y preguntarse por la justicia y la libertad puede terminar formando trabajadores muy eficientes y ciudadanos muy vulnerables.

No es necesario elegir entre formar técnicos o personas que piensan. Se necesitan ambos. La técnica enseña a hacer, la ciencia enseña a descubrir, pero las humanidades enseñan algo que ningún algoritmo puede reemplazar: enseñan a preguntarse para qué. Quizás esa sea la pregunta que más se necesita hacer hoy.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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