❝Cuando la derecha pierde una elección, intenta destruir el país. Pero cuando gana… lo consigue.❞
La frase resulta incómoda. No porque sea falsa, sino porque nombra algo que la política prefiere no mirar de frente: que la destrucción no siempre llega con tanques en las calles. A veces se presenta mediante decretos firmados en silencio, recortes presupuestarios presentados como «ajustes técnicos» o programas sociales desmantelados bajo el argumento de la eficiencia. La destrucción que se logra desde el poder no requiere violencia explícita: necesita tiempo, paciencia y una población que haya aprendido a no sentir.
Chile vive, desde el 11 de marzo de 2026, el primer gobierno de extrema derecha desde el retorno a la democracia. José Antonio Kast juró el cargo en el Congreso de Valparaíso y, en sus primeras horas, firmó una batería de decretos: seguridad fronteriza, auditoría a los ministerios y aceleración de la reconstrucción. En su discurso habló de un «Gobierno de emergencia» para «recuperar la grandeza» del país. Añadió una frase que resume la gramática del poder que se instala: «Un país no puede gobernarse solo con ideas, tiene que gobernarse con carácter y el carácter es estar dispuesto a hacer lo que hay que hacer aunque sea incómodo, aunque sea impopular, aunque cueste».
Ese «carácter» es el que debe mirarse con atención. Porque lo que hace el gobierno de Kast no es solo gobernar. Está desmantelando. Y lo hace sin sonrojarse.
II. Las nueve sorderas institucionales transversales: el mapa del desmantelamiento
Más allá de las disputas entre coaliciones políticas, la sociedad chilena arrastra nueve sorderas institucionales transversales. Constituyen la manifestación concreta de un Estado que ha desatendido las necesidades biológicas, afectivas y materiales fundamentales de sus ciudadanos. El gobierno de Kast, lejos de cerrarlas, las profundiza.
1. La hora sagrada robada al recién nacido
Protocolos hospitalarios rígidos y mercantilizados que separan a la madre y al bebé en la primera hora de vida, interrumpiendo el contacto piel con piel indispensable para el apego seguro.
Lo que hace Kast: El recorte de dos millones de dólares al programa de Apoyo al Recién Nacido —que entrega ajuares en hospitales públicos— no es un ahorro fiscal. Es una declaración: el primer aliento de vida no importa. La institucionalidad que debía proteger el vínculo primario entre madre y bebé lo abandona. Con ese abandono, la sociedad pierde el primer eslabón del apego seguro. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, firmó el decreto el 24 de abril de 2026, en silencio, sin conferencia de prensa, sin explicación pública. La primera sordera se agrava.
2. La primera infancia sin comunidad
Familias y madres criando en aislamiento urbano, sin redes comunitarias de soporte, donde el cuidado temprano queda confinado a la sobrecarga individual.
Lo que hace Kast: El recorte de trece millones de dólares al Servicio Nacional de Protección a la Niñez y Adolescencia, y de cuatro millones a la Subsecretaría de la Niñez, profundiza el aislamiento de las familias. La crianza queda librada a la soledad de la familia nuclear, sin redes comunitarias de soporte. El Estado no solo no sostiene: retira el poco sostén que existía. La segunda sordera se agrava.
3. El cuidado no remunerado
Un sistema económico que descansa sobre el trabajo invisible y no pagado de miles de mujeres que cuidan a personas dependientes, enfermas o adultas mayores sin respaldo estatal.
Lo que hace Kast: El recorte de trescientos cuarenta y cinco mil dólares al Servicio Nacional del Adulto Mayor, y de un millón doscientos mil al Servicio Nacional de la Discapacidad, significa que la carga del cuidado recae aún más sobre las mujeres. El cuidado se privatiza: si no puedes pagarlo, lo haces tú, gratis, sola, hasta que no puedas más. La tercera sordera se agrava.
4. La caída libre de la natalidad
Un entorno social y económico que vuelve prohibitivo proyectar la crianza, castigando la maternidad con precariedad laboral y falta de certezas de futuro.
Lo que hace Kast: El desempleo llegó a 9,6% —casi un millón de personas buscando trabajo sin encontrarlo—, la cifra más alta en cinco años. El Imacec cayó un 1% en agosto, el tercer mes consecutivo de contracción. Y un 46,8% de los chilenos dice que su situación económica empeoró en los últimos doce meses. El gobierno, en lugar de crear condiciones para que la vida se multiplique, recorta los apoyos que la hacían posible. El invierno demográfico no es un accidente: es una consecuencia de políticas que no aman la vida. La cuarta sordera se agrava.
5. La intimidad adolescente sin brújula
Jóvenes abandonados a la hiperconectividad y a la pornografía en redes sociales como única educación afectivo-sexual, sin acompañamiento institucional ni familiar significativo.
Lo que hace Kast: El proyecto del Registro de Vándalos e Incivilidades propone retirar beneficios sociales —como la educación gratuita, la Pensión Garantizada Universal y el subsidio de arriendo— a quienes cometan delitos o «incivilidades»: venta ilegal de alcohol, consumo de drogas en la calle, rayados sin autorización, destrucción de equipamiento comunitario. La lógica es clara: la protección social ya no es un derecho, es una recompensa por buena conducta. El Estado deja de ser garante de derechos y se convierte en administrador de castigos. Quien no se porta bien, pierde. Quien protesta, pierde. Quien es pobre y comete una «incivilidad», pierde el subsidio que le permitía comer. La quinta sordera se agrava: en lugar de acompañar al adolescente, se lo castiga.
6. Las denuncias de violencia sin protección a tiempo
Medidas cautelares que llegan tarde o no se fiscalizan, dejando a mujeres y familias expuestas al femicidio y a la violencia intrafamiliar pese a haber alertado al sistema.
Lo que hace Kast: Cuando más de la mitad de las mujeres víctimas de femicidio frustrado habían pedido auxilio formalmente, y solo una fracción mínima contaba con una medida de protección real, asistimos a la forma más desgarradora del desamparo: la institución registró el dato, pero la presencia que protege no llegó. El gobierno de Kast no ha hecho nada para cerrar esa brecha. Al contrario: al debilitar el Estado social, la debilita más. La sexta sordera se agrava.
7. El silencio ante la megasequía
Una gestión hídrica que privatiza el agua y tolera el agotamiento de cuencas enteras, dejando a comunidades rurales dependiendo de camiones aljibe mientras el debate político mira hacia otro lado.
Lo que hace Kast: El gobierno no ha mencionado la megasequía en sus prioridades. Sus decretos hablan de seguridad fronteriza, de auditoría a los ministerios, de «recuperar la grandeza». El agua —ese derecho fundamental que el modelo hídrico privatizó— no está en la agenda. La séptima sordera se agrava: el silencio se vuelve más denso.
8. El abandono del sobreviviente adulto de abuso sexual infantil
La falta de reparación integral, acompañamiento terapéutico público y justicia efectiva para quienes cargan con las secuelas del trauma infantil en su vida adulta.
Lo que hace Kast: No hay ninguna política pública de reparación para sobrevivientes adultos de abuso sexual infantil. No existe, dentro de las Garantías Explícitas en Salud, una cobertura especializada para el trauma complejo en la adultez. El gobierno no ha anunciado ninguna medida. Y al recortar el presupuesto de Desarrollo Social, las pocas redes de apoyo que existían se debilitan. La octava sordera se agrava: el sobreviviente sigue solo.
9. La confiscación silenciosa del ahorro previsional y la impunidad de las AFP
Tras veinticuatro años de multifondos, la promesa del «riesgo compensado» colapsó. Como expuso el análisis estadístico de Iván Rojas Bravo, el Fondo A (0,53% mensual bruto) no superó con significancia estadística al conservador Fondo E (0,24%), e incluso perdió contra instrumentos seguros como las TIR del Banco Central. Sumado a comisiones que absorben entre el 41% y el 58% de la rentabilidad, el sistema ha privado al ahorro de los trabajadores de más de ciento sesenta mil millones de dólares en pérdidas acumuladas frente a referentes globales como Noruega. Frente al inminente reemplazo por Fondos Generacionales en 2027, el Estado decreta un «borrón y cuenta nueva» sin auditoría ni explicaciones.
Lo que hace Kast: El gobierno no ha anunciado ninguna auditoría. No ha exigido responsabilidades. No ha compensado a los trabajadores. Al contrario: mantiene el sistema intacto y prepara el reemplazo por Fondos Generacionales sin explicar nada. La novena sordera se agrava: la impunidad se institucionaliza.
III. El desmantelamiento silencioso: los números detrás de cada cuerpo
El recorte a los programas sociales
El 24 de abril de 2026, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, firmó un decreto que recortó treinta y cuatro millones de dólares del presupuesto de la cartera de Desarrollo Social y Familia. Los números, leídos en frío, no impresionan. Pero detrás de cada cifra hay un cuerpo.
El Servicio Nacional de Protección a la Niñez y Adolescencia enfrenta el mayor recorte: trece millones de dólares. Es la institución que resguarda a los niños vulnerados, a los que han sufrido abuso, a los que han sido separados de sus familias. Trece millones menos significan menos equipos de intervención, menos presencia territorial, menos capacidad de respuesta. La Subsecretaría de la Niñez pierde cuatro millones: menos apoyo a la primera infancia, menos acompañamiento a las familias que crían solas. La Corporación Nacional de Desarrollo Indígena pierde dos millones: menos recursos para los pueblos originarios, que ya arrastran siglos de abandono. El Programa de Apoyo al Recién Nacido pierde dos millones: el ajuar que se entregaba a las madres en los hospitales públicos ya no llegará completo, y en algunos casos no llegará. El Servicio Nacional de la Discapacidad pierde un millón doscientos mil: menos apoyo a las personas con discapacidad y a sus cuidadores. El Servicio Nacional del Adulto Mayor pierde trescientos cuarenta y cinco mil: menos programas para los ancianos, que son precisamente los que más necesitan del Estado.
«Esto es de una falta de empatía brutal», dijo el diputado Jaime Araya, acusando al gobierno de pretender «desmantelar las políticas públicas que se construyeron desde la vuelta de la democracia». Pero la falta de empatía no es un accidente. Es un método.
La lógica punitiva como política social
El gobierno de Kast ha impulsado un proyecto de ley que establece el Registro de Vándalos e Incivilidades. La norma propone retirar beneficios sociales —como la educación gratuita, la Pensión Garantizada Universal y el subsidio de arriendo— a quienes cometan delitos o «incivilidades»: venta ilegal de alcohol, consumo de drogas en la calle, rayados sin autorización, destrucción de equipamiento comunitario.
La lógica es clara: la protección social ya no es un derecho, es una recompensa por buena conducta. El Estado deja de ser garante de derechos y se convierte en administrador de castigos. Quien no se porta bien, pierde. Quien protesta, pierde. Quien es pobre y comete una «incivilidad», pierde el subsidio que le permitía comer. La humillación se institucionaliza: el pobre ya no solo es pobre, sino que debe demostrar que merece no serlo. Y si no lo demuestra, el Estado le retira la mano.
El recorte a la educación y la represión de la protesta
El 1 de octubre de 2026, la Confederación de Estudiantes de Chile, la Central Unitaria de Trabajadores y el Colegio de Profesores convocaron un paro nacional contra los recortes al gasto público en educación en el presupuesto 2027. Fue la mayor movilización contra el gobierno de Kast. La respuesta fue la represión: gases lacrimógenos, chorros de agua a alta presión, treinta y siete detenidos.
«Veníamos marchando pacíficamente, ¡y Carabineros desataron una represión brutal, salvaje, sin ningún sentido, absurda!», relató Mario Aguilar, presidente del Magisterio. La marcha estaba autorizada por la delegación presidencial. No importó. La autorización era un papel; la represión fue un hecho. Y el hecho —como todos los hechos del cuerpo— quedó registrado en la memoria sensoriomotriz de quienes lo vivieron.
El contexto económico: la promesa incumplida
Kast ganó con la promesa de «repotenciar la economía, acabar con la violenta delincuencia y expulsar a los migrantes». Un año después, el desempleo llegó a 9,6%, casi un millón de personas buscando trabajo sin encontrarlo, la cifra más alta en cinco años. El Imacec cayó un 1% en agosto, el tercer mes consecutivo de contracción. Y un 46,8% de los chilenos dice que su situación económica empeoró en los últimos doce meses.
La aprobación del presidente ronda el 30%, con un 60% de desaprobación. Y un 38% de quienes votaron por él dicen estar arrepentidos. No porque hayan cambiado de ideas, sino porque las promesas no se cumplieron. La promesa del orden no trajo orden. La promesa del empleo no trajo empleo. La promesa de la grandeza no trajo grandeza. Trajo, en cambio, recortes, represión y una economía que se contrae.
IV. Por qué no se sonrojan: la ontología del poder des-somatizado
Aquí es donde la filosofía se vuelve indispensable. Porque la pregunta no es solo qué está haciendo el gobierno de Kast. La pregunta es cómo puede hacerlo sin que se le quiebre la voz. Cómo puede recortar el ajuar del recién nacido y hablar de «carácter». Cómo puede reprimir una marcha pacífica y llamar a la «unidad». Cómo puede desmantelar el sistema de protección social y decir que «los recursos lleguen de verdad a las personas más vulnerables».
La respuesta está en lo que la ontología del sonrojo llama la patología des-somatizada del poder.
El sonrojo es la prueba visceral de que nuestra carne está constitutivamente sintonizada con el otro. Es el quiebre somático por excelencia: un juicio corporal involuntario que irrumpe cuando la comunidad nos devuelve una interpretación de nuestras acciones que el intelecto no puede coartar. Es la declaración inapelable de que nuestra carne está constitutivamente sintonizada con el otro.
Cuando los sistemas de poder operan bajo una patología des-somatizada, construyen narrativas de inmunidad que los vuelven incapaces de ruborizarse. La Ontología del Lenguaje ilumina esta falla como una ceguera conversacional: las burocracias cierran el espacio de las conversaciones públicas legítimas y convierten al lenguaje en un instrumento rígido de control, donde el observador institucional se erige como dueño de una verdad objetiva, escindido del sufrimiento ajeno.
El gobierno de Kast no se sonroja porque ha clausurado su dimensión somática. No habita el vínculo con el pueblo que dice gobernar. Administra. Ejecuta. Firma decretos. Y cuando el cuerpo social protesta, responde con gases lacrimógenos. La represión es la forma más pura del poder des-somatizado: no hay abrazo, no hay escucha, no hay resonancia. Solo hay fuerza.
V. El desprecio a los hechos: cuando el poder fabrica la realidad
El gobierno de Kast no solo desmantela. También fabrica realidad. Y lo hace con una eficacia que hubiera fascinado a Hannah Arendt.
«Los recursos que tiene Chile lleguen de verdad a las personas más vulnerables», dice el presidente al defender sus recortes presupuestarios. La frase es notable: presenta el desmantelamiento del Estado social como una medida de justicia social. Los recortes no son recortes: son «eficiencia». El abandono no es abandono: es «focalización». La represión no es represión: es «restablecimiento del orden».
Arendt advirtió que antes de que los líderes de masas se apoderen del poder para adaptar la realidad a sus mentiras, su propaganda se caracteriza por un desprecio extremo hacia los hechos como tales. El gobierno de Kast no niega que haya recortes. Niega que esos recortes sean lo que son. Los reescribe. Los renombra. Los presenta como actos de amor a los pobres.
Y la masa —o al menos una parte de ella— lo cree. Porque el desprecio a los hechos solo funciona si la población ha perdido la capacidad de verificar en su propio cuerpo. Si el cuerpo social ha sido des-somatizado, si ha aprendido a desconfiar de su propia experiencia, entonces la realidad fabricada por el poder se vuelve más real que la realidad vivida. Y el que denuncia el recorte es un «exagerado». El que protesta es un «violento». El que dice que el ajuar del recién nacido ya no llega es un «mentiroso».
VI. La revancha del cuerpo: por qué no se puede desmantelar sin resistencia
Pero aquí está la buena noticia. El cuerpo no se deja desmantelar tan fácilmente.
La epistemología enactiva de Francisco Varela nos enseña que conocer no consiste en representar pasivamente un mundo exterior, sino en enactuar: traer un mundo a la existencia a través del acoplamiento sensoriomotor y la historia de interacciones del organismo. El sujeto no es una mente aislada procesando datos, sino un agente corporizado que coconstruye su realidad afectiva y cognitiva en el encuentro con el entorno y con los otros.
Esto significa que el desmantelamiento del Estado social no puede desmantelar el cuerpo colectivo. El cuerpo social tiene su propia memoria sensoriomotriz. Guarda en tensión visceral, en desconfianza muscular, en evitación del contacto visual, en un cuerpo que aprendió a defenderse antes de pensar. La confianza social no nace de los discursos; es una lectura corporal recíproca acumulada tras generaciones de desamparo o resguardo.
Y cuando el Estado responde a las necesidades humanas mediante la sola lógica del subsidio o la planilla métrica —o, peor, mediante el recorte y el castigo—, produce obediencia pasiva, pero no genera pertenencia. El cuerpo social responde con convicciones motrices de carácter defensivo: tensión muscular, desconfianza visceral, hábitos de aislamiento. Pero también, cuando el dolor se vuelve insoportable, con protesta. Con marcha. Con paro. Con cuerpo en la calle.
El 1 de octubre de 2026, miles de estudiantes y profesores salieron a marchar. Fueron reprimidos. Pero salieron. Y eso —en el marco de la ontología del sonrojo— es la prueba de que el cuerpo social todavía no ha sido completamente des-somatizado. Todavía hay cuerpos que sienten. Todavía hay cuerpos que se juntan. Todavía hay cuerpos que se atreven a desobedecer.
VII. La arquitectura del eco: resistencia desde el vínculo
Para resistir el desmantelamiento del gobierno de Kast, no basta con denunciar. Hay que reconstruir el tejido. Hay que cultivar lo que la ontología del sonrojo llama la Arquitectura del Eco: cuatro movimientos relacionales entrelazados.
Apapachar es desactivar la amenaza y abrir el acoplamiento. No se trata de un consuelo sentimental, sino de la alteración del entorno enactivo. Al ofrecer una neurocepción de seguridad que desarma la hipervigilancia defensiva, la superficie biológica deja de estar a la defensiva, permitiendo que el organismo experimente la aceptación incondicional del otro como un legítimo otro. En tiempos de desmantelamiento, apapachar es crear espacios donde el cuerpo agotado pueda bajar la guardia. Comedores comunitarios. Ollas comunes. Redes de cuidado. Espacios donde la vida se sostenga a pesar del Estado.
Escuchar es habitar y de-clausurar el sistema. La escucha profunda exige descender a la cartografía interna del dolor y suspender los juicios del ego. En tiempos de represión, escuchar es dar testimonio del dolor que el poder niega. Es recoger las voces de los que fueron gasificados, de los que perdieron el ajuar, de los que no tienen trabajo. Es construir archivos vivos de lo que realmente está pasando.
Resonar es sincronía enactiva y eco transformador. Como el eco acústico que regresa transformado, la resonancia es la prueba de que el vínculo no se perdió en el vacío. En tiempos de aislamiento, resonar es hacer que el dolor de uno se convierta en el dolor de muchos. Es convertir la queja individual en un coro. Es hacer que el cuerpo de uno se reconozca en el cuerpo del otro.
Verificar es honestidad encarnada. La verificación sella el proceso al comprobar en la propia carne que la transformación ha ocurrido. En tiempos de mentira organizada, verificar es confrontar la realidad fabricada por el poder con la realidad vivida por el cuerpo. Es decir: «Yo vi la marcha. Yo sentí el gas. Yo perdí el ajuar. Yo no tengo trabajo. Y eso es verdad, aunque tú lo niegues».
VIII. Ayni y Ayllu: la comunidad como último bastión
La cosmovisión andina ofrece un marco para entender por qué la resistencia no puede ser individual. En las tradiciones quechua y aymara, la existencia no se concibe desde el individuo, sino desde el tejido relacional:
El Ayni (reciprocidad) expresa que el dar y el recibir son un mismo flujo sensoriomotor. Un «apapacho» emitido sin resonancia es un gesto al vacío. En tiempos de desmantelamiento, el Ayni es la respuesta más radical: no se puede desmantelar un tejido que se sostiene en la reciprocidad. Si el Estado retira el ajuar, la comunidad lo teje. Si el Estado retira el alimento, la comunidad lo cocina. Si el Estado retira el cuidado, la comunidad lo abraza.
El Ayllu (comunidad extendida) recuerda que el cuerpo individual está cobijado por un cuerpo colectivo que incluye la tierra, los ancestros y lo sagrado. En tiempos de aislamiento, el Ayllu es el refugio: la comunidad que sostiene cuando el Estado abandona. La red que recoge cuando el poder desmantela.
En esta intersección surge el concepto de Patrocinio Regenerativo: la práctica encarnada de nombrar el valor sagrado en el otro y sostener un espacio de contención para que una vida aplastada vuelva a erguirse. Erguirse no es una metáfora abstracta, sino una reorganización postural y respiratoria real: la carne recuperando su eje al saberse amparada.
En tiempos de gobierno de extrema derecha, el Patrocinio Regenerativo es el acto político más subversivo: mirar al otro y decirle «tu vida vale». No porque el Estado lo diga. Sino porque la comunidad lo sostiene.
IX. Conclusión: la destrucción no se consigue si el cuerpo resiste
La frase que abre este artículo dice que «cuando la derecha gana, lo consigue». Es decir, consigue destruir. Y en Chile, en 2026, hay motivos para pensar que eso está ocurriendo: los recortes sociales, la represión de la protesta, el desmantelamiento del Estado de cuidado, la fabricación de una realidad donde el abandono se llama eficiencia, y las nueve sorderas institucionales que se agravan día a día.
Pero la destrucción no se consigue del todo si el cuerpo resiste. Y el cuerpo social chileno está resistiendo. Marcha. Protesta. Se organiza. Y aunque la aprobación del gobierno esté en 30% y el arrepentimiento crezca entre sus propios votantes, la resistencia no depende de las encuestas. Depende de la capacidad del cuerpo colectivo de sostener el vínculo cuando el poder lo rompe.
Aldous Huxley, tras cuarenta y cinco años de vigilar la palabra y la razón, condensó su legado en un suspiro desnudo: «Aprendamos a tratarnos con un poco más de ternura». No sugirió que fuera un camino fácil. Pero intuyó, en el umbral de su propia finitud, que la amabilidad no es diplomacia: es práctica intersubjetiva corporizada. Y es, también, la única respuesta posible a un poder que ha dejado de sonrojarse.
Un país que decida resistir el desmantelamiento debe madurar su estructura institucional y realizar, a escala de millones, el mismo movimiento sutil que sana a dos personas: ejercer el resguardo consciente, ofrecer un espacio seguro y verificar en los hechos si ese cuidado fue recibido y logró florecer en vida viva. Eso exige transformar también las convicciones motrices de las instituciones: funcionarios que no solo apliquen protocolos, sino que encarnen presencia; políticas que no solo midan, sino que acojan; cuerpos institucionales que aprendan a leer y responder al cuerpo social.
La amabilidad, entonces, no es un adorno ético ni una debilidad romántica. Es la única revolución ontológica y epistemológica capaz de devolvernos la brújula. Si el Estado no se hace cuerpo que acoge, la ternura queda en palabras. Si se hace cuerpo, el eco vuelve. Y mientras haya cuerpos que se sonrojen, que apapachen, que escuchen, que resuenen, que verifiquen —mientras haya tejido, mientras haya abrazo, mientras haya eco—, habrá resistencia posible. Habrá vida posible. Habrá un país que no se deje destruir del todo.
Porque la destrucción no se consigue si el cuerpo resiste. Y el cuerpo chileno, a pesar de todo, sigue resistiendo.
Con Información de desenfoque.cl
