Viernes, 10 de Julio de 2026
Nacional

Hallan tesoro oculto que solo se revela a quienes permanecen en el lugar

Casi todo lo que la cultura contemporánea enseña sobre el malestar apunta en la dirección exactamente opuesta a la frase de Bert Hellinger que propone no huir del miedo, la molestia, la irritación y la preocupación, sino escucharlos y entrar con valentía a descubrir el tesoro escondido en ellos. Se enseña a distraerlo, a medicarlo sin preguntarle nada primero, a nombrarlo como «negatividad» que hay que eliminar cuanto antes, a huir de él con el mismo reflejo con que se retira la mano de una superficie caliente. Hellinger propone algo que suena, a primera escucha, casi imprudente: no huir. Quedarse. Escuchar. Y entrar, con valentía, precisamente ahí donde más incómodo resulta permanecer.

Desde las Constelaciones Familiares, ninguna emoción intensa aparece por accidente. El miedo desproporcionado ante una situación objetivamente manejable, la irritación que estalla por algo pequeño, la preocupación que no encuentra objeto claro al que aferrarse son mensajeros de algo mayor que el instante presente. Pueden estar avisando de una lealtad invisible hacia alguien del sistema familiar, de una carga que no corresponde a quien la siente, de un lugar que quedó vacío y que el cuerpo, sin saberlo, sigue intentando llenar. Huir del malestar, en este sentido, no es solo evitar una sensación desagradable: es cerrar la puerta justo cuando el mensajero por fin logró llegar.

La neurobiología contemporánea confirma, con otro vocabulario, esta misma intuición. Bessel van der Kolk mostró que las emociones intensas no son ruido que perturba el funcionamiento correcto del organismo: son información, la forma más directa que tiene el cuerpo de comunicar algo que todavía no ha encontrado palabras. Suprimir sistemáticamente esa información no la elimina. Solo la vuelve más difícil de leer con el tiempo, porque el cuerpo, al no ser escuchado, tiende a subir el volumen de la señal.

Stephen Porges añadiría una precisión clínica importante: la capacidad de «quedarse» con una emoción incómoda sin huir de inmediato depende de que el sistema nervioso cuente con suficiente margen de regulación —lo que él llama ventana de tolerancia— para procesar la señal sin verse arrasado por ella. Esto explica por qué la invitación de Hellinger no es simplemente «aguanta el malestar a fuerza de voluntad»: requiere, primero, un mínimo de regulación corporal —una respiración consciente, un anclaje al cuerpo, la presencia de alguien seguro cerca— que le dé al sistema nervioso el espacio necesario para explorar la sensación.

Casi un siglo y medio antes de Hellinger, el filósofo Søren Kierkegaard llegó a una conclusión sorprendentemente parecida por un camino completamente distinto. Describió la angustia como lo que llamó el vértigo de la libertad: la sensación que aparece exactamente en el punto donde una persona se enfrenta a una posibilidad real de elegir, de crecer, de convertirse en algo que todavía no es. Para Kierkegaard, huir sistemáticamente de esa angustia no eliminaba el vértigo: simplemente clausuraba la posibilidad de transformación que la angustia estaba anunciando. Quien aprende a atravesar la angustia sin huir de ella puede convertirla en maestra: en la experiencia formativa más precisa que existe sobre el propio potencial todavía no realizado.

Esto es, casi palabra por palabra, el «tesoro escondido» del que habla Hellinger. No un tesoro que existe a pesar del malestar, sino un tesoro que solo se revela en el acto mismo de atravesarlo sin desviar la mirada.

Entrar con valentía a un malestar no es lo mismo que forzarlo, analizarlo hasta agotarlo, o exigirle que revele su mensaje de inmediato. Es, más bien, ofrecerle la misma calidad de atención que se le ofrecería a un mensajero que ha viajado mucho tiempo para llegar: recibirlo, preguntarle qué trae, y estar dispuesto a escuchar una respuesta que quizás no coincida con lo que se esperaba oír.

El miedo, la irritación, la preocupación no piden ser resueltos en el mismo instante en que aparecen. Piden, primero, no ser expulsados de la puerta antes de que alcancen a decir por qué llegaron. Y en esa espera atenta —regulada, sostenida, valiente en el sentido más simple de la palabra: sin huir— es donde empieza a aparecer, poco a poco, lo que Hellinger llamó el tesoro escondido.

Con Información de desenfoque.cl

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Redacción.

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