La muerte de Enrique Krauss Rusque ha generado profundo dolor. A lo largo de su extensa carrera política se compartieron múltiples encuentros y algunos desacuerdos, circunstancia común entre quienes participan durante décadas en una misma causa. Más allá de estas diferencias, siempre fue considerado un amigo y una suerte de hermano mayor.
Krauss Rusque fortaleció a la Democracia Cristiana y la sirvió con honestidad ejemplar. Fue respetado tanto por sus camaradas como por sus adversarios. Su palabra tenía el valor de un compromiso irrompible: una vez adquirido, no se quebrantaba, aunque mantenerlo pudiera costarle reproches, ataques o incomprensiones, incluso dentro de su propio partido.
Durante momentos difíciles, solía aconsejar con una frase que aún permanece: “Calma y prudencia”. No era una invitación a la pasividad ni al temor, sino su manera de recordar que la política exige carácter, responsabilidad y dominio de uno mismo, especialmente cuando las decisiones pueden afectar la vida de muchas personas.
Ocupó algunas de las más altas responsabilidades a las que puede aspirar un servidor público. Fue ministro, parlamentario, embajador y dirigente partidario. A veces llegó a esos cargos sin buscarlos, pero nunca rehuyó el deber que implicaban. Entendía que la política seria exige sacrificios y que su sentido debe ser mejorar la vida de quienes viven en la pobreza, la desigualdad o el abandono.
La doctrina social de la Iglesia era una referencia permanente en su pensamiento. Repetía con la severidad de quien estaba convencido de sus palabras: “Estamos para servir y no para servirnos de los demás”. Esa convicción explica la austeridad y la rectitud que muchos reconocieron en él.
Las autoridades de la República le rindieron honores en el antiguo Congreso Nacional de Santiago, lugar en el que ejerció como diputado. Había sido elegido parlamentario en 1973 y volvió a la Cámara después del retorno de la democracia, representando a la Región Metropolitana. Su trayectoria atravesó distintas etapas de la historia política chilena, desde la Revolución en Libertad de Eduardo Frei Montalva hasta la transición encabezada por Patricio Aylwin.
Krauss Rusque creyó en la posibilidad de construir un Chile más justo sin renunciar a la democracia. Una de sus preocupaciones permanentes fue la juventud. Insistía en que educar y formar profesionalmente a las nuevas generaciones era un deber ineludible del Estado. Esa preocupación también estuvo presente en las discusiones que permitieron avanzar en el reconocimiento constitucional de la educación parvularia.
Durante la dictadura asumió tareas jurídicas vinculadas a la defensa de personas perseguidas y afectadas por la represión. Esa labor no estaba exenta de riesgos. Su apoyo fue decisivo después de que la justicia militar se pronunciara sobre acusaciones. Gracias a su patrocinio se pudieron obtener los antecedentes y certificados necesarios para acreditar una absolución y postular como candidato a diputado por el distrito 15.
En aquellos días volvía una y otra vez a su fórmula: “Calma y paciencia”. Era una disciplina que practicaba incluso bajo enorme presión.
Se recuerda especialmente una de las primeras reuniones de los diputados democratacristianos con el presidente electo Patricio Aylwin. Fueron convocados a La Moneda para expresarle respaldo. Durante la conversación se señaló que existían antecedentes relativos a tres cheques por tres millones de dólares pagados por el Ejército a Augusto Pinochet Hiriart. La información provocó sorpresa y preocupación. Los documentos permanecían resguardados en una caja fuerte. Krauss Rusque comprendió inmediatamente que el asunto podía tener graves consecuencias.
También tuvieron desencuentros. En una ocasión se presentó un proyecto de reforma constitucional relacionado con el reconocimiento y la promoción de la educación parvularia. La aprobación requería la reunión del Congreso Pleno, cuya citación coincidió con una Junta Nacional de la Democracia Cristiana. Krauss Rusque, como presidente del partido, se vio obligado a suspenderla. Reprendió esta situación, pero una vez superada la molestia, también felicitó por la iniciativa.
Krauss Rusque era firme sin necesidad de estridencias; prudente, pero no indiferente; leal a sus convicciones y consciente del peso de la palabra pública. En tiempos en que la política suele confundirse con la provocación, el espectáculo o el beneficio personal, su ejemplo recuerda que también puede ejercerse con austeridad, respeto y vocación de servicio.
Se va un emblema de la Democracia Cristiana, pero permanece la huella de una vida dedicada a Chile y a la democracia.
Con Información de desenfoque.cl
