Miércoles, 16 de Septiembre de 2026
Nacional

El marxismo mantiene vigencia en el debate político e ideológico de Chile contemporáneo ante nuevos desafíos sociales y económicos

Es recurrente que este tema reaparezca en el debate nacional. Aunque para algunos pueda parecer extemporáneo y para otros obsoleto, existe la convicción de que no se trata de un ejercicio nostálgico ni de una discusión puramente intelectual. Lo concreto es que sigue siendo pertinente cuestionarse si las contradicciones fundamentales del capitalismo que Marx estudió continúan presentes en la sociedad actual. Desde una perspectiva democrática, la respuesta es inequívoca: el capitalismo ha transformado sus formas, pero no ha superado sus contradicciones fundamentales.

El capitalismo se define como el régimen que se sustenta en la propiedad privada de los medios de producción y en la explotación de los asalariados, quienes se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios, encargados de obtener las ganancias generadas por sus trabajadores. El marxismo, por su parte, constituye la doctrina de Marx y Engels: un conjunto de concepciones filosóficas, económicas y político-sociales cuyo objetivo es la superación del modo de explotación capitalista y la transformación hacia nuevas formas de organización democrática amplia.

En Chile, un sector político importante sostiene que el país se configura como una sociedad capitalista. Las últimas mediciones oficiales muestran que el 10% de mayores ingresos concentra el 47,4% del ingreso nacional, mientras que el 59% de menores ingresos solo percibe el 15,2%. Este dato respalda la tesis de una estructura de poder económico con profundas consecuencias sociales para la gran mayoría. Frente a esto surgen interrogantes: ¿quién posee realmente el poder económico?, ¿quién trabaja?, ¿quién toma las decisiones? y ¿quién usufructúa del trabajo asalariado?

La clase trabajadora en Chile ya no es la misma del siglo XIX ni de mediados del XX. El obrero tradicional hoy coexiste con trabajadores del comercio, los servicios, sector público, plataformas digitales y subcontratación. A ellos se suman la “cesantía ilustrada” – con un 15% de egresados en educación superior desempleados –, la juventud en general y aquellos “emprendedores”, que afirman ser independientes, pero que en realidad ocultan una dependencia económica.

El capitalismo ha fragmentado el trabajo al promover el individualismo y el sobreendeudamiento, difundiendo la idea de que cada persona es la única responsable de su destino. “¡Si se puede!” se ha convertido en la nueva consigna de los dueños de los medios de producción para convencer a millones que vendan su fuerza de trabajo, asegurando así que una minoría mantenga el control del capital y las decisiones económicas.

Las contradicciones de clases y la lucha de clases no han desaparecido; únicamente se han vuelto menos visibles al manifestarse de forma distinta. Esta disputa persiste en la exigencia de salarios justos, jornadas laborales humanas, educación gratuita, pensiones y vivienda digna. El debate sobre quién debe controlar los recursos naturales y definir las grandes decisiones del país sigue completamente abierto.

Si se considera la teoría política neoliberal – que postula el libre mercado y la mínima intervención del Estado en la economía –, la experiencia chilena demuestra que el neoliberalismo no constituye una superación del capitalismo, sino una etapa histórica de este. La mercantilización de los derechos sociales, la expansión del capital financiero, la concentración del capital, la fetichización del comercio y la fragmentación de la clase trabajadora son parte fundamentales de su doctrina.

En una visión marxista, “la transformación social” no puede reducirse a simplemente corregir los excesos del capitalismo. Las reformas son un paso necesario para mejorar la vida de las mayorías precarizadas, pero no representan una estrategia política suficiente para modificar las relaciones de poder económico. El reformismo busca únicamente administrar un capitalismo más eficiente; de lo que se trata es lograr su superación hacia una formación social auténticamente democrática.

El Gobierno popular – una “revolución con sabor a empanadas y vino tinto” – significó una vivencia fundamental para la democracia latinoamericana. Su importancia radica en el estudio de sus conquistas y errores, así como en la forma en que enfrentó el desafío de modificar la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo.

La derrota de 1973 demostró que no basta con la conquista del gobierno, que es solo una parte del poder político. Es necesario crear una correlación de fuerzas capaz no solo de sostenerlo, sino de profundizar su injerencia. Es la demostración de la necesidad de combinar lucha social, organización política y construcción de mayoría.

El marxismo no consiste en repetir fórmulas elaboradas por más de un siglo. El marxismo reafirma que no es un dogma, sino una guía para la acción. Se plantea como tarea política influir en los procesos sociales orientados a la superación del capitalismo a través del análisis concreto de la realidad nacional, aprender de las experiencias y fortalecer la organización política para construir una fuerza mayoritaria que permita el cambio.

Su vigencia como “guía para la acción” se demuestra al enfrentar las nuevas formas del trabajo; en la forma en que se afronta la crisis ecológica, dando respuestas claras y apoyo efectivo ante las desigualdades de género y equidad; aplicando las nuevas tecnologías en beneficio de la sociedad humana por sobre el mercado y orientando los desafíos democráticos de nuestro tiempo con carácter de transformación.

La tarea es construir desde el Chile del siglo XXI y sus condiciones concretas un proyecto de transformación y superación del capitalismo que tenga como protagonistas a los postergados de siempre, a las grandes mayorías – trabajadores, mujeres, jóvenes y ancianos – para acompañarlos hacia una sociedad democrática auténtica, soberana y auténticamente humana.

Con Información de elsiglo.cl

gerente

Redacción.

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