Martes, 4 de Agosto de 2026
Nacional

El fallecimiento del padre marca el paso inexorable hacia la primera generación

La frase «ya estaba grande, fue ley de vida» es común en los velorios, pero quienes acaban de perder a un progenitor suelen recibirla como una minimización de su dolor. Independientemente de la edad del fallecido o de lo esperada que fuera su muerte, el impacto emocional llega con una magnitud que sorprende incluso a quien lo experimenta. Muchos describen la sensación diciendo «lo esperábamos, y me partió en dos» o «tengo cincuenta años y me siento huérfano como un niño».

Esta reacción no constituye debilidad ni exageración, sino una respuesta precisa que Sigmund Freud logró explicar tras vivirla en carne propia. Cuando murió el padre de Freud, ya era un médico adulto y reconocido, pero la pérdida lo conmovió profundamente. De esa experiencia, según escribió en el prólogo a la segunda edición de La interpretación de los sueños, surgió su obra más importante. Freud identificó la muerte del padre como «la pérdida más significativa» en la vida de una persona, y comprendió que su impacto trasciende cuestiones de edad o de lo previsible.

Cuando fallece un progenitor, la pérdida no se limita a la desaparición física de una persona. Se pierde al único testigo de la vida entera: nadie más presenció nuestro nacimiento, crecimiento y todas las personas que fuimos siendo. Se pierde también la barrera que nos separaba de nuestra propia mortalidad, pues la fila de generaciones avanza y ahora nos corresponde estar más cerca del final. Finalmente, se pierde el estatus de hijo, un rol que solo existe mientras alguien nos considera como tales. Sin importar la edad, mientras viven los padres existe en el mundo alguien que nos observa desde ese vínculo. Su muerte nos desplaza, sin consultarnos, a la primera línea de la existencia.

Mientras los padres viven, existe una generación que nos precede, una especie de muro entre nosotros y el final. Cuando fallece el segundo de ellos, ese muro desaparece y nos convertimos en la primera línea defensiva contra la mortalidad. Ya no hay intermediarios entre nosotros y la muerte. Por eso el impacto es tan profundo aunque la pérdida fuera anticipada: no solo desaparece alguien, sino que cambiamos de posición en la sucesión de generaciones. Este reordenamiento lo percibe el cuerpo antes que la mente. Muchos lo describen como un temblor sin palabras, algo sísmico que no es únicamente tristeza, sino el sistema familiar completo reacomodándose y ubicándonos súbitamente en el lugar del mayor.

Existe algo más que la época contemporánea tiende a olvidar: un ser humano no elabora un duelo en soledad. Durante milenios las personas lloraron a sus muertos en comunidad, rodeadas y sostenidas por presencia física. El velorio, el abrazo prolongado, la comida que alguien prepara y trae, la compañía silenciosa que permanece, no son meros formalismos: constituyen una manera ancestral de regular el cuerpo desbordado por la pérdida. El sistema nervioso de quien está en duelo se sostiene literalmente en la presencia de otros más tranquilos. Por eso el duelo se complica significativamente cuando se atraviesa en aislamiento. Quien sufre en soledad no está fracasando: le hace falta el grupo. Buscar compañía —de familiares, de comunidades o de un terapeuta— no es ceder ante la debilidad, sino la forma en que la especie humana fue diseñada para despedir a sus muertos.

La muerte de un progenitor no cierra el vínculo sino que lo transforma. Freud lo expresó con una imagen precisa: los muertos se mudan hacia el interior. Con el tiempo, uno se descubre respondiendo algo tal como lo habría hecho su padre, pronunciando una frase con la voz de su madre, replicando un gesto, una receta o una manera de interpretar el mundo. Si el duelo ha realizado su trabajo, esto deja de causar dolor y se convierte en acompañamiento. Es la señal de que dejamos de buscarlos en el exterior porque finalmente los llevamos dentro.

Cuando se logra aceptar a los padres tal como fueron —reconociendo lo que otorgaron y también sus limitaciones, agradeciendo la vida recibida y devolviéndoles con respeto lo que era suyo—, su muerte deja de ser únicamente una amputación y se transforma en una transmisión. Recibimos su fortaleza para ocupar, finalmente, el lugar del mayor. Quienes no consiguen realizar este movimiento a veces quedan suspendidos en el umbral: ni totalmente con los que se fueron, ni completamente en la propia vida, buscando en el exterior a quienes solo pueden habitarlos internamente.

Existe una paradoja en el núcleo de esta pérdida. Perder a los padres es la experiencia que más nos deja huérfanos y, simultáneamente, la que más nos vuelve adultos plenos. Cuando el duelo realiza su trabajo —con tiempo, acompañamiento y permiso para el dolor—, no se superan a los padres sino que se los integra. Desde ese lugar se ocupa el sitio en la fila sin temor, no como quien fue abandonado, sino como quien recibió el relevo.

Ese día, la voz de nuestro padre o madre saliendo de nuestra boca ya no nos herirá. Nos hará compañía. Y sabremos que no los perdimos completamente: los volvimos nuestros, a nuestra manera, para siempre.

Es importante no confundir el respeto por los tiempos del duelo con el abandono. El duelo posee su ritmo, y cada persona el suyo; pero cuando el dolor paraliza la vida durante demasiado tiempo o se vuelve desesperación, buscar acompañamiento profesional no es rendirse. Frente a una de las mayores pérdidas que existen, constituye un acto de amor hacia uno mismo.

La cita de Freud proviene del prólogo a la segunda edición de La interpretación de los sueños de 1900, donde reconoce el libro como su respuesta a la muerte de su padre.

Con Información de desenfoque.cl

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Redacción.

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