Lunes, 21 de Septiembre de 2026
Nacional

Chomalí: un clamor de esperanza

La homilía del Te Deum dejó ante el país un diagnóstico moral duro: corrupción, desempleo, fractura social y abandono. El desafío es que esa voz no quede reducida a una ceremonia.

El tradicional Te Deum de 2026, oficiado por el arzobispo de Santiago, cardenal Fernando Chomalí, durante el 216.º aniversario de la Primera Junta Nacional de Gobierno, fue una ceremonia muy simbólica. Frente a las máximas autoridades del país, su homilía no buscó la estridencia, pero tampoco evitó los problemas que hoy lastiman a Chile.

Chomalí habló con la tranquilidad de quien entiende que callar también puede ser una forma de complicidad. Su intervención ratificó el rol que ha ido adoptando en la vida pública: ser una voz moral que interpela al poder y que recuerda la situación de quienes casi nunca son escuchados.

Sus palabras fueron recibidas con atención y respeto. No obstante, el valor de una homilía no se mide por el silencio protocolar de los asistentes, sino por su capacidad de impulsar decisiones. El mensaje llegó a todas las instituciones: al Ejecutivo, al Congreso, al Poder Judicial, al empresariado y también a una sociedad que se ha acostumbrado demasiado a convivir con abusos que antes habrían generado indignación.

La corrupción estuvo en el centro. El cardenal la llamó «el mal de todos los males» y la describió como un cáncer que corroe los cimientos de la sociedad. No se trata solo de dinero robado o de funcionarios que traicionan la confianza pública. Cuando la corrupción se vuelve normal, debilita las instituciones, rompe la igualdad ante la ley y deja espacio al crimen organizado, al narcotráfico y a la trata de personas. En ese escenario, nadie puede sentirse completamente ajeno ni protegido de la advertencia.

La crisis del empleo también tuvo presencia. La desocupación nacional llega al 9,5 % y supera los dos dígitos en algunas regiones. Detrás de esas cifras hay cerca de un millón de personas enfrentando incertidumbre, con un impacto especial en mujeres y jóvenes. La falta de trabajo no convierte por sí sola a nadie en delincuente, pero la precariedad prolongada, el abandono institucional y la falta de oportunidades crean un terreno propicio para que las redes criminales recluten y exploten a quienes quedaron al margen.

Por eso cobra fuerza una de las ideas centrales de la homilía: la mejor política social empieza por asegurar las condiciones para un empleo formal y digno. No basta con prometer crecimiento si sus beneficios no llegan a las familias, ni con mostrar cifras macroeconómicas mientras miles de jóvenes no encuentran un lugar en su propio país.

La baja natalidad y el envejecimiento de la población son otra señal de alerta. Muchas personas no dejan de tener hijos por indiferencia, sino porque no cuentan con vivienda, estabilidad laboral y seguridad económica. El dilema entre familia y trabajo no debería existir; tampoco el dilema entre tener hijos y conservar un empleo. El Estado y los empleadores tienen aquí una responsabilidad compartida que no puede quedarse en discursos.

Chile además pierde una reserva valiosa de profesionales y trabajadores calificados que emigran porque no hallan en su país condiciones dignas para desarrollarse y formar una familia. Esa partida no es solo una decisión individual: muestra una falla colectiva y una incapacidad persistente para ofrecer futuro.

La homilía también recogió la advertencia de la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, sobre el avance tecnológico. La inteligencia artificial no es neutral y debe seguir subordinada a la dignidad humana y al bien común. El progreso técnico pierde legitimidad cuando reemplaza trabajadores sin protección, concentra el poder en pocas manos o expone a niños y jóvenes a nuevas formas de manipulación.

Chomalí defendió a los inmigrantes y exigió justicia, vivienda, salud, educación pública, sala cuna universal y bienestar para las personas mayores. Su opción prioritaria por quienes sufren mayor pobreza devuelve a la Iglesia una función que nunca debió abandonar: incomodar a los poderosos y acompañar a quienes viven en los márgenes.

Sin embargo, una voz moral no sustituye la política pública ni libera a la propia Iglesia de revisar sus responsabilidades. La homilía puede indicar el camino, pero a las autoridades les corresponde convertir sus palabras en acuerdos, leyes, presupuestos y conductas concretas. De lo contrario, incluso el mensaje más valiente corre el riesgo de ser una pieza más del ceremonial republicano.

El alma de Chile está herida. Sanarla requiere verdad, justicia, trabajo digno y una voluntad real de encuentro. La esperanza no pasa por negar la gravedad del presente, sino por asumir que aún es posible corregir el rumbo. Que esta homilía no se la lleve el viento.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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