Miércoles, 7 de Octubre de 2026
Nacional

El debate en torno al partido de masas

Sergio Aliaga Matus, doctor en Filosofía Política de la Fundación Pensamiento & Reflexiones Humanistas, firma este análisis con fecha 06/10/2026.

El resurgimiento del debate sobre un partido de masas y/o un partido de cuadros en la coyuntura política chilena se fundamenta en la profunda crisis de representación, la fragmentación del sistema de partidos y el surgimiento de diversas fuerzas políticas tras el estallido social y los procesos constitucionales.

Por un lado, se sostiene que el partido de cuadros, estructurado en torno a élites técnicas, liderazgos personalistas o militancias reducidas pero muy profesionalizadas, ha demostrado ser altamente eficiente para ganar elecciones o gestionar tecnocráticamente el Estado, pero ha carecido de arraigo social profundo y de capacidad para contener crisis de legitimidad. Desde otra visión se plantea la necesidad de fortalecer los vínculos orgánicos con la ciudadanía, dotar de disciplina ideológica a los movimientos y asegurar gobernabilidad en un escenario de alta polarización, lo que ha puesto sobre la mesa la urgencia de recuperar la mística, la formación doctrinal y la estructura del partido de masas.

En Chile, este debate atraviesa las tensiones actuales del progresismo y las fuerzas transformadoras. Lo justifica la constatación de que las organizaciones ligeras y efímeras son insuficientes para sostener proyectos de transformación a largo plazo, obligando a la política chilena a repensar cómo se reconstruye soberanía popular y estabilidad institucional en el siglo XXI.

Para aportar constructivamente a este debate en la izquierda chilena, el artículo pretende guiar la mirada hacia la urgente necesidad de superar la falsa dicotomía entre la élite intelectual y la masa inorgánica, planteando una síntesis renovada: la necesidad de un partido que articule la formación teórica y estratégica con la inserción profunda en los lugares donde vive, sufre y trabaja el pueblo chileno de hoy. Lugares en los cuales esta síntesis renovada, este Partido, vive, sufre y trabaja para hacer realidad los legítimos anhelos de un vivir mejor y justo de quienes formamos parte de los esperanzados.

El texto afirma que “Este debate no es un ejercicio de arqueología política. Hoy, la izquierda chilena enfrenta una encrucijada: el dilema entre replegarse en una vanguardia tecnocrática de gabinete o reconstituir un arraigo social profundo en los territorios, en las poblaciones y en el trabajo precarizado”.

Hoy, la disputa por el poder se ha trasladado a la tentación de reemplazar el trabajo paciente de base por la «vanguardia algorítmica». Esta tendencia, representada por operadores de redes sociales, consultores de marketing y liderazgos hipermediáticos a golpes de tuits, se ha instalado en un sector de la izquierda que pretende liderar el proceso de cambio, tensionando el progresismo y las fuerzas transformadoras. En los últimos años, sectores importantes de la izquierda han operado bajo la lógica de un «partido de cuadros» institucionalizado, donde se gobierna desde la pericia técnica, el conocimiento experto y la gestión del Estado, alejándose de los códigos de la clase trabajadora y de las mayorías sociales. Sin reconocer o pasando por alto su carácter de clase…

Para el ciudadano común de, por ejemplo, una población en Puente Alto, Maipú, Ñuñoa o en regiones, esta forma de hacer política se percibe como ajena e inútil para resolver el costo de la vida, las pensiones indignas, la vivienda mercantilizada o la inseguridad.

Los partidos de izquierda ven cómo sus padrones envejecen, se reducen o se transforman en aparatos electorales efímeros. El viejo «partido de masas» que organizaba el tejido social en las juntas de vecinos, los sindicatos y los centros culturales ha perdido terreno frente al avance de la individualidad neoliberal y la fragmentación del trabajo (apps de delivery, emprendedores, subcontratación extrema, informalidad).

Al igual que otras fuerzas, la izquierda corre el riesgo de caer en la trampa de suplantar la organización social, popular, de las y los trabajadores por el activismo digital y la disputa algorítmica. Es cierto que un tuit viral o un relato comunicacional sofisticado pueden instalar y guiar en horas la discusión pública, pero no construyen conciencia de clase, solidaridad ni poder popular duradero en los territorios.

Este activismo solo ayuda a quienes, desde la derecha nacionalista, requieren de seguidores acríticos a la espera de propuestas fáciles hasta la idiotez para resolver temas complejos.

El propósito de esta breve reflexión pretende aportar constructivamente a este debate llamando la atención hacia la urgente necesidad de superar la falsa dicotomía entre la élite intelectual y la masa inorgánica, planteando una síntesis renovada: un partido que articule la formación teórica y estratégica con la inserción profunda y paciente en los lugares donde se vive, se sufre y se trabaja hoy.

Cuando las familias vulnerables sufren en la salud pública las interminables listas de espera, el sueldo se esfuma antes de fin de mes o el costo de la vida las asfixia, la respuesta automática del sistema capitalista neoliberal es culpar a la frialdad de la economía supra terrenal. Sin embargo, detrás de cada una de esas urgencias cotidianas se incuba una pregunta con relación a la decisión política: cómo y para qué se organiza el poder. Para la izquierda, este escenario interpela directamente una discusión histórica que hoy urge actualizar: el debate entre el partido de masas, arraigado en el tejido social, y el partido de cuadros o vanguardias, enfocado en la conducción desde el aparato o la teoría.

Durante parte del siglo XX, la política de cambios profundos en Chile se sostuvo sobre un partido de masas con fuerte presencia territorial. Era el sindicato, el comité poblacional, el centro cultural y la asamblea donde los trabajadores encontraban una organización colectiva para incidir sobre su realidad. Si faltaba dignidad o derechos básicos, la demanda no quedaba aislada en la desesperanza: se transformaba en organización, presión y conquista social.

En el modelo de cuadros, mal entendido muchas veces de forma burocrática o elitista, tendió a reducir a la ciudadanía a un rol pasivo. Dirigencias cerradas o cuadros formados en la retórica de gabinete terminaban decidiendo desde cuatro paredes qué era lo «correctamente revolucionario» o técnicamente viable, desplazando al pueblo de su protagonismo y reduciendo su participación a validar decisiones tomadas arriba.

Hoy la izquierda enfrenta un riesgo aún más grave. Ni las viejas estructuras masivas logran contener la fragmentación del mundo del trabajo actual, ni algunas conducciones logran evitar el repliegue hacia una tecnocracia de Estado que administra lo existente en lugar de transformarlo. Todo marcado por la subcontratación, la informalidad y la precariedad de las aplicaciones.

El desafío, entonces, no es elegir entre la masividad inorgánica y la pureza de un cuadro iluminado. La tarea histórica de nuestro tiempo consiste en aplicar la dialéctica de un nuevo tipo de vínculo político: cuadros con profunda vocación popular, capaces de fundirse con las urgencias del Chile precarizado, organizar el descontento cotidiano y transformarlo en un proyecto de transformación con arraigo real en el país. Si la izquierda renuncia a construir poder desde abajo, la disputa por el futuro seguirá secuestrada por los dueños de siempre.

En apretada síntesis histórica, merece recordar que este debate sobre la organización política tampoco es un ejercicio de arqueología académica, sino una tensión histórica que hunde sus raíces en la tradición del pensamiento de izquierda. Ya Rosa Luxemburgo planteó en su obra Reforma o Revolución (1899) que: “La organización, el progreso de la cultura y de la ciencia, la conquista de derechos políticos, no son más que los medios para la consecución de la meta final […] Cuando la lucha por las reformas inmediatas se convierte en un fin en sí mismo, la meta final se evapora y la política obrera pierde su orientación de clase”.

Por su parte, Lenin defendió en su texto ¿Qué hacer? (1902) la necesidad imperiosa de contar con militantes profesionales, señalando: “Sin una «docena» de jefes probados, de talento, instruidos y profesionalmente preparados, educados por una larga experiencia y de acuerdo entre sí, ninguna clase de la sociedad contemporánea puede dirigir con firmeza la lucha”.

Esta aparente contradicción fue aclarada desde la dialéctica por Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel (1929 y 1935), al concebir al partido como el Príncipe Moderno y sostener que: “Un grupo social puede y hasta debe ser dirigente aun antes de conquistar el poder gubernamental […] y después, cuando ejerce el poder, se vuelve dominante, pero debe continuar siendo «dirigente”.

En el contexto chileno, esta concepción teórica se remonta en su propia síntesis histórica en la fórmula de un partido de cuadros con vocación y despliegue de masas, fundamentado tempranamente por Recabarren en las páginas de El Proletario en 1912: “El Partido Socialista Obrero no es una sociedad de ayuda mutua ni un club electoral; es la organización consciente de la clase trabajadora para conquistar su libertad política y económica mediante la educación, la organización y la lucha de clases”.

Esta premisa fue reafirmada décadas más tarde por dirigentes como Luis Corvalán en su libro Algo de mi vida (1997), al recordar que: “Un verdadero partido de vanguardia no se decreta a sí mismo como tal; se gana ese lugar en la medida en que sus cuadros están en la primera línea de la lucha, vinculados entrañablemente a las masas, educándolas y aprendiendo de ellas” y Gladys Marín señaló en su discurso ante el XXI Congreso Nacional del PCCh en 1998: “No queremos un partido de espectadores ni un partido electoralista. Necesitamos militantes y cuadros de convicción, capaces de luchar en cualquier terreno, con principios firmes y los pies bien puestos en el terreno de las luchas del pueblo para evitar que la disputa por el futuro siga secuestrada por los sectores dominantes de siempre”.

Esperamos estar a la altura de miras y la visión política de tan distinguidos revolucionarios.

Con Información de elsiglo.cl

gerente

Redacción.

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