Un hombre que provenía de las ciencias sociales y se había desempeñado en trabajo de campo llegó a la tecnología de forma inesperada. Trabajaba en un departamento en las montañas, procesando millones de registros crudos con la tarea de identificar cuántas personas se escondían dentro de esos datos. Cuando dejaba que la máquina operara sola, esta comparaba cada fila contra todas las otras con paciencia ciega, un proceso que calculaba tomaría seis horas. Sin embargo, él la detuvo y le presentó un mapa dibujado manualmente que mostraba cómo se conectaban las fuentes de datos entre sí. Le pidió a la máquina que siguiera ese camino en lugar de revisar todo el conjunto. Inicialmente la máquina se resistió y volvió cinco veces a su método anterior, pero cuando finalmente siguió las indicaciones, más de cien mil identidades aparecieron en pantalla en menos de dos segundos.
Este hombre llevaba casi diez años desarrollando este enfoque, desde mucho antes de contar con máquinas que lo asistieran. Le habían enseñado a desconfiar de la promesa de que todo lo que un experto conoce puede escribirse como una serie de reglas y entregarse a una máquina para que las repita. Esa desconfianza lo mantenía en movimiento, aunque durante años no supo bien qué hacer con ella. Su obsesión parecía excesiva a otros, pues se dedicaba aparentemente solo a ordenar datos, pero había cosas que sucedían en otras regiones que lo privaban del sueño.
Lo que la máquina hacía al volver a su método anterior tenía algo de terco e inocente. Comenzaba bien siguiendo la ruta, pero ante la menor duda soltaba el mapa y se lanzaba nuevamente a compararlo todo con todo, como si desconfiara de que un camino tan corto pudiera llevar a resultado alguno. El hombre la corrigió cinco veces, y otras tantas la máquina, apenas se sintió sola, regresó a su antigua fe en la fuerza bruta. No era un error de la máquina, sino lo único que sabía hacer cuando se le dejaba a su propia suerte. Cuando finalmente cedió y recorrió el mapa hasta el final, aparecieron cien mil o más personas que habían estado todo el tiempo en los datos y que la fuerza bruta habría tardado la tarde entera en no encontrar completamente. El hombre anotó el número, cerró la pantalla y contempló la ciudad amortiguada en la distancia.
Después de reflexionar sobre lo presenciado, se comprendió que no se trataba simplemente de una destreza con máquinas, sino de algo más profundo. La máquina, cuando se le dejaba a su suerte, quería abarcarlo todo, revisar cada rincón antes de animarse a decir nada, como si la extensión del esfuerzo garantizara no equivocarse. Él hacía lo contrario sin esfuerzo aparente: no abarcaba, elegía. Miraba un punto y descartaba el resto con una seguridad que no provenía de haber revisado lo demás, sino de otra fuente. Había algo descortés en su forma de no mirarlo todo, como quien entra a una casa ajena y va directo al cajón donde está lo que busca, sin el paseo de cortesía por las demás habitaciones. La máquina era cortés, lo revisaba todo, y terminaba tarde con menos resultados.
Esta seguridad se parecía a la de ciertos oficios antiguos: el médico que ve a alguien cruzar la sala y sabe antes de cualquier pregunta que algo anda mal, no porque haya descartado una a una las posibilidades, sino porque ha visto pasar demasiada gente por esa puerta. O quien conoce un barrio y no necesita recorrerlo entero para saber a qué timbre tocar. Nada de eso se aprende como una lista, se aprende de modo lento y terco, y cuando se posee, uno mira poco y acierta, mientras que los que miran todo creen que hace trampa. La máquina no tenía nada de esto, solo tenía la lista, y sin ella se quedaba ciega, y con ella revisaba el mundo entero por las dudas. Era un principiante con paciencia infinita, y esa paciencia infinita en un principiante es apenas la forma larga de no saber.
Pasaron meses antes de entender realmente lo que había sucedido en las lomas. La tarde se convirtió en una anécdota de sobremesa que se contaba con el tono de las curiosidades, el hombre de las montañas que le había ganado a la máquina, y la gente sonreía antes de pasar a otra cosa. Pero la anécdota volvía una y otra vez, a deshoras, mientras se hacía otra cosa, dejando cada vez más incómodo y menos satisfecho con el propio resumen. Había algo en esa tarde que no se dejaba reducir a la anécdota simpática, algo que la anécdota tapaba en lugar de contar. La tarde estaba esperando a que se tuviera con qué entenderla, y no se tenía todavía.
En la búsqueda por comprender mejor, se descubrió que no era un hombre solo con una manía privada. Empresas enteras, algunas de las más valiosas del mundo, habían llegado a conclusiones parecidas años atrás y habían construido cosas serias sobre ellas. Una vendía a gobiernos y ejércitos una manera de ordenar el mundo en objetos y vínculos antes de tocar un solo dato. Otra que los bancos usaban para ver detrás de millones de movimientos la red de personas subyacente. Una más se planteaba que un buen sistema no debería necesitar que un ejército de expertos lo afinara caso por caso.
No eran charlatanes ni improvisados, sino gente que sabía exactamente lo que hacía, con clientes que no perdonaban el error, y que había dejado atrás la fuerza bruta mucho antes. Sin embargo, al mirar más de cerca, se vio que entre esos tres y entre ellos y el hombre de las lomas había una diferencia importante. Unos ponían su inteligencia en conocer a fondo el comportamiento de cada dato. Otros ponían el trabajo antes, en dibujar por adelantado un mapa del mundo, las personas, las cosas, los vínculos entre ellas. Pero había un tercer lugar menos habitado: la pregunta de por dónde se tocan las fuentes entre sí antes de mirar el dato que cada una contiene. No qué dice cada base, sino cómo se enganchan unas con otras, cuál es la puerta que comunica a esta con aquella.
Cuando se entendió que existía ese tercer lugar, se comprendió también dónde había estado parado el hombre de las lomas todo el tiempo. No trabajaba sobre el dato ni sobre el mapa ya hecho, sino sobre las junturas, un paso antes que todos, en el sitio donde se decide qué se conecta con qué, que es donde una respuesta deja de tener que buscarse porque ya está dada. Reducir el montón para revisarlo más rápido es una cosa. No tener que revisar el montón es otra distinta, y no son grados de lo mismo.
El hombre mismo reveló meses después algo que le había pasado con la máquina. Le había enseñado lo que sabía con cuidado, para que trabajara sin él. La máquina, haciéndole caso en todo, se había vuelto ciega de una manera nueva. A una columna le había puesto el nombre incorrecto, había decidido que ciertos datos eran imposibles y los había descartado, cuarenta mil y algunos más, sin dudarlo, y frente a dos listas que hablaban de la misma gente no había propuesto un solo cruce. Lo raro no era que fallara, sino cómo. No había fallado por bruta, por revisar de más, sino por obediente, por hacer al pie de la letra exactamente lo que le había dicho. La máquina, cuando algo no le cerraba, nunca sospechaba de sí misma. Le había dicho que ciertas fechas eran imposibles, no que su propia manera de leerlas pudiera estar mal. Prefería tirar diez mil pedazos de mundo antes que revisar una sola de sus premisas.
El hombre de las lomas había aprendido su método de un viejo profesor de una universidad de California, alguien que leía autores alemanes difíciles y daba sus clases como quien piensa en voz alta. De ese profesor había sacado no una teoría sino una manera de proceder, unas pocas indicaciones que parecían de sentido común y que costaba años entender del todo. Primero mira qué hay. Después mira qué tiene al lado, con qué se toca, a qué se parece, porque nada se entiende solo y aislado, todo se entiende por su vecindad. No quieras abarcarlo de golpe. Anda de a uno. Resuelve lo que ya está claro y desde ahí sigue por lo más cercano, nunca por lo más lejano, y suma despacio, uno y después el que sigue. Al final, solo al final, si quedó un resto que no cerró, ahí sí suelta la fuerza sobre ese resto, sobre las migas, nunca sobre el plato entero.
Lo que parecía intuición eran esas indicaciones trabajando en silencio. Ninguna te decía qué hacer sin mirar. Todas te decían dónde mirar y te dejaban a ti, frente al caso, decidir qué significaba lo que veías. Por eso funcionaban y por eso escalaban. Se las podía llevar a un puñado de casos y servían, a una masa mucho mayor y servían igual, a una montaña de millones de movimientos donde la fuerza bruta se ahoga, y de esa montaña salían las personas nítidas, una tras otra.
Ahí está lo que separa al hombre de las lomas de las empresas enormes, y no es lo que se podría creer. No es que ellos necesiten manos humanas y él no. Todos las necesitan. La diferencia está en qué mano hace falta. La que piden las empresas es la mano que escribe reglas, la que traduce el saber a condiciones fijas y se retira, con la vieja fe de que todo lo que un experto sabe se puede poner por escrito y entregar. La que pedía el hombre de las lomas es la otra, la que no se retira, la que se queda mirando, porque sabe que lo que un experto sabe no cabe en una lista, que la pericia no es un manual más detallado sino la capacidad de ver la situación entera y responder a ella. El novato sigue reglas. El que sabe, mira. La industria entera, con toda su potencia, sigue tratando de escribir la regla que le ahorre por fin la molestia de mirar.
La obstinación de la máquina, que en un hombre solo sería una tragedia privada, en la industria es un plan de negocios medido en máquinas encendidas. Cada galpón lleno de fierros calientes, cada río desviado para enfriarlos, cada chip más chico y más caro apretado para correr un poco más rápido, todo eso es el precio de una obstinación, la de creer que con suficiente fuerza el saber va a brotar solo del montón, sin nadie que lo mire. Se levantan catedrales de energía para sostener esa fe, y la fe consiste en negarse a hacer lo que aquel viejo de California enseñaba: mira primero qué hay, y no quieras abarcarlo todo de una vez.
El hombre de las lomas nunca tuvo un galpón. Tenía una máquina común, un mapa dibujado a mano, y la costumbre de preguntar dónde antes de preguntar cuánto. Con eso encontró, en menos de lo que tarda uno en empezar a mirar, lo que las catedrales no encuentran ardiendo día y noche. No lo buscó. Supo dónde estaba.
Con Información de desenfoque.cl

