Domingo, 6 de Septiembre de 2026
Nacional

Nacionalismo moderado: los límites de la identidad patriótica en debate

Existe una distinción entre quienes practican el patriotismo mediante el discurso y quienes lo demuestran con acciones concretas. Mientras los primeros enfatizan temas como la bandera, la soberanía y las fronteras, los segundos asumen la responsabilidad de actuar cuando los intereses nacionales están comprometidos.

En el caso del Presidente José Antonio Kast, su patriotismo comienza a mostrar una flexibilidad cuestionable. Si bien se muestra decidido a librar batallas culturales contra la izquierda chilena, su postura cambia notablemente cuando las declaraciones provienen de Buenos Aires y cuestionan intereses estratégicos de Chile. En estas circunstancias, el gobierno modera su discurso, la Cancillería emite explicaciones y la amenaza se redimensiona como una simple “diferencia de interpretación”.

Sin embargo, la situación actual trasciende una disputa ideológica en redes sociales. Se trata del Estrecho de Magallanes.

En las últimas semanas, Argentina ha emitido una serie de señales que cualquier gobierno preocupado por la soberanía debería monitorear cuidadosamente. Declaraciones del ámbito militar argentino han hablado sobre la necesidad de aumentar la presencia argentina en el extremo sur. El canciller Pablo Quirno ha reactivado el concepto de una Argentina “bicontinental y bioceánica” justo cuando aún estaba vigente la discusión sobre el Estrecho de Magallanes.

Patricia Bullrich fue más explícita al defender el fortalecimiento militar de Tierra del Fuego, mencionando la necesidad de ejercer presencia y control sobre espacios estratégicos, incluyendo el Atlántico Sur, la Antártica y el Estrecho de Magallanes.

El Estrecho de Magallanes pertenece a Chile. No es argentino, no es compartido, no es una zona de influencia argentina, y ciertamente no forma parte de un proyecto geopolítico que Buenos Aires pueda reclamar como propio.

Seis excomandantes en jefe de la Armada de Chile emitieron una carta pública advirtiendo sobre la continuidad de decretos argentinos que hacen referencia al control conjunto del Estrecho de Magallanes y del Paso Drake. En su misiva, recordaron que la historia aconseja “prudencia, pero también firmeza”.

No se trataba de dirigentes partidarios ni parlamentarios en busca de titulares. Eran excomandantes en jefe de la Armada, y su advertencia merecía una respuesta más significativa que simples declaraciones administrativas.

Los exalmirantes recordaron el precedente de 1978, cuando Argentina declaró nulo el Laudo Arbitral sobre el Beagle. La soberanía no se defiende esperando a que el problema se convierta en crisis, sino evitando que las ambigüedades se transformen en hechos consumados.

Mientras estos eventos ocurrían, Javier Milei visitó Chile. Durante su permanencia en territorio chileno, utilizó una tribuna política para insultar a la izquierda, refiriéndose a “zurdos mugrosos”, atacar la memoria histórica chilena y presentar el derrocamiento de Salvador Allende como parte de su propia epopeya política.

Posteriormente se reunió con Kast en La Moneda y ambos firmaron una declaración conjunta.

Aquí emerge la contradicción más incómoda. Mientras Milei insulta a una parte significativa de los chilenos desde suelo chileno, su gobierno mantiene abiertas discusiones estratégicas respecto del extremo austral. La respuesta del Presidente chileno parece diseñada para no incomodar excesivamente al visitante.

Kast sí ha tenido momentos de firmeza. Antes de la reunión bilateral afirmó que Argentina no tiene ni tendrá control sobre el Estrecho de Magallanes. Sin embargo, un Presidente no puede ser firme un día y diplomáticamente evasivo al siguiente, especialmente cuando después de la reunión aparecen nuevas declaraciones desde Buenos Aires.

Mientras en Santiago se intentaba cerrar la controversia, el canciller argentino volvía a hablar de una Argentina “bioceánica”, y Bullrich reiteraba el concepto de control estratégico del Estrecho.

La pregunta resulta inevitable: ¿quién está bajándole el perfil a quién? ¿El gobierno chileno está administrando responsablemente una diferencia diplomática o está evitando enfrentar a un aliado ideológico?

Cuando la oposición reclama, la respuesta oficial sugiere no exagerar. Cuando aparecen declaraciones argentinas, se busca una interpretación benigna. Cuando los excomandantes de la Armada advierten, se apela a la prudencia. Y cuando un embajador de Estados Unidos formula declaraciones extraordinariamente delicadas sobre Chile, también aparece la explicación tranquilizadora.

Brandon Judd, embajador de Estados Unidos en Chile, afirmó que la “Doctrina Monroe” ya se está aplicando en Chile y agregó que con una administración como la de José Antonio Kast, hacerlo resulta “muy fácil”. Esta frase debería haber provocado un impacto político significativo.

Una cosa es que Chile tenga cooperación con Estados Unidos. Otra completamente distinta es que un embajador extranjero diga públicamente que una doctrina destinada a ampliar la influencia estadounidense en el hemisferio occidental resulta particularmente fácil de implementar bajo el actual gobierno chileno.

La respuesta de Cancillería fue nuevamente bajar la temperatura. El canciller Francisco Pérez Mackenna declaró que desconocía el significado de que Chile aceptara la “Doctrina Monroe” y negó la existencia de una declaración chilena aceptando esa política.

Pero existe una inconsistencia fundamental. El mismo gobierno que construyó buena parte de su identidad política sobre la defensa irrestricta de la soberanía nacional parece tener dificultades para responder cuando son Estados Unidos o Argentina quienes hablan de zonas de influencia, control estratégico o intereses geopolíticos.

Surge entonces la pregunta que nadie formula: ¿dónde termina la alianza ideológica y dónde comienza el interés nacional?

Kast firmó en 2020 la Carta de Madrid junto a Milei y otros dirigentes de la derecha internacional. Hoy ambos aparecen como protagonistas de una misma red política continental, y el Foro Madrid se realiza en Santiago. El propio Kast reivindicó esa carta durante el encuentro y habló de la necesidad de defender una agenda común de libertad, propiedad privada y Estado de derecho.

Sin embargo, un Presidente de Chile no fue elegido para defender una internacional ideológica, sino para proteger los intereses de Chile. Esos intereses incluyen algo considerablemente más importante que cualquier amistad política: la soberanía nacional.

Milei puede ser amigo político de Kast, puede compartir su visión ideológica, puede ser un aliado internacional, puede firmar documentos con él y sacarse fotografías en La Moneda. Pero cuando desde su gobierno aparecen declaraciones que involucran al Estrecho de Magallanes, la respuesta de Chile no puede depender de la amistad entre dos presidentes.

Las fronteras no responden a ideologías de izquierda ni derecha. La soberanía no es progresista ni conservadora. El territorio del Estrecho de Magallanes no pertenece a ninguna corriente política. Magallanes es Chile.

Aquí es donde el supuesto patriotismo de Kast enfrenta su prueba más incómoda. Es fácil declararse patriota cuando el adversario está en el Congreso. Es fácil levantar la bandera cuando el enemigo es el Frente Amplio. Es fácil hablar de soberanía cuando se trata de perseguir narcotráfico o militarizar fronteras.

Lo difícil es defender los intereses nacionales cuando quien cruza la línea es un amigo. Lo difícil es decirle a Milei que aquí se detiene la relación. Lo difícil es informarle a Bullrich que ese territorio no está en discusión. Lo difícil es comunicarle al canciller argentino que Chile no acepta ambigüedades sobre su soberanía. Lo verdaderamente difícil es señalarle a Washington que Chile puede cooperar con Estados Unidos, pero no está disponible para convertirse en un territorio de influencia.

Eso sería patriotismo. Lo demás es mercadotecnia política.

El patriotismo que sirve únicamente para atacar al adversario interno no es patriotismo, es una herramienta electoral. Chile necesita algo mucho más serio: un Presidente que entienda que las alianzas ideológicas tienen fecha de vencimiento, pero las fronteras permanecen.

Javier Milei puede ser amigo de Kast, pero Argentina no puede poseer una sola pulgada de territorio chileno. Estados Unidos puede ser socio estratégico, pero Chile no es un protectorado. Y la soberanía no se negocia para proteger amistades políticas.

Kast llegó a La Moneda prometiendo orden, autoridad y defensa de Chile. Ahora llegó el momento de demostrarlo.

La verdadera prueba del patriotismo no consiste en gritar más fuerte que el adversario, sino en tener la valentía de decirle al amigo, al aliado y al poderoso exactamente lo mismo: Chile es Chile, y su soberanía no está en venta.

Con Información de desenfoque.cl

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Redacción.

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