La violencia humana no constituye un destino biológico inevitable, sino una consecuencia histórica de un genocidio civilizatorio. Hace 4.500 años, la invasión de pueblos esteparios patriarcales exterminó sociedades matrifocales como Çatalhöyük y Vinča, donde prevalecían la equidad, el culto a lo sagrado femenino y estructuras matrilineales. Los invasores kurgánicos impusieron jerarquías, dioses guerreros y un trauma fundacional que aún persiste: normalizó la dominación y fracturó la conexión sagrada con la vida.
Mediante masacres, dominación violenta y sustitución genética que reemplazó más del 90% de linajes masculinos en Europa e India, los invasores impusieron un modelo de jerarquía y competencia que hoy se denomina patriarcado.
Este trauma fundacional, y no la naturaleza humana, origina guerras, feminicidios y soledad moderna. La ciencia confirma que en el 70% de las especies de primates no existe dominancia masculina, y la biología evolutiva nos diseñó para la conexión social, no para la violencia. Sanar esta herida implica recuperar la esencia humana: el amor como fundamento biológico de lo social.
Desde las tragedias griegas hasta las constelaciones familiares, un hilo invisible conecta heridas antiguas con traumas contemporáneos. Las Furias —diosas de la venganza de la mitología griega— habitan hoy el inconsciente colectivo como trauma ancestral no resuelto del genocidio civilizatorio: la imposición violenta del patriarcado sobre sociedades matrifocales pacíficas.
Pueblos esteparios como los Kurganes o Yamnaya, con superioridad bélica gracias al dominio del caballo y armas de bronce, arrasaron culturas matrísticas igualitarias donde la tecnología servía a la vida. Este evento constituyó un exterminio epigenético y psicosocial que aún se manifiesta en la cultura de desconfianza, competencia y violencia machista.
Sin embargo, esta violencia no es biológica. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, que analizó 121 especies de primates, reveló que solo el 17% muestra dominancia masculina estricta. En el 70% de las poblaciones, las relaciones de poder entre machos y hembras son ambiguas o compartidas. Según Dieter Lukas, coautor del estudio: “Los humanos no formamos parte de un grupo de especies donde el poder esté fijado hacia un solo sexo”. La supuesta naturaleza violenta del hombre constituye un mito proyectado por sesgos culturales, no un hecho evolutivo.
Las Furias encarnan lo que hoy se reconoce como trauma transgeneracional transmitido epigenéticamente. Su persecución refleja el dolor del exterminio de sociedades donde el amor era la base biológica de lo social. Humberto Maturana señaló: “El amor es el fundamento biológico del fenómeno social. Sin aceptación del otro, no hay humanidad”. Estas culturas matrifocales se organizaban en torno a la crianza comunal, la cooperación y el respeto a los ciclos naturales.
Su aniquilación por invasores patriarcales creó una civilización caracterizada por desconexión inicial. Más del 50% de los embarazos mundiales son no deseados. En Chile, solo el 20% de los recién nacidos recibe contacto piel con piel tras el parto. Estos vacíos iniciales de protección crean adultos disociados cuyo “yo superviviente” construye sistemas de dominación.
Esta desconexión contradice la biología evolutiva. Durante el 99,8% de la historia humana, los humanos vivieron en tribus donde “hacía falta una aldea para criar a un niño”. La dependencia prolongada de los bebés humanos exigía redes de cuidado colectivo. Los homínidos dedicaban 4 a 6 horas diarias a recolectar alimentos, dejando tiempo para convivencia alrededor del fuego. La lactancia prolongada, además de nutrición, regulaba la natalidad y fortalecía vínculos. Gabor Maté sintetiza: “Si la historia humana se redujera a un día, vivimos en comunidad 23 horas y 54 minutos”.
Las Furias representaban una justicia sin piedad, ajena a contextos. Hoy, ese impulso pervive en el culto a la venganza disfrazada de equidad. Frente a esto, la biología del amor resurge en ejemplos concretos: En una tribu canadiense no existen palabras como “culpa” o “asesino”. Al que daña se le llama “mal enseñado o enfermo”. Ante un crimen, la familia de la víctima adopta al agresor, practicando lo que Maturana denomina “aceptar al otro como legítimo otro”.
Esto refleja la naturaleza profunda humana: en primates como los bonobos, las hembras ejercen poder mediante alianzas cooperativas y control reproductivo, no mediante violencia. Solo en especies donde los machos son significativamente más grandes, como gorilas, o donde hay harenes, como babuinos, la dominancia masculina es clara.
La aptitud social constituye un producto evolutivo: los humanos llegaron a la cima de la cadena alimenticia no por fuerza física, sino por cooperación flexible a gran escala. Maturana advierte: “Vivimos inmersos en una sociedad que enfatiza la competencia, esencialmente antisocial, generando apropiación excluyente”. El individualismo moderno es una patología cultural, no un designio biológico. El 52% de estadounidenses reporta soledad crónica.
Mientras en constelaciones familiares emergen heridas de dictaduras, se practica una eugenesia silenciosa que replica la lógica kurgan de exterminio: Islandia elimina casi el 100% de fetos con síndrome de Down; Dinamarca el 98%. Esta selección de “vidas válidas” replica el genocidio que borró sociedades matrísticas.
Este desprecio por lo vulnerable es síntoma de la desconexión biológica que Hannah Arendt identificó como “banalidad del mal”. El aislamiento social moderno genera un estado de amenaza constante que erosiona la empatía. La sociogenómica demuestra que el aislamiento crónico altera la expresión génica, elevando marcadores inflamatorios. El cirujano general Vivek Murthy señala: “La soledad y la adicción se alimentan mutuamente. Cuando las drogas no están, las emociones regresan”.
El camino exige desmontar el mito de la violencia biológica y restaurar la esencia cooperativa humana. Integrar el trauma histórico implica reconocer el exterminio de sociedades matrifocales y honrar su legado en culturas indígenas. Recuperar la biología del cuidado requiere partos respetados, apego seguro y lactancia como acto político.
Reconstruir la aldea implica recuperar prácticas de aptitud social que imitan la evolución: conexión en persona priorizando contacto físico, alegría empática celebrando logros ajenos sin comparación, servicio comunitario fomentando interdependencia, y espacios de introspección para reconectar con uno mismo.
Las Furias no son mito: son el trauma colectivo que grita en talleres y guerras. El psicoterapeuta Franz Ruppert advierte: “Detrás de cada bomba nuclear y cada feminicidio hay un niño no deseado. La única cura es desarmar primero ese dolor”.
La reconciliación exige transformar las Erinias en Euménides mediante política sagrada: abolir la eugenesia prenatal, honrar a las víctimas del genocidio matrifocal y encarnar el amor de Maturana rechazando la cultura de competencia.
La violencia no es una fatalidad genética: es el síntoma de un trauma civilizatorio que puede sanarse. Al restaurar prácticas basadas en la biología cooperativa —crianza colectiva, igualdad de género natural y conexión comunal— se desactivan las Furias modernas. El futuro exige un amor afirmativo revolucionario: afirmar el destino como especie social para convertir la tragedia en ceremonia de reconexión.
Con Información de desenfoque.cl
