El éxito de la ultraderecha requiere considerar conjuntamente la inseguridad material, la desconfianza institucional, la experiencia histórica de transformación y la búsqueda de reconocimiento e identidad.
La Alternativa para Alemania (AfD) alcanzó el 20,8% de los votos en las elecciones federales de 2025, posicionándose como la segunda fuerza política nacional. Sin embargo, su apoyo fue considerablemente mayor en los cinco estados que formaron parte de la antigua República Democrática Alemana: Sajonia, Turingia, Sajonia-Anhalt, Brandeburgo y Mecklemburgo-Pomerania Occidental. El porcentaje de voto de la AfD en el este de Alemania fue aproximadamente el doble que en el oeste.
La experiencia histórica de la RDA juega un papel importante en la aparición y el enorme crecimiento actual de la ultraderecha. Existió una contradicción progresiva entre la base material del sistema socialista y una parte importante de las ideas, valores y aspiraciones que dominaban la sociedad. Entre la producción organizada bajo relaciones socialistas y unas aspiraciones de consumo cada vez más determinadas por referentes capitalistas se fue abriendo una brecha.
El socialismo real fue incapaz de construir y difundir nuevos paradigmas culturales capaces de competir con la poderosa atracción simbólica del capitalismo occidental. En el terreno de las ideas, no consiguió generar modelos alternativos suficientemente atractivos frente a los ofrecidos por el capitalismo. La lucha cultural constituye una dimensión estratégica de la lucha de clases, y parece que la ultraderecha lo ha comprendido mejor que una parte importante de la izquierda.
El colapso de la RDA fue resultado de una combinación de factores: problemas económicos, derrota en el terreno de las ideas, pérdida de legitimidad política, comparación permanente con Occidente y el cambio de orientación de la política soviética durante los años finales del sistema. Aunque no existe una relación causal directa entre la derrota del socialismo y el crecimiento de la ultraderecha en el este alemán, sí existen condiciones heredadas que han contribuido a crear un terreno favorable, como la pérdida de confianza en las instituciones del Estado y la incapacidad de determinados mecanismos institucionales para canalizar adecuadamente el descontento social.
La transformación económica posterior a 1990 fue probablemente el factor determinante. La desaparición o profunda reestructuración de numerosas industrias, la emigración de población joven hacia el oeste, la pérdida de servicios públicos y comerciales en determinadas zonas rurales y el debilitamiento de numerosas estructuras sociales produjeron fuertes desequilibrios territoriales que alimentaron sentimientos de inseguridad, abandono y pérdida de perspectivas.
La reunificación significó también la incorporación de la población de la antigua RDA a un marco social y cultural en el que muchas de sus experiencias, biografías y conocimientos fueron percibidas como inferiores o simplemente no fueron reconocidas. Millones de personas experimentaron una ruptura biográfica: profesiones desaparecieron, trayectorias laborales perdieron valor, instituciones fueron desmanteladas y buena parte de las élites fueron ocupadas por profesionales de occidente.
Hoy se suma el temor a una nueva pauperización ante las reformas sociales impulsadas por el Gobierno de Friedrich Merz. Los niveles salariales continúan siendo inferiores en el este de Alemania respecto del oeste, siendo los sueldos un 15% menor que en el oeste. Merz proyecta para una parte de la población la imagen de un canciller distante, más cómodo en los círculos empresariales que frente a las preocupaciones cotidianas de amplios sectores sociales. Su estilo, percibido por muchos como poco empático, contrasta con una creciente sensación de inseguridad económica y social.
La ultraderecha ha logrado transformar estas experiencias en un discurso político que atribuye las dificultades a determinados grupos: las élites políticas de Berlín y Bruselas, los inmigrantes, las minorías o determinados sectores de la sociedad, ofreciendo explicaciones sencillas para problemas complejos.
En la elección regional de Sajonia-Anhalt del 6 de septiembre de 2026, la AfD obtuvo el 43,8% de los votos y 39 de los 83 escaños del Landtag, mientras que la CDU quedó reducida al 17,2% y obtuvo solamente 15 escaños. La participación electoral alcanzó aproximadamente el 77,8%, una cifra extraordinariamente elevada. El resultado de la AfD supone más del doble de su porcentaje en las elecciones regionales de 2021, cuando obtuvo el 20,8% y 23 escaños.
Aunque la AfD no tiene mayoría absoluta y no puede formar gobierno por sí sola, se encuentra a solamente tres escaños de la mayoría absoluta. La distribución provisional de los 83 escaños es la siguiente: AfD, 39; CDU, 15; SPD, 8; Verdes, 8; Die Linke, 8; y BSW, 5. Por tanto, la AfD necesita 42 escaños para alcanzar la mayoría absoluta.
Existen varios escenarios posibles. Un gobierno de la AfD con apoyo externo supondría una ruptura histórica: sería la primera vez que una fuerza de ultraderecha clasificada como extremista por las autoridades de protección constitucional dirigiera un Gobierno regional alemán. El Verfassungsschutz de Sajonia-Anhalt clasifica desde 2023 al partido regional de la AfD como una organización de extrema derecha.
Otra posibilidad sería un acuerdo entre CDU, SPD, Verdes, Die Linke y BSW, que dispondrían de 44 escaños. Matemáticamente sería posible, pero políticamente resulta extremadamente complicado, pues constituiría una constelación inédita cuyo único elemento común sería la voluntad de impedir el acceso de la AfD al Gobierno.
Una tercera alternativa sería un Gobierno minoritario de la CDU, posiblemente con apoyo del SPD y/o de los Verdes, pero sin mayoría parlamentaria propia. Este Gobierno tendría que negociar permanentemente con otros partidos para aprobar presupuestos y leyes. Para la CDU sería una situación especialmente incómoda, porque tendría que mantener simultáneamente sus líneas rojas respecto de la AfD y de Die Linke.
Finalmente, si fracasan las negociaciones, podría producirse una situación de bloqueo parlamentario que eventualmente condujera a nuevas elecciones. Sin embargo, unas nuevas elecciones no garantizarían una solución y podrían reforzar todavía más a la AfD.
El mayor efecto político del triunfo de la AfD quizá no sea una modificación inmediata de la vida cotidiana, sino que una fuerza que el Verfassungsschutz considera de extrema derecha pase de la oposición a dirigir un Gobierno regional, suponiendo una enorme legitimación política y contribuyendo a normalizar su presencia en las instituciones.
El Verfassungsschutz sostiene que la organización regional de la AfD actúa contra principios esenciales del orden democrático y constitucional, entre ellos la dignidad humana y el principio democrático. La AfD plantea una política migratoria mucho más restrictiva, incluyendo deportaciones y cambios importantes en las políticas de integración, lo que puede traducirse en una mayor sensación de inseguridad jurídica y social para las personas migrantes o con antecedentes migratorios.
Existe temor de que se debilite la cultura democrática y, particularmente, la educación sobre el nazismo y la memoria histórica. Un Gobierno de la AfD podría incrementar considerablemente el enfrentamiento entre población autóctona y migrantes, entre el este y el oeste de Alemania y entre los diferentes sectores políticos y sociales.
Existe preocupación por una eventual pérdida de inversiones o por las consecuencias que una política hostil hacia la inmigración podría tener sobre el mercado laboral. Determinados sectores como la agricultura, la sanidad, los cuidados y numerosas actividades industriales y de servicios dependen en parte de trabajadores de origen migrante.
Si la AfD consiguiera formar por primera vez un Gobierno regional, se rompería un tabú político fundamental de la Alemania de posguerra. Esto podría fortalecer a la AfD a escala nacional y aumentar la presión sobre la CDU y sobre otros partidos para replantear el llamado Brandmauer, la barrera política frente a la cooperación con la AfD. Una eventual entrada de la AfD en un Gobierno regional podría convertirse en un precedente para otros estados federados y, finalmente, para la política federal.
Conviene no exagerar las consecuencias inmediatas. Los gobiernos de los estados federados tienen competencias limitadas. Un Gobierno de Sajonia-Anhalt no podría cambiar unilateralmente la política migratoria de toda Alemania, abandonar la Unión Europea etc. Muchas de las cuestiones fundamentales continúan siendo competencia del Gobierno federal o de las instituciones europeas. Por eso, el peligro más inmediato no es que mañana cambie radicalmente la vida cotidiana en Sajonia-Anhalt. El peligro es político y simbólico.
La victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt no puede explicarse únicamente por la crisis económica actual, ni por la inmigración, ni por la política de Friedrich Merz, ni tampoco exclusivamente por la herencia de la RDA. Es el resultado de una acumulación histórica en la que confluyen la derrota del socialismo real, la pérdida de legitimidad de las instituciones, la transformación económica posterior a 1990, la emigración de población joven, las desigualdades territoriales, la sensación de abandono de determinadas regiones, la falta de reconocimiento de numerosas biografías del este alemán, la inseguridad económica contemporánea y la crisis de representación de los partidos tradicionales.
La ultraderecha ha sabido convertir parte de ese malestar en un relato político sencillo, emocional y profundamente identitario. El capitalismo no se reproduce únicamente porque controle los medios materiales de producción. También lo hace porque consigue producir deseos, aspiraciones, valores, imaginarios y modelos culturales.
La izquierda debería haber comprendido hace mucho tiempo que disputar ese terreno es tan importante como disputar el terreno económico. La derrota del socialismo real no fue únicamente una derrota económica o política. Fue también una derrota cultural.
La victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt constituye mucho más que un resultado electoral. Es una señal de alarma que nos obliga a preguntarnos no solamente por qué tantos ciudadanos votan a la ultraderecha, sino también por qué la izquierda ha sido incapaz de ofrecer una alternativa económica, social, cultural y moral capaz de disputar ese espacio.
Con Información de elsiglo.cl

