Existen despedidas que no resultan sencillas, sobre todo cuando el sitio que se abandona llegó a formar parte relevante de la propia historia. Eso fue lo que vivió un adolescente de 15 años que a principios de octubre fue dado de alta de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica Infanto Adolescente (UHPIA) del Hospital de Coquimbo, recinto donde halló respaldo, contención y el afecto de todas las personas que lo acompañaron en ese proceso.
Fuera lo aguardaba su madre, muy conmovida por el comienzo de esta nueva etapa, aunque admite que al principio le costó aceptar que su hijo recibiera apoyo en el establecimiento, ya que se lo imaginaba como un espacio más frío y menos acogedor. No obstante, sus temores empezaron a desvanecerse desde la primera visita, cuando pudo conocer la labor del equipo y la manera en que acompañaban a los pacientes.
“Llegué al hospital sabiendo nada de este lugar. Nosotros ingresamos a través de urgencias, por una situación ocurrida con mi hijo, y ahí me explicaron que existía la derivación a la UHPIA. Tenía un poco de temor, debo reconocer que pedí venir a ver la unidad primero. Sabía que mi hijo necesitaba la atención, pero para mí era como muy fuerte que un niño estuviera en psiquiatría, por el desconocimiento, por la ignorancia y por no conocer el lugar como mamá y como usuaria. Me imaginaba un espacio frío, bueno lo que uno ve en la televisión por decirlo así, pero los profesionales siempre me reforzaron que era lo mejor para él y que estaban las puertas abiertas para que pudiera conocer el lugar”, explica.
“Me siento muy orgulloso de lo que logré estando en la UHPIA”
Para numerosos niños y adolescentes, una hospitalización psiquiátrica puede representar un momento complejo, pero también llegar a ser una experiencia que divide un antes y un después. En el Hospital de Coquimbo, el acompañamiento pretende justamente que este periodo sea una ocasión para recuperar herramientas y volver a contemplar la vida con esperanza.
“Me está costando mucho dejarlo porque es algo muy nostálgico, ya que fue un lugar que me enseñó que la vida es muy corta y bonita como para rendirse y que de todo se sale. La rutina, todas las tías, los tíos, es maravilloso el lugar. Realmente cambia a la gente y me siento muy orgulloso de lo que yo logré estando en la UHPIA”, relata el joven paciente, minutos después de dejar este espacio.
Su vivencia demuestra que una hospitalización puede ser mucho más que un proceso de tratamiento, porque en un momento de especial vulnerabilidad hallar un entorno seguro y edificar vínculos de confianza puede marcar una diferencia en el modo de afrontar las dificultades. Es una experiencia que además modifica la percepción que las familias tienen de la hospitalización psiquiátrica.
“Ellos se sorprenden, ya que aquí no es como en las películas, ¡Al revés! Lo pasan bastante bien y algunos piden pasar directamente a la UHPIA, bueno se va generando un sello. Y tal vez parte de ese sello está puesto en nuestras paredes. Ahora acabamos de pintarlas nuevamente de blanco porque no quedaba espacio de todos los niños que han pasado por acá y ponen sus manitos. Ellos colocan sus manos cuando se van de aquí, así que ese es el sentido, estamos para ayudar a las personas dentro de nuestras capacidades”, indica el Dr. Héctor Carrasco, psiquiatra de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica Infanto Adolescente del Hospital de Coquimbo.
Terapia farmacológica y un programa estructurado de actividades
En la primera visita a la UHPIA, la madre del adolescente rememora que el ambiente era muy tranquilo. Observar a otros adolescentes con su propia ropa y compartiendo entre ellos le dio confianza. También resalta que los profesionales supieron orientarla y transmitirle seguridad en el momento preciso.
“Uno como mamá entra en todos los estados de ánimo, de negación, todo, y lo ve todo mal. De verdad le diría a otros padres que hay que hacerlo. Acá están en un lugar adecuado, tranquilo, con una rutina de sueño y de descanso, con pautas establecidas, vienen los psiquiatras, los médicos, las terapeutas, la psicóloga y todo el equipo en general. Todos juegan con ellos, los acompañan, hacen talleres de cocina y diferentes cosas, es que a veces se han olvidado de ser niños y acá vuelven a la rutina que deberían tener. El estar con su cabeza descansada y dormir sus horas suficientes se nota, yo a las 24 horas de estar acá le vi a mi hijo su cara más descansada. Ya no estaba con esas ojeras terribles, no era ese cansancio, esa irritación, si bien es cierto que estaba medicado, ya se sentía que su cuerpo físico estaba descansando”, señala.
Quienes ingresan a la UHPIA lo hacen por medio de la Unidad de Emergencia, desde donde son derivados a Pediatría para después ser evaluados por un profesional de Psiquiatría, quien determina su incorporación a la unidad.
“Ellos llegan con dolor, con pena, con rabia, por intento suicida o con su mente confundida. Sin duda, el trabajo de la familia nos permite poner límites, porque a veces hay sistemas familiares que tienen sus conflictos que no son solucionables en una hospitalización y deben seguir siendo tratados en la parte ambulatoria y trabajados desde un modelo bastante más integral. El niño es un 30% de síntomas por enfermedad biológica y el 70% es la familia, el entorno, tal como un pececito en el agua. Si el agua está contaminada, el pececito no respira. Y en ese sentido, todos necesitamos que nuestro entorno sea bueno, pero ellos también entienden que no pueden solos”, complementa el Dr. Héctor Carrasco.
Para respaldar este proceso, en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica Infanto Adolescente no se autoriza el acompañamiento diario de los padres. En cambio, se realizan visitas tres veces por semana, supervisadas por el equipo médico. Asimismo, junto con la terapia farmacológica, el tratamiento incluye un abordaje conductual y un programa estructurado de actividades que aporta a la recuperación de cada paciente.
“Todos se duchan, se lavan sus dientes, hacen su cama y después toman desayuno. Se controlan sus signos vitales y son evaluados por el psiquiatra o la psicóloga. Después tienen alguna terapia que puede ser grupal con el kinesiólogo, y luego el aula hospitalaria, donde tienen clases de Educación Física, de Música, de Teatro o hacen manualidades, y también participan en talleres de repostería. En la tarde reciben su visita presencial o videollamada con familiares, toman once, ven alguna película o realizan alguna actividad motora, y en la noche parten su terapia farmacológica. Ellos se duchan, comienzan con aromaterapia los que tienen dificultades para conciliar el sueño, pero a las 9 de la noche ya están todos durmiendo, alcanzando unas 10 horas de sueño continuo, que es parte de lo que esperamos que puedan lograr aquí”, comenta Andrea Avilés, enfermera jefa de la UHPIA.
Plan individual para abordar las desregulaciones
Una de las consultas más frecuentes de padres y tutores es cómo se maneja en la unidad algún desajuste conductual, pues temen que se los mantenga amarrados. Ante estos casos, Andrea explica que lo primero es conversar con el paciente para conocer cuáles son sus opciones frente a alguna desregulación emocional.
“Le preguntamos qué le gustaría que hiciéramos. Si quiere que me acerque o que le dé su espacio, que conversemos, que le ponga música o si quiere estar en un lugar solo. De esa manera tenemos un plan individual para cada niño sobre cómo enfrentar situaciones difíciles. Hay algunos que al ingreso requieren atención y vigilancia 24/7, y trabajamos con un TENS que efectivamente anda todo el tiempo con el paciente, hasta cuando el riesgo o la ideación suicida, por ejemplo, va disminuyendo. Muchas veces los padres tienen miedo del manejo de las personas con agitación psicomotora, pero el equipo está entrenado en trabajar la contención desde lo ambiental, pasando por lo verbal, lo farmacológico, y en último momento o como medida de salvataje, realizamos la contención mecánica o física. De todos los hospitalizados durante este año, solo hemos requerido una contención física, y por un periodo muy corto”, aclara.
El promedio de permanencia en la UHPIA fluctúa entre 14 y 21 días, tiempo en el que los propios padres ya advierten cambios.
“Lo veo bien, más tranquilo, descansado, más sereno, también ha asumido su tratamiento. Sé que necesita una terapia larga, pero ya esto es el comienzo. Mi hijo igual tiene 15 años, tocó fondo, para mí fue terrible, lo es todavía, pero se puede, aunque obviamente no se puede solo. Le diría a cualquier padre o familia que esté en esta situación que hay que confiar en los profesionales, porque ellos tienen la preparación y nosotros tenemos el amor de madre, de padre, y si nos unimos con este equipo, hay muy buenos resultados”, destaca la madre del joven paciente.
Con el acompañamiento de los equipos de salud y el respaldo de su hogar, los niños y adolescentes pueden recuperar de manera progresiva su bienestar y comenzar una nueva etapa en sus vidas. Así lo reflejan las experiencias de este joven y su madre, que muestran cómo una hospitalización no define a una persona, sino que puede transformarse en una oportunidad para detenerse, recibir apoyo y hallar nuevas razones para continuar.
Con Información de www.elcoquimbano.cl




