Martes, 20 de Octubre de 2026
Nacional

Opinión: Encienda su luz sin apagar la indignación

Ante un mundo que parece arder, una parábola antigua propone iluminar el espacio propio, el cuarto donde cada persona se encuentra. La idea encierra bastante verdad, aunque también contiene un aspecto que merece ser puesto en discusión.

En las redes sociales se difunde un diálogo entre un discípulo y su maestro. El discípulo dice: «Están pasando cosas horribles en el mundo, y no sé qué hacer». Agrega: «Me pongo triste. No quiero hacer la vista gorda y tal vez me siento culpable por estar bien cuando otros están muy mal». Muchos podrían reconocerse en esa confesión: la impotencia de quien recibe información todo el tiempo y no puede hacer nada con lo que sabe.

El maestro contesta con una escena de la vida cotidiana. Cuando alguien se va a dormir, apaga las luces de la cocina y del patio, y enciende la de su habitación, porque ese es el lugar que le corresponde. En el mundo ocurre algo parecido: si hay una guerra y uno no está en ella, se debe a que no le toca estar allí. En el lugar donde uno se encuentra, debe encender su luz: compartir si tiene, aportar si puede, dar consejo si sabe, formar parte de la belleza. «El mundo, cuando está a oscuras, necesita más luces prendidas».

LO QUE CONSIDERO VERDADERO

En primer lugar, está la escala. Ninguna persona puede sostener el dolor de todas las demás. Quien lo intenta acaba exhausto, y alguien exhausto no sirve de ayuda a nadie. Lo que sí está a su alcance es una acción concreta, pequeña y próxima; eso ya produce un cambio en el cuarto, en la casa o en el barrio.

En segundo lugar, aparece la culpa por estar bien. En mi labor con constelaciones la observo a menudo: personas que se niegan a vivir con alegría porque otros padecen o padecieron. Es una clase de lealtad invisible hacia quien sufrió, como si nuestro bienestar le arrebatara algo. Sin embargo, que yo sufra no consuela a nadie. Honrar a quienes sufren no significa acompañarlos en el sufrimiento, sino vivir de la mejor manera posible lo que nos correspondió y poner algo de eso al servicio de ellos.

LO QUE CONSIDERO DISCUTIBLE

La parábola da un paso más y allí modifica su carácter. Sostiene que lo único que el universo no posee es injusticia, que esta no existe, que todo es perfecto; que «muere el que tiene que morir» y «vive el que tiene que vivir». Frente a eso, ¿por qué habría que sentirse culpable?

No estoy de acuerdo con esa idea. La injusticia existe, y afirmar ante quien sufre que su dolor es perfecto constituye una forma de violencia. Aceptar la realidad tal como sucedió, un paso que sí plantea el pensamiento sistémico, no equivale a aprobarla. Una cosa es admitir que no puedo modificar lo que ya ocurrió. Otra muy distinta es deducir que nada de lo que pasa es responsabilidad de alguien.

Además, existen guerras, hambrunas y abusos que no nos resultan tan lejanos. Votamos, pagamos impuestos, compramos, callamos o hablamos. La frase «no te corresponde estar ahí» puede aliviar al discípulo agobiado, pero también puede servir de excusa al indiferente. La luz de mi cuarto no me libera de preguntarme qué hacen mi barrio, mi país y mi voto por los cuartos ajenos.

EL ODIO NOS ENCADENA

Junto con esa parábola circula un texto de Bert Hellinger acerca del odio: «El odio nos encadena con el perpetrador». Quien se retira, señala, lo devuelve a su propia alma y a su propio destino, y esa es una manera de respeto que además libera: la persona deja de ser víctima y pasa a estar en condiciones de actuar.

Allí hay una verdad práctica. El rencor hace que el otro siga viviendo en nuestra cabeza, y quien lo soporta paga el precio. Apartarse del odio otorga fuerza.

Sin embargo, tampoco interpreto ese pasaje como un llamado a la pasividad. Retirarse del odio no significa renunciar a la verdad ni a la justicia. Es posible exigir justicia sin odiar, y la historia chilena lo sabe bien: la memoria y el derecho se defienden mejor con firmeza que con una fantasía de venganza. Cuando el texto afirma que quienes se indignan y persiguen son, «en el alma», malhechores, conviene entenderlo como una advertencia contra la indignación que se queda en la fantasía, no como una orden de guardar silencio. La rabia que no se conecta con una acción verificable desgasta a quien la siente y no protege a nadie. Pero la rabia es también la respuesta a no haber sido escuchado, y por eso merece ser escuchada antes que juzgada.

Existe una rabia que proviene de no haber sido escuchado, y esa merece ser atendida. Y existe otra, fabricada: el anzuelo de la ira, el contenido creado para que reaccionemos antes de pensar. Se utiliza para captar atención y movilizar, y quien lo emplea sabe que un enojo mal encauzado es dócil. Por eso conviene formular una pregunta antes de compartir o responder: ¿esto me conduce a hacer algo verificable o solo a reaccionar? ¿Quién se beneficia con mi reacción? Esa pregunta no apaga la indignación, sino que la protege de quienes la utilizan.

CÓMO ENCENDER LA LUZ, DE VERDAD

Propongo tres gestos que cualquier persona puede realizar.

Primero, cuidar el cuerpo. Quien consume noticias de catástrofes sin descanso mantiene su sistema nervioso en estado de alarma. Establecer horarios, respirar, dormir y comer bien no es egoísmo: es la base desde la cual se puede ayudar.

Segundo, escoger una acción concreta y cercana: acompañar a un vecino, donar, hacer voluntariado, votar informado, escuchar de verdad a quien tengo al lado.

Tercero, verificar. Una luz que no ilumina nada es un juguete. Preguntarse después de un mes qué cambió gracias a lo que hice, y quién puede comprobarlo, mantiene la luz encendida.

Si la tristeza, la culpa o la angustia se vuelven persistentes y comienzan a limitar la vida cotidiana, conviene consultar con un profesional.

Encender la luz no significa cerrar los ojos. Un mundo a oscuras necesita luces prendidas y también personas con los ojos abiertos.

¿Qué cuarto te toca iluminar esta semana, y quién podría comprobar que allí hay luz?

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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