Miércoles, 2 de Septiembre de 2026
Nacional

Los sistemas de riego históricos revelan la deuda estructural que limita la redistribución de beneficios económicos

Existe una pregunta que recorre la historia de los proyectos emancipadores y las políticas públicas bien intencionadas: ¿por qué sociedades que recibieron derechos concretos, protecciones materiales y mejoras tangibles en sus condiciones de vida terminaron entregándose a fuerzas que desmantelarían esas mismas conquistas? La Unión Soviética garantizó igualdad salarial entre hombres y mujeres, educación gratuita hasta el posgrado, salud universal y derechos reproductivos plenos, pero se derrumbó sin movilización popular masiva. Brasil vivió trece años de gobiernos que redujeron drásticamente la miseria y el desempleo, sin embargo la presidenta fue depuesta y la extrema derecha estuvo a dos millones de votos de volver al poder. Los municipios que más beneficios recibieron terminaron votando por quienes representaban lo contrario de lo que esos beneficios significaban.

La respuesta no puede buscarse únicamente en la falta de educación crítica o la manipulación mediática. Existe algo más profundo: un sistema de cuidado humano que se rompió mucho antes de que se plantaran los árboles. Un árbol no muere por falta de discursos, sino cuando el sistema de riego que sostenía sus raíces se rompe en silencio sin que nadie lo repare.

Ese sistema de riego es el cuidado humano: la red invisible de protección, apego y reconocimiento que permite que una vida germine, eche raíces y florezca. Chile registra hoy 0,99 hijos por mujer, la tasa de natalidad más baja de la región. Detrás de esa cifra no hay un accidente demográfico, sino el resultado de una actitud institucional que escucha pero no procesa, que registra pero no actúa.

El primer canal de riego se rompe en el nacimiento. Cuando se priva a los recién nacidos del contacto piel con piel ininterrumpido en su primera hora de vida para acelerar la rotación de camas hospitalarias, se altera la regulación de la respiración, la temperatura y los niveles de estrés. Cuatro de cada cinco nacimientos no cumplen con esta hora, pese a que la evidencia científica establece que ese contacto es una necesidad fisiológica crítica cuya privación genera daños en el desarrollo cerebral temprano.

El segundo canal se rompe cuando falta una red de apoyo e inversión temprana adecuada. La formación entre los cero y los seis años rinde un retorno social de hasta un trece por ciento anual, siete veces superior al de la educación superior. Sin embargo, se sigue tratando la educación temprana como gasto prescindible, con cobertura mínima y programas piloto que nunca escalan.

El tercer canal es el más invisible. El trabajo de cuidado no remunerado, sostenido silenciosamente por miles de familias principalmente mujeres, funciona como un subsidio estructural a la economía sin recibir cobertura ni cotización previsional. Sin él, el mercado colapsaría en días. Ignorarlo condena al sistema de riego a depender de lluvias que nadie garantiza.

La consecuencia natural es una caída crítica de la natalidad. Cuando los canales se rompen uno tras otro, la ciudadanía aprende en el cuerpo que el vínculo con la sociedad es de abandono. Un país que no garantiza la primera hora de vida, que segrega la educación temprana y que no remunera el cuidado no puede pedir a su ciudadanía que confíe más. El propio cuerpo social ya ha emitido su veredicto.

El quinto canal se rompe en la adolescencia, cuando el árbol joven necesita guías para crecer derecho. Quince años de una ley de educación afectiva y sexual sin contenido mínimo obligatorio son quince años de raíces que crecen torcidas. Esto deviene en trabajadores físicamente presentes pero emocionalmente ausentes, árboles de pie pero huecos.

La respuesta inevitable de la sociedad a este entorno amenazante es una desconexión preventiva: el cuerpo, al percibir falta de agua, se retira y se cierra. No es una decisión racional, sino una respuesta fisiológica acumulada durante años de sequía institucional. La confianza cívica es un veredicto que el sistema nervioso colectivo ya ha emitido.

La masa tiende a ser extraordinariamente influenciable, poco crítica y respeta la fuerza más de lo que valora la bondad. Pero esa masa es el producto de cuerpos que nacieron sin ser abrazados y que crecieron sin ser cuidados. Treinta o setenta años de beneficios materiales no alcanzan a reparar un sistema de riego que se rompió en la primera hora de vida de cada persona.

Quien moldea a las masas no es solo el capitalismo con su exaltación del individualismo. Es la desprotección originaria la que prepara el terreno para que esa lógica florezca. Existen armas silenciosas: el entretenimiento constante como distracción, disfrazar abusos como necesidades, mantener al público en la ignorancia mediante lenguaje técnico cifrado, fomentar la auto-culpabilización y convencer a la ciudadanía de que los grandes medios siempre saben más. Pero estas armas solo funcionan sobre cuerpos ya desprotegidos, hambrientos de certezas y despojados de vínculos seguros.

La falencia metodológica de los pactos políticos desde arriba es la consecuencia de gobernar desde la sordera: es la obstinación de querer plantar el árbol sin haber reparado el riego. Se enuncian grandes ejes temáticos a décadas sin haber resuelto previamente cómo se procesa el desacuerdo ni haberse reconocido mutuamente las necesidades corporales y territoriales de la población.

Este espejismo de entendimiento prospera en espacios donde los interlocutores comparten un capital sociocultural idéntico, pero fracasa ante el conflicto distributivo real. Los pactos que se disuelven en semanas ante la lógica presupuestaria demuestran que sin reglas claras de procedimiento ni legitimidad distributiva, la cooperación política se evapora apenas aparece la tentación del beneficio inmediato.

La sequía se potencia en un escenario global de tecnofeudal donde las plataformas digitales y la explotación extractivista someten a la psique humana a estrés sostenido. Si las sorderas rompieron los canales, el algoritmo esparce sal sobre la tierra agrietada. El individuo, despojado de apego seguro en la infancia, queda a merced de plataformas digitales que explotan la rabia y el miedo, generando un estado de parálisis colectiva que es la prolongación digital de la desconexión preventiva aprendida en el cuerpo.

La alternativa no puede ser solo educativa. Tiene que ser también biopolítica, económica y subjetiva. La educación popular crítica es indispensable, pero resultará estéril si no se repara simultáneamente el sistema de riego.

Si mañana se aprobara una ley que obligara a todos los hospitales y clínicas a garantizar la hora piel con piel inmediata tras el nacimiento, esa ley tendría un precio. Pero no sería un precio de confrontación: sería un precio de colaboración. Protegerla requiere que todos los actores se sienten a la mesa: el Estado debe destinar presupuesto, los hospitales deben rediseñar protocolos, las comunidades deben ser reconocidas, las familias deben recibir apoyo real. Cada minuto de contacto piel con piel es un minuto en que se siembra salud y se previene enfermedad. La ley no es una imposición: es una invitación a colaborar con la biología.

Lo mismo ocurre con el cuidado. Si el Estado reconociera y remunerara el trabajo de cuidado, esa decisión tendría un precio de colaboración. Remunerar el cuidado no es un acto de confrontación: es un acto de reconocimiento de que la vida se sostiene gracias al cuidado. No se trata de quitarle a unos para darle a otros: se trata de reconocer que todos dependemos del cuidado. Remunerar el cuidado es devolver a la red lo que la red nos ha dado.

En la lógica de la colaboración, el precio de la ternura no es un costo que se externaliza: es una inversión que se comparte. Proteger la hora piel con piel no es un gasto del hospital: es una inversión de la sociedad en su propio futuro. Remunerar el cuidado no es un costo del Estado: es una devolución a la red que sostiene la vida.

Existen comunidades donde no se necesitan leyes para proteger la hora sagrada ni remunerar el cuidado. No porque no tengan economía: porque su economía es la vida misma. En esas comunidades, el cuidado no es un costo: es el tejido de la existencia. Todos cuidan y todos son cuidados.

La ciencia lo confirma: el apego es una necesidad biológica que sostiene la salud mental, la confianza y la capacidad de vínculo. El precio de no invertir en apego es más alto que el precio de invertirlo. Pero no se trata de elegir entre pagar o no pagar: se trata de entender que el pago es colaboración.

En política pública, se requiere reemplazar la retórica del consenso por la construcción de reglas procedimentales legítimas y una regla del balance social estructural que garantice financiamiento continuo para la infancia y el cuidado, independiente del ciclo electoral. Se trata de financiamiento sostenido con recursos que ya existen: rentas subcapturadas del litio y del cobre, de los derechos de agua, la revalorización del espectro radioeléctrico y una fracción acotada de los fondos de pensiones.

Es necesario asumir que la productividad y la viabilidad de una nación dependen de erradicar las sorderas y garantizar protección desde el nacimiento. Proteger la primera hora de vida y profesionalizar el cuidado no es solo un deber ético, sino la palanca de desarrollo humano y económico más rentable disponible. Cada peso invertido en la primera infancia es agua que vuelve al canal.

En la dimensión subjetiva, hay que recuperar el pensamiento crítico frente al automatismo algorítmico y restituir la vergüenza colectiva y el sonrojo como pruebas de que el destino común todavía importa. El sonrojo es la primera gota de agua que anuncia la lluvia: si todavía podemos avergonzarnos, todavía podemos reparar.

Los proyectos transformadores del pasado han cometido el mismo error: concentrarse en distribuir beneficios materiales sin reparar los canales rotos por donde se escapa la capacidad humana de recibirlos y defenderlos. Se garantizaron derechos impresionantes y se redujo la pobreza, sin embargo el árbol se secó porque nadie reparó el riego.

El agua aún no se ha agotado. El canal aún puede repararse. Y el árbol todavía puede volver a retoñar. Pero solo si entendemos que el primer acto político no es plantar, sino regar. Y que el primer acto de justicia no es prometer, sino escuchar. El precio de no colaborar con la vida es la cuna vacía y el futuro robado. El precio de colaborar con la vida es la abundancia: el abrazo que se multiplica, el cuidado que se reproduce, la ternura que se derrama. Ese precio, como todo precio, es político. Es la decisión de sentarse a la mesa de la vida y decir: aquí estamos todos, y nadie se salva solo.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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