Alexis Cortés. Doctor en Sociología y académico de la Universidad Alberto Hurtado. «El Siglo». 26/10/2026.
La segunda vuelta entre Flavio Bolsonaro y Lula da Silva parecía, para muchos, una carrera ya ganada por la carta de la extrema derecha. Nunca un candidato derrotado en primera vuelta en Brasil había logrado revertir ese escenario en el balotaje. El sorpresivo triunfo del hijo del ex capitán en primera instancia, quien activó el voto útil de los otros candidatos de derecha, lo dejaba con el mejor pie para que su familia volviera a entrar en el Palacio de Planalto. Pero, como se señaló con Camila Vallejo en una columna publicada en ElSiglo.cl tras ese resultado, la remontada era difícil, pero no imposible: «[Pues] Si hay alguien con la biografía, la capacidad y el talento para revertir este decisivo escenario es ese niño del nordeste de Brasil que, como dirigente sindical, se convirtió en el Presidente del país más grande de ‘nuestra América’».
Y así fue. Lula da Silva, quien a lo largo de su vida derrotó todas las probabilidades, venció el hambre, protagonizó las movilizaciones obreras más grandes contra la dictadura y se convirtió tres veces en Presidente de la República, logró vencer la elección más difícil de la historia de Brasil. No solo derrotó al primogénito de una familia vinculada a las Milicias de Río de Janeiro —grupos paramilitares que “venden” seguridad y dominan el crimen organizado en la periferia carioca—, prácticamente doblando la diferencia con la que le ganó al patriarca Bolsonaro 4 años atrás. Lula también derrotó a Donald Trump, quien buscó diferentes mecanismos para intervenir en el resultado; a los tecno-oligarcas de Meta y X, quienes, como quedó documentado, manipularon los algoritmos para favorecer a Bolsonaro; y al juez bolsonarista que a lo largo de todo el proceso buscó impedir que este resultado se diera.
En efecto, durante todo el día de la segunda vuelta hubo denuncias en grandes colegios electorales de obstaculización de la votación (Salvador, São Paulo, Guarulhos), principalmente por la acción de empresas de transporte colectivo que, contrariando la ley, disminuyeron la circulación de su flota de buses. Todo eso con la omisión de la Justicia Electoral, presidida por este juez bolsonarista. La Corte Suprema tuvo que intervenir, ordenando la extensión del tiempo de votación, medida solicitada por ambos comandos, pero nuevamente la Justicia Electoral demoró la ejecución de la orden para volverla impracticable. Pese a ello, los brasileños acudieron masivamente a las urnas, reduciendo sustantivamente la abstención y dándole un triunfo expresivo a Lula. Como era de esperar, Flavio Bolsonaro no reconoció el resultado, cuestionando la acción de la Corte Suprema y omitiendo que él también había solicitado esa extensión de tiempo de votación.
Lula terminó triunfando porque supo colocar con claridad en el debate qué estaba en juego: la soberanía y la democracia del país.
“O la patria es libre o morimos por Brasil”, versos del Himno de la Independencia de Brasil que cantó Lula tras el triunfo, retratan uno de los ejes de esta campaña. En el marco del Corolario Trump de la Doctrina Monroe, que busca subordinar las soberanías y recursos de los países de América Latina a los intereses de los Estados Unidos, y con la subordinación de la familia Bolsonaro que prometía “ser la solución para América”, Lula declaró en la ONU que “Brasil es demasiado grande para caber en el patio de alguien” e incluso logró movilizar a antiguos colaboradores del bolsonarismo en defensa de la soberanía nacional. He ahí la dimensión continental de este triunfo: Brasil seguirá siendo el principal contrapeso regional al nuevo rostro del imperialismo estadounidense, sea por su liderazgo en América del Sur como por el papel geopolítico que juega en los BRICS.
Esta elección también fue una defensa de la democracia. Jair Bolsonaro está preso por haber organizado un golpe de Estado para impedir que Lula asumiera su tercer mandato. Una de las principales promesas de su hijo era justamente la amnistía del ex Presidente y de los demás golpistas del 8 de enero de 2023. Pero, además, Flavio Bolsonaro hubiera contado con mayoría en el Congreso, a un voto en el Senado de la mayoría calificada para destituir autoridades (principalmente jueces de la Corte Suprema), y con la posibilidad de nombrar cuatro nuevos jueces. Su triunfo hubiera acelerado la crisis institucional del país. A esos elementos se adicionan los vínculos de su familia, especialmente los del propio Flavio, con el crimen organizado. Eso llevó a algunos notables ex colaboradores del bolsonarismo y a figuras de la derecha no bolsonarista a cruzar el Rubicón y apoyar a Lula.
Con todo, este triunfo fue posible gracias a una extraordinaria movilización del pueblo brasileño, especialmente de los más jóvenes y los mayores (para quienes el voto es voluntario), quienes protagonizaron un movimiento que permitió que la izquierda brasileña lograra por primera vez, desde la destitución de Dilma Rousseff, recuperar las calles y la esfera digital. Millones de personas salieron a las calles convencidas de que era posible revertir el resultado. Pero, además, y esa es otra lección para toda la región, mostraron al mundo que la izquierda puede derrotar al algoritmo. Para algunos autores, en el mundo hubo una revolución cuántica en la política global por el rol de las redes sociales, y hasta ahora la izquierda parecía desorientada en ese nuevo escenario, mientras la extrema derecha acumulaba triunfos. El Ejército de Lula, comandado por el diputado evangélico André Janones, tal vez haya sido uno de los factores más decisivos para inclinar la balanza, ya que movilizó a cerca de 10 millones de personas con una alta disciplina comunicacional, alfabetizando digitalmente y mostrando un nivel de organicidad y compromiso extraordinario.
Lula enfrentará su cuarto mandato con una gran responsabilidad sobre sus hombros y con un escenario adverso, principalmente por el control que el bolsonarismo tiene del Senado, pero es justamente esa fenomenal movilización de la sociedad que le dio el triunfo la que será su mejor garantía para seguir defendiendo la soberanía y la democracia de Brasil.
Con Información de elsiglo.cl

