Dos horas de enfrentamiento cara a cara en Brasil dejaron ver dos miedos que se cruzan sin encontrarse. A pocos días del segundo debate, la lección también sirve para Chile: quien aspira a conducir debe escuchar antes de explicar y prometer únicamente lo que pueda revisarse.
El domingo, Lula (80 años) y Flávio Bolsonaro (45) se enfrentaron cara a cara por primera vez, después de evitarse en la primera vuelta. Restan un segundo debate este viernes 23 y la votación el domingo 25. No se busca analizar resultados ni tomar partido sobre quién ganó, sino leer el estilo con que se habló y lo que esa forma de hablar enseña a cualquiera que dirija una conversación pública.
El relato se basa en crónicas de prensa, una de El País y un resumen de El Mostrador, que no fueron verificadas. Tampoco están comprobadas las acusaciones que los candidatos intercambiaron: el financiamiento de una película, los vínculos con un banquero encarcelado, el hijo del presidente, las milicias de Río, los «amigos» de uno y otro entre Milei, Maduro, Ortega o Ahmadinejad.
Durante más de dos horas hubo acusaciones cruzadas de corrupción. Según el relato, Lula habló principalmente como gobernante, con leyes, organismos y cifras. Flávio habló como candidato y apuntó a los dos temores que la crónica atribuye a las familias brasileñas: el endeudamiento y el crimen organizado. Cerró pidiendo votar «sin miedo» y prometiendo un Ministerio de la Prosperidad. La misma crónica menciona 33 millones de abstencionistas.
Ante el miedo a la deuda y al crimen, que se siente hoy en el cuerpo, Lula planteó el temor a una privatización futura de Petrobras. Es una lectura personal, pero sugiere una regla: al miedo del otro se responde primero con reconocimiento («te veo, esto te está pasando») y solo después con una propuesta. Quien discute un temor con una ley o una cifra suele terminar hablando solo, por correctos que sean sus datos.
Lula conoce esa regla. En 2002, con un mercado que le temía, escribió la Carta ao Povo Brasileiro: compromisos concretos hacia quienes desconfiaban y un empresario de centro como compañero de fórmula. No discutió el temor; lo escuchó y respondió con gestos medibles. Cabe preguntarse a quién le escribiría hoy una carta así y qué miedos de su propia calle esperarían respuesta.
Una pregunta quedó sin respuesta en ambos lados: de dónde saldrán los 250.000 millones de reales que se anuncian como recorte de gasto y con qué se pagarán las promesas. Escuchar no basta si lo prometido no puede revisarse después.
El debate de Brasil muestra lo que ocurre cuando falta la escucha. Hay momentos, en debates y fuera de ellos, en que sí ocurrió.
En 1992, durante un debate con público en Estados Unidos, alguien preguntó cómo les había afectado personalmente la deuda nacional. Bush fue captado mirando su reloj y años después admitió que ese gesto le costó caro. Se recuerda que Clinton, en cambio, se acercó a quien preguntaba y le devolvió la pregunta sobre su propia situación antes de responder. La lección es simple: quien pregunta quiere saber primero si fue escuchado.
En Chile hay un ejemplo. Un artículo reciente recuerda que en 1987 investigadores ligados al CIS realizaron focus groups y una encuesta en la Región Metropolitana y encontraron miedo y desesperanza, sobre todo en los sectores populares. Infiere, sin documentarlo, que de ahí nació el eje de la alegría con que la campaña del No respondió al miedo. Es escuchar antes de hablar.
En 1991, al recibir el informe de la Comisión Rettig, Patricio Aylwin pidió perdón a los familiares de las víctimas de la dictadura. No explicó ni se defendió: reconoció el dolor ante el país antes de proponer algo. En 1995, siendo presidente, Nelson Mandela visitó a la viuda de Hendrik Verwoerd, arquitecto del apartheid, en uno de los bastiones afrikáner. No cedió en nada: fue hacia donde estaba el miedo del otro, que es otra forma de escuchar.
Después del atentado contra las mezquitas de Christchurch, en 2019, la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern se reunió con la comunidad musulmana y anunció cambios a la ley de armas a los pocos días. Una semana más tarde, el país entero guardó silencio y escuchó la oración musulmana. Primero reconoció el dolor; la decisión llegó después, con la comunidad incluida.
Michelle Bachelet impulsó en su segundo gobierno un proceso constituyente con instancias de participación en todo el país. Más allá de lo que se piense de su resultado, el método consistía en preguntar en los territorios antes de redactar.
Incluso entre quienes escuchan hay matices. José Mujica convirtió el apapacho en coherencia vivida: su austeridad cotidiana le daba una credibilidad que ningún discurso compra. Pero las críticas documentadas a la ejecución técnica de reformas complejas de su gobierno sugieren que escuchar y ser creíble no reemplaza la verificación.
Lo común en estos casos es que quien lideraba reconoció primero el estado interior del otro —miedo, dolor o desconfianza— y solo después propuso algo. Casi todos pusieron además algo observable: una pregunta devuelta, un gesto, una fecha.
Los cuatro movimientos que el autor usa en su trabajo —apapachar, escuchar, resonar y verificar— son hipótesis de lectura, no un método probado. Propone ensayar el último, que es el que menos se enseña. Antes de cada compromiso público, una ficha de cuatro líneas: qué prometo, en una frase y sin adjetivos; para cuándo, con una fecha o plazo que cualquiera pueda contar; cómo se verifica, con el dato, el documento o el hecho que mostrará si se cumplió; y quién lo revisa, una persona o institución distinta de quien promete.
Antes de cualquier cara a cara, además, tres preguntas que pueden responderse por escrito: ¿qué miedo trae la persona que me escucha?, ¿cómo lo reconozco sin discutirlo?, ¿qué podría prometerle que ella misma pueda revisar?
Un debate no se gana con la mejor cifra. Se gana cuando alguien, en su cocina, siente que por fin le hablaron a él.
Con Información de desenfoque.cl


