Javier Albornoz Rebolledo, integrante de la Comisión Política del Partido Comunista de Chile, con fecha 07/10/2026, plantea que cada vez que la centroizquierda pierde en algún lugar, surge alguien que busca al culpable y lo encuentra siempre en el mismo sitio. Señala que lo ha escuchado en campaña, incluso “en la quebrá del ají”, de dirigentes que declaran no ser partidarios de que los comunistas gobiernen, y lo ha leído en columnas que dan espesor académico a la misma intuición: que el Partido Comunista es el lastre que impide al progresismo ser mayoría. Según él, esa tesis es cómoda y tiene una virtud insuperable: exime a quienes la formulan de mirar su propia obra.
Albornoz sostiene que antes de preguntarse quién espanta votos conviene preguntarse qué rompió el vínculo con el pueblo. A su juicio, los comunistas tienen poco que explicar al respecto. No diseñaron el sistema de AFP que entrega pensiones de miseria después de cuarenta años de trabajo. No inventaron el CAE que endeudó a una generación entera por estudiar. No convirtieron la salud en una lista de espera para unos y un seguro privado para otros, ni la vivienda en un activo financiero inalcanzable para un sueldo normal. Ese modelo, afirma, lo impuso la dictadura y lo administró, con correcciones y buena conciencia, la coalición que gobernó veinte años seguidos. Durante casi todo ese tiempo, el PC ni siquiera tuvo un diputado: el binominal lo mantuvo fuera del Congreso hasta 2010.
Para el autor, octubre de 2019 no fue una revuelta contra los comunistas. La consigna que la gente escribió en las murallas hablaba de treinta años, no de un partido. Fue el cobro de una cuenta: la de la vida a crédito, del sueldo que no alcanza, de la vejez como castigo. Quien quiera entender por qué el progresismo perdió a los sectores populares tiene que partir de ahí, y no de la hoz y el martillo.
Albornoz también responde a quienes dicen que el modelo comunista fracasó en el mundo. Admite que puede discutirse y que da para analizar el proceso en China, pero considera que es una respuesta a una pregunta que nadie hizo. Asegura que nadie propuso importar un modelo. Lo que estaba sobre la mesa era subir pensiones, mejorar salarios, reducir listas de espera y recuperar la seguridad en los barrios. Discutir la etiqueta en lugar del contenido es, para él, una forma de no discutir el contenido.
En cuanto al contenido, sostiene que el registro es claro. Fue una ministra comunista la que sacó adelante las 40 horas, el alza del salario mínimo y una reforma de pensiones que llevaba más de una década empantanada, y lo hizo negociando con el empresariado y con la derecha. La caricatura del comunista incapaz de acordar o de gobernar choca, según él, con los hechos más concretos del ciclo reciente. Si el criterio es la eficacia reformista, que la propia centroizquierda reivindica, el balance no favorece a los acusadores.
Respecto del argumento electoral, el integrante del PC reconoce que con una comunista no se gana y que se perdió, y sería deshonesto negarlo. Pero pide recordar dos cosas. La primera, que fue el propio electorado del sector el que eligió, por amplio margen, y no optó por volver a lo conocido. La segunda, que el anticomunismo no cae del cielo: se cultiva. Y cuando se riega desde dentro, con el argumento de que el aliado es impresentable, se le entrega a la derecha su mejor material de campaña, firmado por gente de este lado.
A su juicio, la derrota tiene causas más pedestres y más incómodas: la inseguridad, el costo de la vida, un gobierno que prometió transformaciones y entregó menos de lo que anunció. Ninguna se resuelve cambiando de socio. Se resuelven respondiendo la pregunta que el neoliberalismo dejó abierta y que pocos en la centroizquierda quieren formular en voz alta: quién paga los costos.
Albornoz aclara que esta no es una disputa entre personas y que sería un error tratarla así. Quienes sostienen la tesis del lastre son compañeros de ruta con trayectoria democrática, y la discusión con ellos vale la pena precisamente por eso. Sin embargo, advierte que mientras el progresismo debate si los comunistas son presentables, gobierna una derecha cuyo programa profundiza las causas del malestar. Ese es el lujo que no podemos darnos, afirma. El problema de Chile no es el partido que lleva más de un siglo organizando a quienes viven de su trabajo. El problema es el modelo que les hace la vida cuesta arriba.
Con Información de elsiglo.cl



