El 4 de septiembre de 2026 falleció Camilo Escalona, quien contaba 71 años de edad. Se incorporó a la Juventud Socialista a los 13 años y vivió diversas etapas de la historia política chilena: el exilio, la clandestinidad y la reconstrucción de un partido dividido entre posiciones que defendían la vía armada y quienes optaban por la vía democrática. Llegó a ocupar la presidencia del Senado de Chile, siendo el primer socialista en alcanzar ese cargo desde los tiempos de Salvador Allende.
José Antonio Kast, presidente de Chile en ejercicio, quien ha ocupado posiciones políticas opuestas a lo largo de su vida, caracterizó a Escalona como alguien que “ejerció su liderazgo de manera clara y directa”, a pesar de las diferencias ideológicas entre ambos. Este reconocimiento no representó la resolución de un conflicto específico, sino más bien el acknowledgment, al final de una trayectoria completa, de que la reunificación de lo fragmentado —primero dentro del propio partido, posteriormente en el país— constituye también una forma de escucha.
Escalona se suma así a nueve historias adicionales que documentan que la verdadera escucha no posee una única forma de manifestarse. Cada una de ellas enseña lecciones distintas.
Tommy Douglas, premier de Saskatchewan durante casi dos décadas, transformó una propuesta que la élite médica consideraba imposible en el sistema de salud pública que hoy Canadá entero reconoce como parte de su identidad nacional. No la impuso mediante decreto, sino que la sostuvo año tras año hasta que dejó de ser una propuesta y se convirtió en sentido común.
José Mujica rompió la distancia del poder mediante gestos concretos. Vivió en su chacra, donó la mayor parte de su salario presidencial y condujo su antiguo escarabajo hasta el final de su vida. Cada uno de estos actos comunicó, sin necesidad de palabras, que quien gobierna sigue siendo, ante todo, un ciudadano más.
Salvador Allende, médico antes que político, aplicó al ejercicio del poder la misma disciplina que utilizaba en la práctica clínica: escuchar el síntoma, comprender su origen y actuar en consecuencia. Su método de gobierno fue fundamentalmente un método diagnóstico aplicado a un país entero.
Nelson Mandela, tras veintisiete años de prisión, no buscó la venganza sino desarrollar un ejercicio de escucha hacia quienes lo habían encarcelado, fundamental para que Sudáfrica evitara una guerra civil. Representa probablemente el ejemplo más exigente de escucha sin ceder la propia dignidad.
Michelle Bachelet institucionalizó la escucha mediante mecanismos permanentes como consultas ciudadanas, mesas técnicas e instancias de participación, en lugar de depender de disposiciones personales. Estos mecanismos sobrevivieron a su propio gobierno.
Mahatma Gandhi encarnó la escucha en su propio cuerpo. El ayuno, la marcha y el silencio deliberado convirtieron su físico en el instrumento principal de su escucha y protesta, demostrando visiblemente hasta que la escucha se volvía inevitable.
Jacinda Ardern demostró la importancia de la escucha en momentos de tragedia colectiva. Tras el atentado de Christchurch en 2019, respondió con presencia inmediata, física y emocional, junto a la comunidad musulmana neozelandesa, evidenciando que en el instante de mayor dolor no hay espacio para demoras ni protocolos.
El maharajá de Nawanagar abrió su reino a setecientos niños polacos huérfanos que el Imperio Británico se había negado a recibir tras su deportación por la Unión Soviética. Les construyó una escuela y les comunicó que ya no eran huérfanos, sino hijos de su pueblo.
Luiz Inácio Lula da Silva logró escuchar simultáneamente a quienes lo temían y a quienes lo seguían, sin traicionar a ninguno. Su Carta ao Povo Brasileiro de 2002 tranquilizó al mercado financiero que lo temía sin abandonar la identidad que lo había llevado hasta ese punto.
Camilo Escalona dedicó su vida a reconstruir lo que la historia había dividido en dos. Presidió el Partido Socialista en tres períodos distintos porque la reunificación de una fractura ideológica entre la vía armada y la vía democrática requería un trabajo paciente y sostenido de mantener juntas corrientes que alguna vez se habían considerado enemigas.
Ninguno de estos diez líderes escuchó de la misma forma ni gobernó, luchó o sirvió con el mismo estilo. Sin embargo, todos demuestran que la escucha real, cuando es genuina, deja una marca medible en quienes la reciben. Esto es, precisamente, lo que significa que algo resuene.
Con Información de desenfoque.cl


