Domingo, 13 de Septiembre de 2026
Nacional

Cerimedo: investigan presunta fabricación de evidencia en caso judicial

La percepción común es que la realidad material y la opinión de la sociedad existen de manera objetiva, esperando ser descubiertas y medidas. No obstante, al analizar los procesos mediante los cuales se construye lo real —a través de sistemas simbólicos, puntos de encaje o mediante operaciones de desinformación digital y encuestas de opinión—, se observa que frecuentemente el instrumento de medición genera aquello que pretende medir.

Ernst Cassirer caracterizó al ser humano como un animal symbolicum: no se accede a la realidad de manera directa, sino a través de redes de formas simbólicas como el lenguaje, los mitos y la ciencia, que construyen activamente la experiencia. De forma similar, episodios recientes como el Caso Cerimedo demuestran que la opinión pública no siempre refleja una postura espontánea de la ciudadanía, sino una realidad fabricada.

Mediante operaciones centralizadas de bots, astroturfing y estrategias digitales, se interviene no solo en lo que piensa cada individuo, sino en lo que cree que piensan los demás. Miles de cuentas automatizadas simulan ser miles de ciudadanos; una acción coordinada desde arriba se presenta como un sentimiento social espontáneo. Este mecanismo de la «espiral del silencio» adaptado a la era digital genera que la percepción de apoyo mayoritario conduzca a personas reales a modificar su voto, guardar silencio o sumarse al supuesto bando dominante.

Para que este estímulo externo modifique la conducta, debe atravesar la geografía corporal e interna de los sujetos. Antes de cualquier deliberación consciente, el sistema nervioso realiza una evaluación que determina si el entorno es seguro o amenazante. Las operaciones de desinformación masiva explotan esta vulnerabilidad: alteran el sistema de alerta para que el cuerpo interprete el artificio coordinado como un clima social indiscutible.

El aspecto más problemático surge cuando esta fabricación se conecta con los instrumentos diseñados para observar a la sociedad: las encuestas y estudios de opinión. Si quien interviene estratégicamente en el clima de opinión participa también en los dispositivos de medición, se genera un circuito perverso: una operación coordinada crea una impresión artificial de apoyo o rechazo; los ciudadanos perciben este clima y ajustan su conducta; una encuesta posterior registra esos cambios reales producidos por un estímulo inicialmente ficticio; al publicarse, la medición certifica que «la gente piensa así», alimentando nuevas conductas.

Esta situación se denomina captura reflexiva de la opinión pública: la incapacidad resultante para distinguir entre lo original y su copia, entre la opinión genuina y la representación. Los ciudadanos terminan observando y asumiendo como propia una escenografía construida a su medida, atrapados en un circuito donde se emite un estímulo vacío que finge ser un abrazo colectivo, y el eco que regresa solo confirma la domesticación artificial de la ciudadanía.

Esta ilusión de objetividad absoluta se repite tanto en la política como en la relación con constructos sociales como el dinero, las fronteras o indicadores económicos. Se olvida que son ficciones consensuadas y herramientas simbólicas, tratándolas como verdades inmutables.

El verdadero peligro radica en el dogmatismo del modelo único: asumir que una descripción de la realidad es la única válida y que cualquier perspectiva divergente es un error o una amenaza. Aunque se construyan realidades conceptuales y perceptuales, constantemente se encuentran los límites impuestos por la realidad: los modelos no funcionales colapsan ante las restricciones operativas del mundo.

Frente a la manipulación sistemática de los símbolos políticos, la respuesta no consiste en adoptar otra narrativa rígida, sino en cultivar una responsabilidad radical y una soberanía perceptual. El pensamiento crítico debe entrenarse para descodificar las ficciones colectivas, reconociendo que las categorías con las que se observa el mundo son siempre elecciones activas.

La democracia se degrada cuando se engaña a los ciudadanos sobre los hechos, se degrada más cuando se manipula su percepción sobre sus conciudadanos, y cruza un umbral crítico cuando esa imagen sintética regresa certificada como «opinión pública». Romper esta prisión simbólica exige asumir la responsabilidad radical de reconocer que las categorías con las que se observa el mundo son elecciones activas.

Con Información de desenfoque.cl

gerente

Redacción.

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