En 1971 el Comandante en Jefe Fidel Castro realizó una visita a Chile, donde gobernaba el Presidente Salvador Allende. Ambos concedieron una entrevista de prensa al periodista Augusto Olivares, director de Canal 7 de Televisión Nacional.
Ante la pregunta sobre la “vía chilena”, Allende explicó que los pueblos que luchan por su emancipación deben adecuar sus tácticas y estrategia a su propia realidad. Señaló que Chile, por sus características históricas, había desarrollado institucionalidad burguesa donde el pueblo había avanzado dentro de la legalidad, pero comprendía que no podría alcanzar independencia económica dentro de regímenes capitalistas y reformistas.
Castro describió cómo la lucha armada guerrillera funcionó como un motor para activar el gran motor de la historia: las masas. Indicó que el movimiento obrero cubano, controlado por dirigentes corruptos durante gobiernos anteriores, brindó apoyo total a la revolución cuando esta triunfó. Los guerrilleros fueron principalmente campesinos, trabajadores, obreros e intelectuales.
Allende destacó la tradición de lucha del movimiento obrero chileno, nacido en zonas controladas por el imperialismo. Mencionó a Luis Recabarren como organizador de la clase obrera y recordó que el Partido Comunista chileno era uno de los más antiguos del mundo. Explicó cómo desde 1951, comunistas y socialistas caminaron juntos hacia cambios estructurales, incorporando también al Partido Radical, MAPU e Izquierda Cristiana.
Respecto a la motivación de la lucha, Castro sostuvo que el gran motor de la historia han sido las luchas de las masas oprimidas contra los opresores. En Cuba existía doble motivación: un país humillado por el imperialismo y una población campesina sin tierra, obreros explotados, sin asistencia médica, con educación deficiente, alto analfabetismo, falta de perspectivas para la juventud y desempleo masivo.
Allende señaló los obstáculos que enfrentaba el proceso chileno: una oligarquía inteligente respaldada por el imperialismo, un Congreso sin mayoría parlamentaria para el gobierno, y una prensa que deformaba y calumniaba las iniciativas revolucionarias. A pesar de ello, afirmó que habían conquistado que el cobre, hierro, salitre y acero fuesen propiedad del pueblo.
Castro advirtió que los intereses opuestos podrían recurrir a procedimientos fascistas y resistencia violenta. Allende coincidió en señalar que los revolucionarios nunca generaban violencia, sino que eran los sectores golpeados quienes la desataban en contrarrevolución.
Respecto a los obstáculos cubanos, Castro explicó que su lucha se desarrolló contra un régimen tiránico, llegando al poder mediante guerra revolucionaria. El obstáculo principal fue exterior: el imperialismo constituyó la oposición fundamental, utilizando factores internos como clases terratenientes y elementos reaccionarios, desarrollando una lucha que fue ideológica primero y luego violenta durante años. El imperialismo controlaba las tierras donde se cultivaba caña de azúcar mediante compañías estadounidenses como United Fruit Company, lo que generó conflicto directo cuando implementaron reforma agraria.
Ante preguntas sobre posible contrarrevolución, Allende aseveró que el pueblo estaba en el gobierno y que si lo derrocaban habría caos, violencia y lucha fratricida. Expresó certeza absoluta en la respuesta implacable del pueblo. Declaró que terminaría su mandato presidencial cuando lo cumpliera y que “tendrán que acribillarme a balazos para que deje de actuar”. Enfatizó que no defendía intereses personales sino el derecho del pueblo chileno a transformarse y vivir en dignidad como país independiente, dueño de su propio destino.
Castro admiraó el pronunciamiento de Allende, señalando que cuando los dirigentes están dispuestos a morir, el pueblo también lo está. Sobre la supervivencia cubana a noventa millas de Estados Unidos, explicó que aunque el imperialismo utilizó armas políticas, militares y económicas, habían desarrollado un pueblo muy unido sin factores divisionistas, con gran igualdad, dispuesto a luchar hasta la última gota de sangre. Citó la frase del independentista Antonio Maceo: “Quien intente apoderarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si es que no perece en la demanda”.
En reflexión final sobre el encuentro, Allende expresó que Cuba y Chile constituían la vanguardia de un proceso que debía alcanzar a todos los pueblos latinoamericanos. Señaló que América Latina no podía seguir siendo solo continente de esperanza mientras existían más de veinte millones de seres viviendo al margen del conocimiento del dinero, ciento cuarenta millones de analfabetos y semianalfabetos, faltaban diecinueve millones de viviendas, el cincuenta y tres por ciento se alimentaba mal, había diecisiete millones de desempleados y más de sesenta millones con trabajos ocasionales. Afirmó que el capitalismo había demostrado su ineficacia y que América Latina tenía la oportunidad de estar presente cuando el mundo “cruje en lo económico, moral y político”.
Castro concluyó expresando que el continente llevaba en su vientre una criatura llamada Revolución que inexorablemente, por ley biológica, social e histórica, tenía que nacer, ya fuera de forma institucional o de otra manera.
Con Información de elsiglo.cl


