En su trayecto hacia el trabajo, el autor se encontró con un colega profesor de larga experiencia en una estación del Metro de Santiago. El encuentro giró en torno a las tensiones que genera la evaluación del portafolio docente y las expectativas de mejora salarial asociadas a los nuevos tramos de la Carrera Docente, lo que motivó una reflexión más profunda sobre este sistema.
La Carrera Docente debería centrarse ante todo en el reconocimiento de quienes trabajan diariamente en las aulas: preparando materiales, conteniendo emociones, escuchando historias difíciles, explicando repetidamente y acompañando las trayectorias de sus estudiantes. El sistema nació con una promesa relevante de reconocer mejor el trabajo docente, valorar la experiencia, promover el desarrollo profesional y mejorar las remuneraciones, una promesa que es legítima considerando que la docencia ha sido durante años una profesión exigente y decisiva para el país.
No obstante, en la realidad cotidiana de las escuelas esta promesa genera tensión. Para muchos docentes, la Carrera Docente no representa solo una oportunidad de crecimiento, sino también una presión adicional. Cuando la remuneración depende del resultado de la evaluación, este proceso deja de ser tranquilo y se carga de ansiedad, expectativas, temor y agotamiento emocional. Para muchas familias docentes, la mejora salarial no es un lujo sino una necesidad.
Si bien toda profesión requiere evaluación y espacios de reflexión y mejora, el problema emerge cuando la evaluación se convierte en la única puerta para acceder a mejores condiciones salariales. Esta lógica resulta especialmente dura cuando muchos profesores ya trabajan al límite de sus capacidades.
Es necesario reconocer los avances de la Carrera Docente, particularmente el vínculo entre desarrollo profesional y mejora remunerativa, que constituye un progreso respecto a sistemas anteriores donde la evaluación se asociaba principalmente a riesgos y desvinculaciones. Sin embargo, la solución no es eliminar la evaluación sino mejorarla, reforzarla y hacerla más justa. Una política docente seria debe evaluar para acompañar y reconocer el trabajo, no solo para clasificar.
Un aspecto central es que ningún docente mejora aisladamente. La enseñanza no es un acto individual sino colectivo que ocurre en conversaciones entre colegas, reuniones de ciclo, consejos de profesores y planificación compartida. Aunque la Carrera Docente evalúa aspectos del trabajo colaborativo, lo hace principalmente desde una perspectiva individual. La mejora docente debería ser pensada desde el sistema completo, considerando el liderazgo directivo, los apoyos profesionales, el acompañamiento pedagógico, la cultura institucional y la capacidad de la escuela para construir respuestas colectivas.
Una Carrera Docente demasiado centrada en el mérito individual corre el riesgo de olvidar que enseñar es una tarea colectiva. La calidad de la enseñanza no depende solo del esfuerzo de un docente evaluado individualmente, sino también de las condiciones de la escuela, el liderazgo directivo, el tiempo disponible para colaborar, los apoyos profesionales, la cultura institucional y el sentido de comunidad que se construye día a día.
Otra complejidad se encuentra en la estructura salarial docente, que contiene múltiples fórmulas, asignaciones, tramos y bonificaciones. Muchos docentes reciben su sueldo sin claridad total sobre cómo se calcula o cómo su tramo en la Carrera Docente impacta realmente en sus ingresos. La transparencia salarial también es una forma de respeto. Por ello resulta valiosa la existencia de herramientas como www.remuneracionesdocentes.cl, una página diseñada para ayudar a profesores y profesoras a entender mejor sus sueldos, tramos, horas y lugar dentro de la carrera.
Comprender la remuneración forma parte del desarrollo profesional. Un docente que entiende la estructura de su sueldo está en mejores condiciones de ejercer sus derechos, proyectar su carrera y participar críticamente en discusiones educativas.
Actualmente los docentes no solo enseñan contenidos sino que también contienen, orientan, median conflictos, responden a exigencias administrativas, atienden familias y cargan con la presión permanente por los resultados. En este contexto, una evaluación de alto impacto puede transformarse en una fuente adicional de agobio, especialmente cuando no va acompañada de apoyo real, tiempo suficiente y espacios de colaboración.
Además, no todos enseñan en las mismas condiciones. No es equivalente trabajar en una escuela con recursos y equipos completos que hacerlo en un establecimiento con alta vulnerabilidad y sobrecarga laboral. Por ello, cualquier sistema que evalúe y clasifique debería considerar con mayor cuidado los contextos reales donde ocurre la enseñanza.
Debería existir también mayor coherencia entre los resultados de la evaluación docente y los resultados de aprendizaje de los estudiantes, entendidos en sentido amplio. No resulta razonable que un sistema evalúe individualmente al profesorado sin considerar cómo la escuela, el contexto, los apoyos y las condiciones institucionales influyen en lo que los estudiantes logran aprender.
La Carrera Docente debería ser una herramienta para acompañar, no para tensionar. Debería ayudar a mejorar sin transformar la evaluación en una carrera individual por alcanzar una remuneración más justa. El reconocimiento docente no puede depender únicamente de un tramo ni reducirse a una asignación. Reconocer a un profesor o profesora implica mirar la complejidad de su trabajo, valorar su experiencia, cuidar sus condiciones laborales y entender que enseñar requiere conocimiento, compromiso, humanidad y trabajo colectivo.
La Carrera Docente debe ser realmente una política de desarrollo profesional y no solo una forma de justificar pagos diferenciados entre quienes realizan una misma tarea esencial. Si se busca una educación más justa, se necesita también una política docente más humana, más clara y comunitaria. Una carrera que no solo mida, clasifique y premie desempeños individuales, sino que acompañe, cuide y fortalezca comunidades pedagógicas. Ningún sistema educativo mejora sobre la base del agobio de quienes enseñan, y ningún docente mejora solo, sino en comunidad, dentro de una escuela que también aprende.
Con Información de elsiglo.cl
