Maule

¿Un nuevo orden mundial en perspectiva? ¿Distópico?

Dr. Emilio Moyano Díaz, Profesor Titular de Excelencia, Universidad de Talca.

La distopía es una representación ficticia de una sociedad indeseable y opresiva, contraria a la utopía, donde la vida está controlada por un régimen totalitario, sumida en la pobreza, la deshumanización y la pérdida de individualidad, ya sea a través de la violencia, el control tecnológico o un colapso ambiental. Para muchos, el 3 de enero de 2026 marcó un suceso que se podría calificar como distópico: la captura en su hogar del dictador venezolano N. Maduro por parte de la Fuerza Delta del ejército de EE.UU., con el apoyo de agentes del FBI y la DEA, a instancias del presidente estadounidense D. Trump, quien alegó cumplir con una orden judicial emitida por un juez de Nueva York.

Aunque la caída de un dictador generalmente no es lamentada, este evento es distópico porque, desde la perspectiva del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas (1945), representa una grave violación de las normas establecidas. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, estas normas han permitido un control social internacional que busca mantener la paz y la seguridad en el mundo.

Entre estas normas se encuentran la soberanía nacional, la no intervención en asuntos internos, el derecho a la inmunidad de un jefe de estado (que no puede ser juzgado en otro país), y la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas. A pesar de que estas regulaciones han logrado mantener una relativa estabilidad global durante aproximadamente 80 años, pueden ser cuestionadas cuando se analiza cómo N. Maduro ha ejercido el poder como dictador, ignorando resultados electorales en su contra y controlando todos los poderes del Estado: el Poder Electoral, la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Moral Republicano, gobernando a través de una fuerte asociación cívico-militar.

Además, más de 7 millones de venezolanos se han visto obligados a abandonar su país en los últimos años, muchos de ellos sin acceso a pasaportes o documentos de identidad, residiendo de manera regular o irregular en diversas naciones americanas. Entre los que han emigrado se encuentran tanto técnicos y profesionales calificados como personas que han sido liberadas de cárceles y hospitales psiquiátricos. Este fenómeno, similar al de la revolución cubana, ha facilitado la expansión del denominado Tren de Aragua en América, incluyendo a Chile, atraído por su nivel de desarrollo y sus fronteras porosas.

En Chile, experimentamos la caída de nuestra democracia a través de un golpe militar en 1973. Según la obra “Cómo mueren las democracias” (Levitsky y Ziblatt, 2018), las democracias también pueden perecer por la erosión gradual de normas informales y la llegada de líderes populistas con tendencias autoritarias que atacan las instituciones y descalifican a los adversarios, debilitando así el sistema político. La democracia enfrenta una crisis en el mundo, manifestada en la pérdida de credibilidad de sus instituciones y la falta de interés político entre los ciudadanos.

La llegada al poder del teniente coronel del ejército H. Chávez (1998-2013) en Venezuela fue un ejemplo clásico: se presentó como un representante del pueblo en un contexto de alta corrupción en los partidos políticos. Ganó varias elecciones democráticamente, a pesar de algunas derrotas, lo que le permitió concentrar más poder y desmantelar la democracia desde adentro, culminando en la reelección indefinida, un proceso que su sucesor, N. Maduro, llevó aún más lejos, al afirmarse ganador en una elección que en realidad perdió.

El caso del presidente Chávez es fundamental para el análisis político. Siguiendo la tesis de Levitsky y Ziblatt, Chávez mantuvo la democracia electoral, pero paralelamente debilitó los controles institucionales y los derechos civiles y políticos, erosionando la esencia de la democracia. Su sucesor, N. Maduro, intensificó el control social, recibiendo asesoría cubana y forjando vínculos aún más estrechos con potencias como Rusia, China e Irán, para evadir sanciones y obtener apoyo tecnológico y financiero. Así, desde 2015, el presidente Obama advirtió sobre el riesgo que representaba Venezuela para EE.UU. La política de seguridad estadounidense se ha adaptado, sosteniéndose a lo largo de diferentes administraciones, independientemente de su inclinación política.

El 4 de diciembre pasado, la administración Trump divulgó la “Estrategia de Seguridad Nacional 2025”, que prioriza la soberanía nacional y la seguridad económica por encima de la hegemonía global democrática, enfocándose en América como prioridad, y buscando frenar la influencia de China, Rusia e Irán.

Me parece importante reflexionar sobre las razones detrás de la intervención de EE.UU. en Venezuela. Esta acción cumple múltiples objetivos estratégicos. A diferencia de intervenciones históricas que emplearon medios bélicos bajo la excusa de restaurar ‘valores democráticos’ o ‘derechos humanos’, este caso ha sido diferente. El principal objetivo parece ser recuperar el petróleo, mientras se permite que el sistema político venezolano persista según deseen sus gobernantes, siempre que no interfieran con la obtención de recursos petroleros para compañías estadounidenses.

Es interesante observar cómo el gobierno de EE.UU. parece haber internalizado las lecciones de China, evitando imponer democracias donde no son viables y enfocándose en los intereses económicos. Sin embargo, es crucial que la intervención de captura de N. Maduro no sea percibida como una guerra, ya que ello requeriría la aprobación del Congreso estadounidense. En lugar de ello, se ha clasificado como una acción penal, basándose en acusaciones criminales en torno a narcoterrorismo y otra delincuencia.

Un nuevo orden mundial podría estar gestándose, con una nueva trilateral formada por China, EE.UU. y Rusia, cada uno reclamando su esfera de influencia. Si EE.UU. se reivindica como el reparador de América, ¿deberíamos preocuparnos? Porque lo que ahora es petróleo, podría mañana ser cobre o litio. La pérdida del multilateralismo nos plantea la difícil elección de aliarnos con EE.UU. o China, con Rusia a una distancia considerable. La elección parece un espejismo, ya que estamos irremediablemente situados en América. Si EE.UU. recupera sus intereses petroleros en Venezuela, Putin podrá reclamar lo que desee de Ucrania, mientras que China hará lo mismo con Taiwán. Es un escenario en el que los líderes ignoran las reglas del orden internacional establecido, utilizando la ley del más fuerte.

Para concluir, querido lector, me gustaría ofrecer una perspectiva alternativa. El periodista y escritor español J.J. Benítez, autor de la popular saga “Caballo de Troya”, ha estado difundiendo en YouTube visiones sobre un nuevo mundo, al que podríamos no estar preparados, pero que él considera optimistamente positivo. Pero quizás, ¿este mundo no sea más que una distopía?

Con Información de www.diarioelcentro.cl

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