PhD. Rodrigo Ignacio Berrios Rojas. Académico y miembro de la Sociedad Española de Pedagogía (SEP)
La conexión entre política y ciudadanía es crucial en tiempos de incertidumbre. No se trata únicamente de ejercer el voto, sino de reconocer que la política puede transformar realidades y que la ciudadanía es el impulso detrás de este cambio. La apatía o la falta de comunicación entre ambos lados no solo deteriora la voluntad democrática, sino que también crea un campo fértil para el autoritarismo, la corrupción y la parálisis social.
La ciudadanía no es un estatus heredado ni simplemente un símbolo de adultez. Ser ciudadano implica ejercer derechos y aceptar responsabilidades. Esto incluye informarse, cuestionar, involucrarse y demandar rendición de cuentas a quienes están en el poder. Asimismo, ser ciudadano significa dejar atrás la ilusión de que la decepción, la confusión informativa o la inacción son opciones viables. En este contexto, la política puede parecer un espectáculo distante, reservado para aquellos que realmente se benefician mientras ejercen el poder.
¿Es esto culpa de los ciudadanos? La respuesta es no. Los partidos políticos, que deberían ser los principales vehículos de representación, han fallado en conectarse con la gente, en modernizar sus prácticas y en dialogar con las nuevas generaciones.
Con frecuencia, han estado más enfocados en el poder como un objetivo en sí mismo que como un medio para representar al colectivo y fomentar la concordia.
El descontento político arraigado en diversas comunidades sociales es reflejo de promesas incumplidas, liderazgos autocentrados y estructuras cerradas que se niegan a renovarse o a dialogar de manera efectiva. En este contexto, no sorprende que la ciudadanía se sienta motivada a buscar alternativas o experimente desinterés. Es precisamente en este vacío donde surgen el populismo, los discursos superficiales y las soluciones simplistas que a menudo complican aún más los problemas.
¿Está todo perdido? Desde luego que no. A pesar de la desilusión, también hay signos de esperanza. Movimientos sociales, colectivos ciudadanos, jóvenes activistas e incluso plataformas digitales están logrando articular la política. Este tipo de participación, aunque dispersa y desorganizada, es evidencia de que la política aún tiene vida y es un proceso que continúa evolucionando.
Ahora se requiere voluntad para transformarla, donde partidos, miembros e ideologías se abran a incorporar nuevas voces y a estar atentos a los votantes, quienes tienen innumerables necesidades y están dispuestos a participar en la construcción de un proyecto de vida común.
Nada se logra a través de la arrogancia; lo esencial es escuchar, explicar y, sobre todo, dialogar. La rendición de cuentas, la ética, la moral, la transparencia y el control no deberían ser solo eslóganes publicitarios, sino compromisos diarios que van más allá de los anuncios de campaña.
Entonces, ¿deberían los ciudadanos involucrarse más? La respuesta no es tan sencilla al observar que todo se tambaleó tras el estallido social.
Participar en política no es solo un derecho; es una responsabilidad. Implica informarse, discutir, cuestionar, exigir y participar en iniciativas cívicas; este es el poder ciudadano, un poder mayor de lo que se podría imaginar.
Las redes sociales, por ejemplo, han ampliado el ámbito de la expresión, pero también han generado ruido, polarización y desinformación. Es fundamental que los ciudadanos ejerzan su pensamiento crítico, que vayan más allá de los titulares y no se queden con la indignación pasajera. No edificamos la política a través de selfies o memes; lo hacemos fundamentándonos en ideas, datos reales y acción sostenida, y, sobre todo, desde la participación.
¿Podemos reconstruir la confianza? No lo sé, pero sí estoy seguro de que los partidos políticos necesitan volver a sus raíces; a la lucha incansable por los problemas de todos y no solo de unos pocos. Ninguna democracia funciona sin ciudadanos comprometidos, ni sin líderes responsables. Ambas perspectivas son esenciales para evaluar, gestionar y asumir responsabilidades.
La historia lo demuestra: los grandes avances sociales no fueron fruto de élites ilustradas, sino de pueblos organizados que lucharon por el cambio y que tenían un fuerte sentido de colectivo. Esta vez, la política y la ciudadanía deben caminar juntas. Más allá del interés personal, este es el principal desafío: no dividir, sino reconectar; no socavar, sino fortalecer y renovar el compromiso mutuo. No es un proceso fácil ni rápido, pero es necesario, porque el país pronto definirá su liderazgo para el futuro de nuestros derechos, deberes y beneficios sociales. Porque cada uno de nosotros es parte de ello.
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