Viernes, 10 de Julio de 2026
Nacional

Cúpula empresarial global se reúne para discutir tendencias y desafíos económicos internacionales

Este es el Campeonato Mundial del negocio, de las apuestas, de las recaudaciones millonarias, de los precios estratosféricos, de las botas Nike, Adidas y Phantom de color rosa para los jugadores. Al final, es el mundial para que los ricos se hagan más ricos y para que los aficionados de menores recursos se queden frente al televisor, intentando ver a sus ídolos del fútbol tras pagar un derecho extra, mientras reciben constantemente avisos y propaganda comercial explícita y subliminal.

Millones de telespectadores en todo el mundo constituyen un potente mercado. Además, cientos de atletas se preparan intensamente para defender los colores de su país durante el torneo de fútbol más importante, que se celebra cada cuatro años.

Los países compiten por ser sedes, aunque la organización de un evento de esa magnitud implica gastos significativos que se esperan recuperar durante la realización del campeonato. Las empresas de elementos deportivos se dedican durante cuatro años a inventar o fabricar productos nuevos que atraigan el interés de deportistas y aficionados, como las botas rosadas de los jugadores.

Los medios de comunicación se esfuerzan por atraer la máxima audiencia, y las editoriales buscan entre escritores y comentaristas relatos de historias y anécdotas de los futbolistas.

Las pausas para que los futbolistas se hidraten durante cada tiempo de juego son medidas extremas que se aplican únicamente cuando las condiciones climáticas son excepcionales, supuestamente para preservar la salud. Sin embargo, las casas de apuestas aprovechan esos tres minutos de suspensión para promover apuestas entre los millones de espectadores. En definitiva, el fútbol se ha transformado en negocio y deporte, en ese orden.

En la actualidad, algunos políticos aprovechan el torneo bajo los colores patrios para manipularlo, tergiversar la ecuanimidad de los árbitros, influir en resultados e impactar la imagen de deportistas, todo por alcanzar mayor poder y lucro. Este Mundial está siendo invadido por la desvergüenza de estas conductas.

En el partido que Argentina ganó a Argelia, Lionel Messi cometió una falta grave al clavar sus tacos en la pantorrilla de un defensor argelino, acción que merecía tarjeta roja, pero el árbitro no la sancionó. Sin embargo, se aplicó una sanción dura al inglés Jarell Quansah, expulsándolo por una falta al bloquear a un rival mexicano. A pesar de quedar en inferioridad numérica en la mitad del encuentro, Inglaterra eliminó a México por 3 a 2.

El escándalo escaló cuando Donald Trump influyó en la FIFA para que el Tribunal disciplinario le quitara la sanción de un partido sin jugar al delantero de Estados Unidos, Folarín Balogún. Este había recibido tarjeta roja directa en el partido contra Bosnia y debía cumplir esa sanción reglamentaria. Trump actuó para que le levantaran la prohibición, y Balogún pudo estar en la formación que enfrentó a Bélgica en octavos de final. De todas maneras, perdió. Bélgica protestó sin ser escuchada, pero luego hizo justicia con buen fútbol y ganó por 4 a 1.

Situaciones como estas desacreditan al fútbol. Hay múltiples críticas a la FIFA por acciones mafiosas. Este Mundial, el más grande en número de equipos y más largo en su desarrollo, no dejará una mejor huella. Se ha permitido que los ricos se hagan más ricos y que el fútbol se mantenga como espectáculo. Sin embargo, manipuladores mafiosos sacan ventajas económicas y políticas aprovechando la masiva popularidad del deporte rey.

Es hora de que la FIFA adopte medidas suficientes para limpiar internamente la organización y recuperar el espacio que le corresponde a un deporte tan popular como el fútbol.

Con Información de desenfoque.cl

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Redacción.

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