La Laguna Petrel, situada en la comuna de Pichilemu, ha sido objeto de un estudio innovador que aplicó un enfoque interdisciplinario para evaluar su salud ecológica. Esta investigación integró, por primera vez, indicadores fisicoquímicos, microbiológicos, geoquímicos y ecológicos, lo que proporcionó una comprensión más completa sobre el funcionamiento y el estado ambiental de esta laguna costera.
“El enfoque que utilizamos es innovador porque permite identificar diversas fuentes de presión ambiental y comprender su efecto conjunto en el ecosistema”, explica Morgane Derrien, académica del Instituto de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ICA3) de la Universidad de O’Higgins (UOH). Este enfoque, añade, “facilita la detección de riesgos ocultos y la formulación de estrategias de conservación más eficaces y contextualizadas”.
Contaminación y alteración de la comunidad microbiana
Uno de los hallazgos más significativos fue la identificación de contaminación microbiológica y química en la parte alta del estero San Antonio, principal afluente de la laguna. Se registraron niveles elevados de Escherichia coli, superando los 1000 MPN/100 mL, así como altos índices de nitratos y fosfatos, lo que pone de manifiesto el impacto de la agricultura y posibles descargas domésticas. Estos niveles exceden la normativa chilena NCh1333 para uso recreativo y agrícola, lo que contribuye a la eutrofización y afecta la calidad del hábitat de especies sensibles.
Según Derrien, también se encontraron “bacterias halófilas como Idiomarina y Marinicella, cuya presencia sugiere la intrusión de agua de mar, facilitada por la apertura de la barra de arena que separa la laguna del océano”. Esta entrada de agua marina modifica las condiciones ecológicas, promoviendo comunidades microbianas típicas de ambientes salinos. Además, se identificó Cutibacterium acnes, una bacteria potencialmente patógena, “lo que indica una posible contaminación de origen humano”, advierte la investigadora.
Sedimentos como reservorios de contaminantes y evidencia de salinización
El análisis de sedimentos mostró la presencia de metales como aluminio, hierro y litio en concentraciones elevadas, confirmando su papel como sumideros de contaminantes. Sin embargo, la entrada de agua marina, junto con cambios en oxigenación o pH, puede movilizar estos elementos hacia la columna de agua, convirtiendo a los sedimentos en fuentes secundarias de contaminación. “Esta dinámica resalta la importancia de incluir análisis de sedimentos en el monitoreo ecológico, ya que permiten detectar riesgos acumulativos que no son evidentes en el agua superficial”, enfatiza Derrien.
La intrusión salina en la laguna se confirmó mediante altos niveles de conductividad eléctrica, sodio y magnesio, así como la dominancia de organismos halófilos en la composición microbiana. Esta entrada de agua marina, provocada por la apertura estacional de la barra de arena, impacta directamente en parámetros clave como el pH y la disponibilidad de nutrientes, afectando así las cadenas tróficas del ecosistema.
Aunque el estudio no tenía como objetivo delimitar zonas críticas, se identificaron áreas que reciben insumos agrícolas y urbanos, las cuales presentan un mayor riesgo ecológico. En base a estos hallazgos, Derrien sugiere “implementar un monitoreo ecológico integral, controlar las fuentes de contaminación, regular la apertura de la barra de arena y avanzar en la restauración de ecosistemas ribereños”.
Este trabajo posiciona a la Laguna Petrel como un lugar clave para la investigación y conservación en la Región de O’Higgins, ofreciendo un enfoque metodológico transferible a otros humedales costeros del país.
La investigación fue realizada por Morgane Derrien, Carolina Reyes, Claudia Rojas y Gabriel Arriagada, académicos del Instituto de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ICA3) de la Universidad de O’Higgins, junto con el profesional Ismael Maldonado del mismo instituto. También colaboraron Yoelvis Sulbaran, investigador postdoctoral del ICA3, y Etienne Bresciani, del Instituto de Ciencias de la Ingeniería (ICI) de la UOH; junto a Céline Lavergne, Polette Aguilar, María Soledad Pavlov, Macarena Pérez y Verónica Molina de la Universidad de Playa Ancha (UPLA); y Tania Villaseñor de la Pontificia Universidad Católica. Este estudio fue parte del proyecto URORED21992, financiado por el Ministerio de Educación.
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Con Información de osornoenlared.cl





