Iván Palomo G, director del Centro de Longevidad VITALIS de la Universidad de Talca y del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH).
El envejecimiento de la población es uno de los fenómenos más destacados del siglo XXI. En Chile, aproximadamente el 20% de la población ya tiene más de 60 años, y se prevé que para 2050 esta cifra alcance el 30%. Este avance demográfico presenta el reto de asegurar que los años adicionales se disfruten con autonomía, salud y bienestar.
Para envejecer de manera saludable, comúnmente se recomienda mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física y controlar enfermedades crónicas. Sin embargo, otro aspecto igualmente esencial es el sueño. Dormir adecuadamente es una necesidad biológica fundamental. Un buen sueño en la vejez tiene efectos positivos en la salud física, mental y social.
El sueño cumple funciones vitales, sobre todo durante las fases profundas, donde el organismo activa procesos de reparación celular, regulación hormonal y consolidación de la memoria. Dormir bien permite que el sistema inmune funcione correctamente, que el corazón descanse y que el cerebro elimine desechos metabólicos. En adultos, dormir entre 7 y 8 horas contribuye a:
a) Mantener la presión arterial y la frecuencia cardíaca en niveles saludables, lo que reduce la inflamación crónica y baja la probabilidad de enfermedades cardiovasculares (como infartos o accidentes cerebrovasculares). Además, la apnea del sueño, si no se trata, aumenta significativamente el riesgo de hipertensión y eventos cardiovasculares.
b) Regular el metabolismo: La falta de sueño afecta hormonas como la insulina, la leptina y la grelina, favoreciendo el aumento de peso, la resistencia a la insulina y, por ende, la diabetes tipo 2.
c) Mejorar la salud mental y cognitiva. Durante la noche, el cerebro consolida aprendizajes y recuerdos recientes. Para las personas mayores, dormir bien está vinculado a un mejor rendimiento cognitivo, un menor deterioro de la memoria y un menor riesgo de demencia.
d) Optimizar el bienestar diario. Aquellos que duermen adecuadamente suelen tener más energía, mejor estado de ánimo y mayor disposición para participar en actividades sociales, protegiéndolos así del aislamiento y la soledad.
No obstante, dormir bien puede resultar complicado en la vejez. El sueño tiende a fragmentarse, hay menos tiempo en fases profundas y aumenta la dificultad para conciliarlo. El uso de medicamentos, así como factores ambientales y sociales como el ruido, la inseguridad, la soledad y la falta de rutinas estables, también influyen. Por esta razón, es fundamental establecer horarios regulares, evitar pantallas brillantes antes de dormir, disminuir el consumo de cafeína y alcohol, y crear un ambiente oscuro y tranquilo. La actividad física regular y la exposición a la luz natural también ayudan a regular el ciclo circadiano (el ritmo biológico que regula diversas funciones del organismo en un periodo aproximado de 24 horas).
Así como la alimentación y el ejercicio, dormir adecuadamente debería ser considerado una necesidad de salud pública. Los sistemas de salud deberían implementar programas de educación y diagnóstico temprano de los trastornos del sueño en personas mayores. Las ciudades también pueden facilitar un buen descanso, creando entornos más silenciosos, asegurando mayor seguridad durante la noche y adaptando viviendas a las necesidades de las personas mayores para contribuir a un sueño reparador.
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