
El cierre de un año no es solo el fin de un proceso histórico ni el resultado de una serie de eventos. Es, sobre todo, un momento emocional, un cambio que se viene.
En estas fechas, sea por tradición o porque buscamos un poco de certeza, hacemos una evaluación de lo bueno y lo malo que vivimos. Como si, a fin de año, la vida nos pidiera poner en balance lo que sucedió. Sin embargo, en esta evaluación a veces se nos olvida lo mucho que nos hemos ocupado de nuestras emociones a lo largo del año.
Durante el año estamos a mil con el trabajo, los estudios, los amigos, la familia… Muchas cosas que nos exigen tiempo y atención. Esta rutina nos deja poco espacio para sentir y procesar lo que vivimos, ya que estamos más enfocados en cumplir con nuestras responsabilidades.
Al llegar diciembre, el último mes del año, nos tomamos un minuto para pensar y evaluar. Hacemos una contabilización emocional: recordamos las alegrías, lo bueno compartido, las frustraciones acumuladas, los momentos a medio disfrutar y los conflictos que hemos resuelto o que nos siguen molestando.
Dedicar tiempo a nuestras emociones al final del año debería ser visto como una forma de cuidarnos a nosotros mismos y a los demás. Sentir no es algo pasivo, sino que es un trabajo que nos ayuda a construir relaciones más sanas con nosotros y con quienes nos rodean.
Desde esta perspectiva, hacer un recuento al final del año no se trata solo de ver lo que se logró y lo que falta sino de reflexionar y aprender sobre cómo hemos manejado nuestras emociones: cuáles escuchamos, cuáles ignoramos por falta de tiempo y cuáles nos hicieron sentir vulnerables. También implica saber cuándo hay que avanzar o detenerse, cuándo buscar ayuda, cuándo colaborar y cuándo guardarnos un tiempo para nosotros.
Cristóbal Sepúlveda Carrasco
Académico en Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello.
Con Información de portalmetropolitano.cl
