Escrito por Jonathan Guzmán Muñoz, Contador Auditor | Especialista en Normas NIIF y Contabilidad Financiera | Perito Judicial
Hago una aclaración desde el principio, no por formalidad, sino por honestidad intelectual: no escribo desde una superioridad moral. Hablo desde la experiencia adquirida en auditoría, control interno, asesoría empresarial, docencia y peritajes, así como de procesos personales que obligan a enfrentar las consecuencias de las propias decisiones. Esa combinación —técnica y personal— proporciona un lente incómodo pero esclarecedor para entender cómo operan realmente las organizaciones en Chile.
En momentos de crisis, recuerdo un antiguo spot de televisión que mostraba una nuez brillante. Aunque exteriormente perfecta, al abrirla estaba en mal estado. Esta imagen es difícil de olvidar, ya que ilustra perfectamente lo que sucede en muchas instituciones: sistemas impecables por fuera, pero deteriorados en su interior.
Un caso reciente, como el de la “muñeca bielorrusa”, es solo un ejemplo. No importa el objeto en cuestión; lo que importa es lo que revela: aprobaciones automáticas, controles que solo existen en papel, firmas habituales y la falta de trazabilidad, donde los procesos operan mientras no se planteen preguntas incómodas. Esta situación no es excepcional, es estructural. La he observado tanto en el sector público como en empresas privadas que se jactan de contar con manuales perfectos pero que operan con base en la confianza personal y la informalidad.
El verdadero problema no es la anécdota, sino el patrón.
En Chile, tendemos a asumir que tener documentos significa tener control. Sin embargo, la evidencia presenta un panorama diferente: no basta con tener un manual, un canal de denuncias o una matriz de riesgos. Lo que realmente importa es que el proceso crítico se ejecute correctamente, donde debe y con evidencia verificable. Si no es así, todo se reduce a una liturgia administrativa.
He visto organizaciones celebrar que cumplieron “el 100% de las metas”, como si entregar todas las unidades planificadas fuera sinónimo de impacto. Sin embargo, cumplir con todas las metas no necesariamente implica que se haya generado un verdadero valor. La falta de trazabilidad es solo una ilusión de eficiencia; otra nuez perfecta por fuera.
Adicionalmente, existe un punto ciego que ignoramos: el riesgo cambia. Cambia con la llegada de nuevo personal, la incorporación de tecnología, el aumento de presión comercial, y cuando una organización se expande, contrae o decide tercerizar. Por lo tanto, una matriz de riesgos de hace dos años ya no es útil, y una plantilla descargada de Internet es aún menos eficaz. Si el riesgo cambia, los controles deben adaptarse en la misma medida; de lo contrario, se vuelven obsoletos.
Esto no es solo un problema del sector público. Muchas PYMEs piensan que controlar requiere softwares costosos o un departamento de cumplimiento. La realidad es diferente: la solución comienza con algo tan simple como establecer un doble chequeo real, evidencia mínima verificable y fomentar una cultura que comprenda la razón de ser de cada control. Sin eso, ninguna herramienta será efectiva.
Y aquí quiero hacer un punto personal: todos, en diferentes momentos de nuestras vidas, hemos enfrentado situaciones difíciles y hemos tenido que lidiar con decisiones incorrectas. Reconocer esas lecciones —sin dramatismos ni excusas— transforma la perspectiva sobre los controles, las fallas y la importancia de prevenir lo que parece improbable hasta que sucede.
De esa experiencia —técnica y humana— he aprendido que los controles fallan cuando la cultura permite que flaqueen; cuando lo excepcional se convierte en habitual; cuando se confía más en la fachada que en la evidencia. Lo crucial no es si existe un manual, sino si el proceso puede superar una simple pregunta:
¿Se puede demostrar, con trazabilidad mínima, que dos personas validaron que un gasto, una contratación o una transferencia eran necesarias, correctas y lícitas antes de que se efectúen?
Esa es la verdadera prueba.
Este es el “test de la nuez”.
Si no somos capaces de romper la nuez y examinar su interior, seguiremos repitiendo la misma narrativa: instituciones que parecen impecables por fuera, pero cuyos procesos internos narran otra historia.
No escribo desde un púlpito ni para impartir lecciones. Escribo desde la convicción de que Chile necesita menos ceremonias administrativas y más rigurosidad operativa; menos confianza ciega y más verificación transparente; menos apariencias y más evidencias.
Porque la integridad —la verdadera, no la declarativa— se define en un solo punto: cuando podemos demostrar lo que hicimos, cuándo lo hicimos y quién lo verificó.
Y es precisamente en ese aspecto donde, como país, todavía seguimos fallando.
Tal vez sea el momento de hacer lo más simple, lo más difícil y lo más urgente: atrevernos a abrir la nuez.
Solo así la verdad saldrá a la luz.
Con Información de www.diarioelpulso.cl
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