Escrito por Catalina Novoa, Vicedecana de la Facultad de Derecho de la U. Central.
Chile constantemente discute sobre desigualdad, crecimiento y desarrollo, pero rara vez se cuestiona por qué sigue ignorando una de las herramientas económicas más efectivas para reducir esas brechas: el cooperativismo. A diferencia de otros países donde las cooperativas son protagonistas en el sistema productivo, aquí, a excepción de algunos casos destacados en finanzas, alimentos y vivienda, estas continúan en un lugar secundario, casi anecdótico, como si se consideraran una manifestación romántica del pasado en lugar de empresas activas y viables.
La paradoja es clara. En el discurso valoramos la solidaridad, pero mostramos desconfianza cuando esta se organiza en el ámbito económico. Se exige eficiencia, pero se descartan modelos que distribuyen mejor los ingresos, fortalecen las economías locales y democratizan el poder económico. El desafío no radica en que las cooperativas no funcionen, sino en que el país nunca las ha considerado realmente en serio.
Las cooperativas permiten que trabajadores, pequeños productores y comunidades no solo participen en el mercado, sino que también tengan voz en sus decisiones. En un contexto marcado por una alta concentración económica y una profunda desconfianza social, esto no es una cuestión ideológica, sino una ventaja estructural. Sin embargo, el marco institucional y el debate público siguen favoreciendo casi exclusivamente a las empresas tradicionales, ignorando las alternativas disponibles.
Si Chile aspira a reducir las brechas sociales y territoriales sin renunciar al crecimiento, resulta difícil justificar la marginación continua de un modelo que combina actividad económica, participación democrática y arraigo territorial. Persistir en esta omisión no es una decisión neutral: es una decisión política y económica con consecuencias palpables.
Con Información de www.diarioelpulso.cl
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