Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Esta historia podría ser la de cualquiera, de aquellos que, en algún momento, se sienten distraídos o creen que el universo se ha alineado en su contra. Hace unos días, mi portaterno desapareció, o al menos parecía que quería quedarse en casa.
Primera parte
Era jueves, las 9:00 p.m. Salía rumbo al terminal de buses interprovinciales para mi viaje semanal a Huancayo. Todo estaba listo y me despedía de mi familia, emocionado por ser el último viaje del año.
Aunque disfruto de Huancayo, no me gusta el viaje: es incómodo, el sueño no llega, hay baches, frenadas bruscas y el frío. Sin embargo, dar clases allí me reconforta. Pero volvamos al tema del portaterno.
Salí de casa con mis pertenencias y tomé un bus hacia el trébol de Javier Prado. Después de unos diez minutos, sentí un escalofrío: no llevaba mi portaterno; lo había dejado olvidado en casa.
Bajé rápidamente y llamé a mi esposa, avisándole que regresaba.
—¿Qué ocurrió? ¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, todo bien, solo que olvidé mi terno.
Coordinamos para que me lo trajeran. Subí a otro bus, preocupado por llegar tarde al terminal. A unas tres cuadras de casa, llamé a mi hijo Óscar para que me entregara el portaterno en la reja.
Cuando bajé, él ya estaba allí.
—Gracias, hijo. ¡Adiós!
Segunda parte
Llamé a un taxi porque el tiempo apremiaba: mi bus salía a las 11:00 p.m. y ya eran las 9:40. El aplicativo me conectó con uno rápidamente, pero resultó ser un vehículo en mal estado: sucio, con asientos dañados y música chicha sonando.
Le pedí que apagara la música.
A los diez minutos, un extraño olor me alertó.
—Señor, el radiador se ha fundido. Debe tomar otro taxi —me informó el conductor.
Bajé desesperado y pedí otro. Estaba a seis minutos. A la espera, me di cuenta de que había olvidado mi portaterno en el taxi anterior.
Corriendo, vi que el taxi estaba a unos cien metros, el capó abierto. Avisé al taxista de mi olvido y recuperé mi portaterno.
Corrí hacia el nuevo taxi que me llevó a mi destino.
Tercera parte
Eran las 10:00 p.m. y el taxista estaba tranquilo, aunque yo me sentía angustiado.
—Llegamos en veinticinco minutos, amigo —me dijo.
Solo sonreí y miré mi reloj. A tres cuadras, eran las 10:38 p.m.
—Finalmente —me dije, pero el semáforo se puso en rojo.
Esperamos varios minutos. Mirando al costado, vi un choque.
—¡En serio, ahora!
Cuando estaba a punto de bajarme, el tráfico se despejó y llegamos a la puerta del terminal.
Mientras agradecía al chofer, sentí la misma corriente de antes: el portaterno. Lo dejé en el auto nuevamente.
—¡Espera! —grité.
No se movió. Le dije que había olvidado mi terno.
—Justo estaba por irme, pana —respondió.
Lo saqué, corrí hacia la puerta del terminal. Eran las 10:46 p.m. y ya llamaban al embarque. Subí, miré mi portaterno y me senté aliviado.
Cuarta parte
Huancayo me recibió a las 6:40 a.m., como de costumbre, con ocho grados y sol brillante. Bajé, sosteniendo mi portaterno con firmeza.
Tomé un colectivo hacia la universidad para dar la última clase, o más bien, para realizar exámenes finales.
Abracé mi portaterno como si mi vida dependiera de eso.
Fui recibido por los vigilantes y ya estaba más tranquilo. Revisé al lado y sí, estaba el portaterno.
Me cambié, desayuné y antes de entrar a las aulas, dejé el portaterno en el área de reuniones de mi carrera, confiando en que mi amigo Manuel se quedaría con él.
—No te vayas —le pedí.
Me aseguró que se quedaría hasta las 6:30 p.m. Perfecto.
Quinta parte
A las 6:35 p.m., me despedía de mis estudiantes. Caminé a la sala de reuniones y entré.
Manuel no estaba. Las luces apagadas, mi portaterno adentro.
—Por favor, no otra vez.
Llamé a Manuel, quien ya estaba en camino a casa. No podía regresar.
—Mis cosas están adentro. Hoy viajo —le expliqué.
Intenté encontrar a Epifanía, la encargada, pero había terminado su turno. Le llamaron y confirmó que la llave estaba con ella y regresaría el sábado por la mañana.
Me sentía frustrado. No podía esperar. Mi bus salía a las 10:00 p.m.
Buscaron el duplicado, pero solo ella y Manuel tenían acceso.
Entonces pensé: Armando, debes actuar.
Llamé nuevamente a Manuel, rogando que regresara, pero se negó.
En ese momento, un estudiante voluntarioso apareció.
—Yo le ayudo, profe —ofreció.
A las 7:00 p.m., comenzó mi último examen. Mi héroe se lanzó en un taxi hasta la casa de Manuel, obtuvo la llave y regresó a tiempo.
Recuperé mi portaterno. Lo abracé con gratitud.
Sexta parte
Tras tomar un taxi, más tranquilo, me dirigí al terminal. Eran las 9:15 p.m. y mi viaje iniciaba a las 10:00. El tráfico era denso.
—Cerraron la Av. La Real, jefe —me informó el taxista.
Respiré hondo. Finalmente llegamos a las 9:48 p.m. Bajé, sosteniendo el portaterno como si fuera parte de mi ser.
Subí al bus, lo coloqué a un lado, dispuesto a verlo toda la noche. Me quedé dormido alrededor de las 11:00 p.m. Desperté a las 4:38 a.m.; estábamos por Evitamiento.
El bus arribó a las 5:10 a.m.
Bajé, llevando el portaterno cerca de mí. Tomé otro taxi y tras treinta minutos, regresé a casa.
Subí a mi departamento, observé el portaterno y respiré profundamente.
Este es un contenido reescrito que mantiene la narrativa y estructura de la historia original, pero con variaciones en las formulaciones y expresión.
Con Información de www.diarioelpulso.cl
La entrada ¡Mi portaterno! | Diario desde la Región de O’Higgins para Chile y el mundo. se publicó primero en Mi Chile Lindo.


